El personaje más importante

¿Cuál es el personaje más importante de una novela? El protagonista, el que hace que la acción se mueva o bien el que está situado en el centro de la acción, que gira alrededor de él, al igual que las subtramas, a modo de círculos concéntricos.

La verdad, sin embargo, es ésta: por regla general, el personaje más importante de la novela es el protagonista, pero hay veces en que no es así.

Acabo de terminar de leer “La verdadera historia de la nariz de Pinocho”. Y según iba llegando al final, me he dado cuenta de que el personaje más importante de la historia es uno sobre el que se pasa prácticamente de puntillas. Un personaje totalmente secundario para la trama, un facilitador, es decir, un personaje por cuya presencia se provoca una determinada acción -presencia pasiva, en este caso, ya que el personaje en cuestión no participa en esa acción ni siquiera sabe de la existencia de esa acción, que revierte, dicho sea de paso, en su muerte violenta.

Es decir: el personaje más importante es nada más que un daño colateral, dicho en lenguaje burocrático -y frío, por tanto-; un prescindible; en las películas, un extra de ésos anónimos a los que el héroe -o el malo- de turno dispara aleatoria o arbitrariamente y cae muerto sin que el espectador le dedique una millonésima de su pensamiento.

El personaje más importante de esta novela es un taxista llamado Ara Dosti, sueco de origen iraní que resulta ser testigo involuntario de las inmediaciones de un crimen y, por un pecado de avaricia, acrecentado por un pecadillo de ingenuidad -la ingenuidad, en este caso, es imperdonable-, acaba cayendo en las garras de un enemigo sin escrúpulos que lo utiliza como cebo para atraer a sus rivales mafiosos y acabar con ellos -y con él, de paso.

Es el más importante porque es el único personaje inocente que resulta real. Todos los demás personajes son caricaturas, sátiras grotescas de tipos que sí se encuentran en la vida real, y casi ninguno de ellos, por no decir ninguno, es positivo ni ofrece cualidad redentora alguna. Hay personajes muy capacitados en su profesión -policías, muchos de ellos, en una novela de género criminal como ésta, aunque luego pasaremos sobre ese punto-, muy listos, algunos muy diplomáticos, otros muy expeditivos, casi todos con un gran sentido práctico; pero ninguno bueno. No hay ninguno en el que una persona normal confiaría de ninguna de las maneras. Son todos personajes corruptos, despiadados de diversas maneras, egoístas, traicioneros y, en el caso de los policías, tan desentendidos e indiferentes al sentido más elemental de justicia y al menor deseo de verla cumplida, que prefieren archivar a destajo casos criminales de todos los tipos antes de complicarse la vida con ellos -y con las personas poderosas a quienes podrían molestar en el proceso.

Es el personaje más importante porque es el único cuya historia es capaz de emocionar algo -y si el sentido de leer, de conocer otras historias, es activar sentimientos -que no sentimentalismos ni sensiblerías, sino sentimientos capaces de hacernos reflexionar y, en algunos casos, de cambiar nuestra visión de la realidad-, entonces es el único personaje de la novela que vale algo.

Hacia el final de la novela, Ara Dosti es traicionado por quien él creía su valedor, y asesinado por él; y este crimen queda impune, y no por ignorancia de la policía sobre la autoría de estos hechos. Poco después, vemos cómo siniestros personajes de enorme poder quedan también completamente disculpados de hechos de similar gravedad.

En esta novela, según el estilo del autor, Leif GW Persson, todo nos es narrado en un estilo abiertamente jocoso y satírico. Es de suponer que ese estilo -totalmente deliberado y rayano en lo incoherente, en muchas ocasiones, hasta el punto de que no siempre es fácil saber a qué atenerse en cuanto a la historia que nos están contando- obedece a la voluntad de dejar bien patente la opinión de quien lo esgrime sobre la sociedad, los estamentos y el funcionamiento de la policía, la administración de las leyes y de la justicia terrenal y de los personajes en cuyas manos, irremediable e inevitablemente, estamos la mayoría de nosotros. Y es que, entre sátira y sátira, capaz de provocar la risa en varios pasajes, adivinamos la lágrima. No son lágrimas de hilaridad; o quizá sí, quizá la risa extrema sea nuestra última trinchera, porque la alternativa sería justo aquélla, el llanto, y todos sabemos que las lágrimas no arreglan nada; la risa, por sí misma, tampoco, pero tal vez no nos debilita tanto que no podamos a continuación echarnos las manos a la cabeza y quizá, al menos, protestar.

Por eso digo que esta novela no es exactamente una novela criminal. Porque en una novela policiaca al uso, lo que autor y lectores buscamos y aquello que hemos convenido, ambas partes, en obtener es la presentación de un desmán que luego se ha de corregir impecablemente, llevando al malhechor de turno frente a la justicia y viendo cómo ésta cae sobre aquél con todo su plúmbeo peso. Dicen los teóricos que es esa historia repetida hasta la náusea de restablecimiento del orden burgués y bla, bla, bla es lo que busca el lector burgués de estos libros. Y puede que no sea un objetivo revolucionario, pero al menos es un objetivo digno en la medida en que denota abiertamente un gusto por la equidad, por la razón y por el bien está lo que bien acaba, algo que nunca puede hacer daño a nadie. Pero esta novela de la que hoy tratamos no pertenece a esta categoría; narra una investigación policial que alcanza unas conclusiones, pero que no sólo no restablece el orden en la pequeña medida en que siempre se puede restablecer en un solo caso de investigación de un crimen, sino que, además, contribuye a aumentar la cuota de injusticia y de desequilibrio que se produce en el inicio. En ese sentido, podríamos hablar de lo opuesto a la novela policiaca al uso.

Pero tampoco es éste el asunto principal. Lo principal es, como decíamos anteriormente, reconocer al inocente, a la víctima, por encima del malvado y del culpable, por insignificantes que sean aquéllos y grandiosos parezcan los últimos. Aunque la historia de aquéllos ocupe diez páginas entre más de seiscientas.

“Pero, Leiresroom, ¡eres una ingenua, como tu Ara Dosti! El  mundo está lleno de daños colaterales así. La realidad es la que es”, se me puede decir. Y ya sé que la realidad es así, pero se puede cambiar. Precisamente porque se puede cambiar, necesitamos que las historias que nos cuentan sigan infundiéndonos la esperanza del cambio y la motivación para ello. Cuando una ficción versa, al menos parcialmente, sobre la violencia, ésta debe cumplir un propósito: provocar en nosotros el rechazo suficiente para hacernos adoptar una postura moral o reafirmarnos en ella, o también, hacernos ver que otro mundo es posible, más allá de palabras bienintencionadas. Las historias pueden dar lugar a cambios maravillosos e importantísimos dentro de cada uno de nosotros. Pero, para ello, deben enseñarnos esa otra realidad posible, en lugar de describir las cosas tal como son y arruinar en nosotros cualquier ilusión de mejora.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s