El hombre que confía en los hombres cometerá menos equivocaciones que el que no confía en ellos.

Cavour

Cuando el hombre se demuestra un lobo para el hombre o aun peor, un monstruo -porque los lobos, en tanto animales, no tienen maldad-, significa que ha traicionado la confianza que está en la base de cualquier tipo de convivencia. Y cuando esa traición tiene como consecuencia pérdidas o daños muy graves, la sociedad se siente tentada de reducir el margen dado a la confianza y sustituir ésta por medidas objetivas y contundentes, cuanto más contundentes, mejor.

Recientemente hemos asistido a la reapertura del debate sobre el equilibrio entre derecho a la intimidad y salvaguarda de la seguridad y la integridad, o sea, derecho a la vida. Mucha gente clama ahora por el sacrificio de la intimidad de los datos concernientes a la salud de uno mismo, en el caso de determinadas profesiones que implican gran responsabilidad; responsabilidad sobre vidas ajenas. El sistema ha fallado, dicen. No podemos permitir que vuelva a pasar. Omiten el hecho de que no hay sistema perfecto, y de que el sistema actual de control es razonable y funciona.

En otras palabras: nos inunda una especie de neurosis o paranoia colectiva. El hecho de que un individuo haya demostrado ser indigno de confianza nos empuja a inferir -erróneamente- que todos los individuos -excepto nosotros mismos, claro- son indignos de confianza.

Pero, yendo más allá de esta histeria colectiva, hay otra reflexión que merece nuestro tiempo, y es ésta: en circunstancias así se demuestra la inutilidad de todas las medidas de control, incluso llevadas al último extremo; por ello, surge la necesidad de rendirse ante el hecho cierto de que debemos convivir con la incertidumbre, con la inseguridad, y la única manera de hacerlo y aún vivir en paz es abandonarnos a la confianza.

La confianza es hermana joven de la fe. Si la fe es capaz de mover montañas, es un atributo casi reservado a los santos; en cambio, la confianza también tiene considerable poder; es capaz de mover montañitas. Y si bien la fe no es necesaria para vivir en paz -aunque sí es muy recomendable-, la confianza es imprescindible.

Lo opuesto al miedo no es la seguridad, sino la confianza. Allí donde nuestros sistemas de control y fiscalización no llegan, nos espera la confianza, aguardando a que nos rindamos a ella.

La confianza es una forma de amor. Confiamos en la bondad natural de los demás, o, al menos, en su capacidad de ser tan respetuosos con nosotros como nosotros lo somos con ellos. La sociedad se basa en la mutua confianza. Confiamos en que el tendero no nos timará, en que el maestro cuidará bien de nuestros hijos, en que el médico nos suministrará la terapia más indicada para nosotros. Confiamos en que el amigo nos sacará la cara o, al menos, no se confabulará con nuestros enemigos; en que el conductor frenará su vehículo ante el semáforo en rojo; en que el piloto que está a los mandos de nuestro avión nos llevará sanos y salvos a nuestro destino.

Confiamos en que todas las personas con las que nos cruzamos son esencialmente buenas o, por lo menos, no malvadas, y en que se rigen por las mismas normas y convenciones que nosotros. No tenemos la seguridad de nada de eso, pero tenemos la confianza en que es así. Lo hacemos porque no tenemos más remedio, pero también porque está en nuestra naturaleza. Cuando somos muy pequeños, somos inocentes, es decir, confiamos en todo y en todos. No hay miedo a los demás, el temor a que nos hagan daño, a que nos engañen o a que se burlen de nosotros. Esto lo aprendemos después. Sin embargo, si contamos todas las personas con las que hemos tenido relación de cualquier tipo y grado en nuestra vida, veremos que aquellas por las cuales a la fuerza hemos tenido que aprender nuestra lección de cinismo y autodefensa han sido las menos.

La confianza es hija de la humildad. Confiar es lo mismo que decir: “Hasta aquí llego; no sé más; no puedo estar completamente cierto de nada que no dependa de mí; pero elijo vivir sin que el miedo a que todo me sea adverso impere sobre mí y me reduzca a traicionar el plan de Dios para mí y al ser valiente e inocente que me hizo ser”.

La fe es creer en aquello que no puede ser percibido por los sentidos ni de lo cual se tiene ninguna pista racional que permita deducir su existencia por lógica. La confianza es la fe de alguien que, como Santo Tomás, cree, pero pide pruebas y, al no tenerlas aún, se apoya en su esperanza. Es una esperanza que está un paso más cerca de la intuición que de la razón. Y la confianza, a diferencia de la fe, sí nos demuestra constantemente que no se equivoca quien recurre a ella, porque, la mayoría de las veces, no defrauda.

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