Una vida infinita

Ten cuidado con lo que deseas, porque puede que lo consigas.

Dicho popular.

¿Si ralentizamos el envejecimiento no estaremos contribuyendo al problema de la sobrepoblación?
Toda solución a un problema genera otro problema, pero yo creo que será llevadero. Disminuir radicalmente el número de muertes que se producen a diario podría ir acompañado de un mayor control de la natalidad y de un modo más sostenible de vida en el planeta.
¿Y quién va a querer vivir más de cien años? ¿No nos aburriríamos o nos faltaría motivación?
Pensar así es tener una consideración muy baja de la naturaleza humana. Nuestro ingenio y nuestra creatividad son inagotables. Teniendo salud, todo el mundo querría vivir más.
(De la entrevista a Aubrey de Grey).
Qué perfecto: vivir más… quizá incluso para siempre.

Será llevadero, dice él, vivir en una Tierra superpoblada por viejos catastróficamente longevos: no hay más que cortar la natalidad, hacer una especie de política china de hijo único a escala planetaria.

Y claro, todo el mundo querría vivir más y no nos faltaría motivación ni creatividad. El ingenio y la creatividad son inagotables, dice el señor De Grey. Si nos pasamos toda nuestra vida intentando evadirnos del miedo a la muerte, o bien intentando superarla, ¿no es lógico inferir que una vida prácticamente eterna -mil años, por ejemplo, década arriba, década abajo- nos colmaría de una dicha inconmensurable, con lo cual las energías que invertimos baldíamente en ocuparnos de olvidar nuestra mortalidad y en deprimirnos por ello irían a mil empresas creativas, ingeniosas y maravillosas? Es lógico, en efecto.

Y sin embargo, el señor De Grey está equivocado. Una vida eterna en este mundo, vivir esta vida eternamente, va contra nuestra naturaleza. No sólo contra la naturaleza -algo que admite el señor De Grey, afirmando que la historia de la tecnología es la historia de una fuerza contra natura-, sino contra nuestra naturaleza de seres humanos.

La esencia de nuestra existencia es que es una existencia finita por naturaleza. No hace falta ningún hecho externo a nosotros para acarrearnos la muerte y para estar ciertos de que un día vamos a morir. En el mundo de De Grey y de quienes creen ansiar la inmortalidad, la muerte sólo se produciría por suicidio, asesinato o accidente, dicho de forma resumida. En otras palabras: se eliminaría la certeza de la muerte. Ésta quedaría fuera de la ecuación. Cuando uno adquiriera uso de razón, no adquiriría conjuntamente con ella la certeza de la caducidad futura de su existencia.

Una perspectiva así es justo lo contrario de lo que somos, pero también es justo lo opuesto -lo aniquilador- de lo que se supone que debemos ser y de lo que se supone que es nuestra vida.

Porque la vida es hermosa no a pesar de la muerte, sino por la muerte. La perspectiva de que un día moriremos es lo que da sentido a la vida del ser humano. No sólo la muerte de ese ser humano, sino, tarde o temprano, y cotidianamente, de todo aquello que conforma su mundo y el de su prójimo. Todas las cosas y las personas que amamos son finitas. Todo nuestro mundo es finito. La Tierra, el universo, todas las cosas creadas por Dios y por el hombre, todo lo que podemos ver y tocar, todo es orgánico o ha sido producido por un ser orgánico, y es finito. Y así debe ser. No se puede amar algo infinito, salvo a Dios, el creador de todas las cosas finitas. Amamos al objeto de nuestro amor porque tanto ellos como nosotros tenemos el tiempo contado, y porque durante todo ese tiempo iremos cambiando -sí, envejeciendo, pero también creciendo, aprendiendo, madurando, profundizando más y más en las cualidades positivas con que Dios nos haya dotado, y amando cada vez más; desprendiéndonos, a la vez que de nuestra juventud, de nuestros miedos, de nuestros apegos a lo superfluo y de nuestros prejuicios- para nunca más volver a ser los que fuimos y, sin embargo, ser siempre esencialmente los mismos.

De la misma forma que no hay idilio más intenso ni apasionado que el que los amantes saben que de antemano está condenado a terminar bruscamente, no es posible amar la vida totalmente si no se sabe que ésta va a terminar un día. Por eso le dice Aquiles a Briseida:

Aquiles:– Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo. Los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final. Nunca serás más bella de lo que eres ahora, nunca volveremos a estar aquí…

Y tiene razón, aunque no sea posible comprenderlo con la mente; la verdad de estas palabras sólo se puede comprender con el corazón.

Y por ese mismo motivo es por el que la elfa Arwen renuncia a la vida eterna por amor. Porque sabe que una vida sin amor no tiene sentido.

El amor, paradójicamente, es lo único de la vida que es verdadero y eterno, pero, para nosotros, amar sólo es posible en una vida terrenal finita, una vida en la que estemos obligados constantemente a elegir y sean esas elecciones las que nos hagan cada vez más nobles, cada vez más puros y, finalmente, dignos de entrar en el reino de los cielos. Y aun para quienes no crean en el reino de los cielos, racionalmente, una vida finita es la única opción digna para el ser humano: una vida en la que tengamos la posibilidad de dejar detrás de nosotros una historia que merezca ser contada, un buen nombre, una leyenda personal, un recuerdo imborrable. Si no muriéramos nunca, ¿cómo serían posibles los héroes a pequeña y gran escala, los ejemplos vitales, los antepasados motivo de orgullo? ¿Cómo serían posibles las historias, los cuentos al calor del hogar, las enseñanzas morales? Todo quedaría convertido en pura banalidad. Ni siquiera tendríamos la muerte como vía de escape, como finiquitamiento de un saldo negativo. Toda una eternidad terrenal arrostrando culpas, sinsabores, rencillas, malos recuerdos, humillaciones, remordimientos. Toda una eternidad sin que llegara la muerte sanadora a concedernos el alivio de las cargas que hubiéremos acumulado durante tantos años. ¿Cómo puede nadie querer vivir con el peso de ser un humano profundamente imperfecto, como somos cada uno de nosotros?

Es más deseable vivir siendo capaz de otorgar a las cosas un valor siempre relativo. Sabiendo que al final nos espera el perdón de todo, ya sea por aniquilación o -como es mi creencia- por misericordia divina; e, idealmente, habiendo amado con pasión, con toda la intensidad de que hayamos sido capaces, porque hemos sabido que un día tendríamos que despedirnos de nuestros amados.

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