Archivo mensual: abril 2015

El cero encarnado

Si alguien está dispuesto, lo invito a hacer la prueba de mirar unos cuantos retratos de psicópatas asesinos -es fácil, son sujetos sobre los cuales se publican multitud de artículos y reportajes, y son además tristemente famosos- y estar atento a lo que siente tras haberlos mirado. En particular, sugiero mirar sus ojos. Sus circunstancias -época en la que vivieron, edad, raza, nacionalidad, víctimas que eligieron- quedan atenuadas o se invisibilizan ante un rasgo escalofriante que todos ellos tienen en común.

¿Qué sentimos cuando miramos los ojos de estos criminales? Nada. Un momento después, surge el rechazo ante esa nada, pero es porque el cerebro ya ha actuado, sintiendo horror ante esos sujetos. Pero la intuición ya ha emitido su veredicto. Y es que detrás de esos ojos no hay nada. O sería más exacto decir que no hay nadie.

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Los psicópatas asesinos son una prueba que Dios nos ha dado de la existencia del alma. Y lo son por imagen en negativo: los psicópatas asesinos no tienen alma.

Puede aducirse que sí tienen, y que es un alma malvada. Yo no opino así. El mal existe, pero lo que se da en llamar “maldad” es algo distinto de lo que desarrollan y causan estos personajes. El mal proviene del miedo o de la ignorancia, y los actos que cometen estos seres inanimados no provienen ni del miedo ni de la ignorancia, porque son seres incapaces de sentir ninguna de esas emociones, así como tampoco otra cualquiera. Hacen lo que hacen porque no tienen alma. Si la tuvieran, sentirían igual que sentimos los seres humanos, y ese hecho en exclusiva ya les impediría hacer lo que hacen y de la manera en que lo hacen, con frialdad, con ausencia total de sentimiento, de forma metódica, calculada, eficaz y operativa.

Hay quien argumenta que son lo que son porque de pequeños no los abrazaron y besaron lo bastante. Si me preguntan, eso no son más que excusas que nos ponemos como sociedad, porque nos da pánico no tener respuestas, nos da horror no tener siquiera la expectativa de una solución. Si el problema fuera la ausencia de cariño durante la infancia, algún día podríamos dar respuesta a ese problema y así frenar el goteo de personajes sin sentimientos capaces de amenazar la vida y la salud mental de los miembros de la sociedad. Sin embargo, no es así. Pues no en todos se da ese hecho, ni tampoco ese hecho produce siempre monstruos.

Y sin embargo, preferimos pensar que hay causantes de que existan esos seres y de que cometan atrocidades. Preferimos cargar con culpas imposibles de purgar -porque no tienen una base real- antes que enfrentarnos a la verdad de que no hay nada que podamos hacer para impedir que se produzcan más seres de ese tipo.

Como civilización, nos apoyamos demasiado en la lógica y demasiado poco en la intuición. Y no hace falta un largo recorrido. Sencillamente hace falta mirar los rostros de esos remedos de persona. Son incapaces de sentir nada más elevado del plano de lo mundano, de lo sensorial y de aquello que gira en torno a sí mismos. Son seres inhabitados, cáscaras vacías que simulan contener vida. Son robots orgánicos dotados de un programa destructor. Su mirada es heladora, y produce, en distinto grado, el mismo pasmo, el mismo frío interior que nos embarga la mirada de un maniquí de cera que imita en todas sus formas y aspectos al ser humano pero no es un ser humano. Al mirar a los asesinos psicópatas, nuestro ser más humano es instantáneamente consciente de que estamos contemplando una imitación, pero nuestra mente no lo reconoce.

Sentiríamos más emociones positivas o meramente humanas si abrazáramos un apestoso cadáver de pez sacado del cubo de la basura que si hiciéramos lo propio con uno de estos seres.

El excelente escritor Harry Mulisch expresa todo esto magníficamente en su recomendable novela “Siegfried”, en la cual viene a decir que Adolf Hitler -de sobra está decir que es el epítome perfecto de estos existentes– no era en tanto que persona; era un cero, era una nada con piernas, pero con la capacidad de infectar de nada todo aquello que tocaba o que caía bajo su influjo. En otras palabras: era un agujero negro, una no-persona con la capacidad de destruir todo a su paso. Como efectivamente fue.

Entonces, podemos preguntarnos por qué Dios permite que existan entre nosotros en libertad para ejercer sus bárbaras acciones sin explicación posible.

Seguramente sean preguntas sin respuesta, como tantas otras que se refieren a la acción divina. Serán preguntas a las cuales sólo podemos dar un amago de respuesta, hipotética cuando mejor, que siempre caerá en lo indebido.

Sin embargo, lo cierto es esto: que porque ellos existen podemos intuir la existencia del alma en todos nosotros, en la -por suerte- inmensa mayoría. Quizá la parte alícuota de espíritu que les falta a ellos ha ido a parar a otras personas. Quizá.

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Pase lo que pase, cerraré la puerta de nuestra hermosa guarida

y dormiré esta noche otra vez a tu lado,

mi botón de rosa,

mi estrella color de mar,

en este cubículo abigarrado donde nació nuestro amor

bello por siempre jamás.

Ay, Calibán, qué certeras saben ser también tus obras,

que señalas con el dedo y ya no tenemos vuelta atrás,

estamos prisioneros para siempre de ese impulso, de esa mirada.

Sin pensar, sin haber sabido nunca,

sólo en un instante se decide nuestro destino.

Pase lo que pase, no hay día demasiado gris

no hay noche en vela demasiado larga.

No siento el peso en los párpados, no siento el cansancio en las entrañas

ni dolor, aunque me traspase el aro de fuego.

Pase lo que pase, arribaré cada noche a puerto,

y cerraré la puerta, porque a nadie le importa.

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El personaje más importante

¿Cuál es el personaje más importante de una novela? El protagonista, el que hace que la acción se mueva o bien el que está situado en el centro de la acción, que gira alrededor de él, al igual que las subtramas, a modo de círculos concéntricos.

La verdad, sin embargo, es ésta: por regla general, el personaje más importante de la novela es el protagonista, pero hay veces en que no es así.

Acabo de terminar de leer “La verdadera historia de la nariz de Pinocho”. Y según iba llegando al final, me he dado cuenta de que el personaje más importante de la historia es uno sobre el que se pasa prácticamente de puntillas. Un personaje totalmente secundario para la trama, un facilitador, es decir, un personaje por cuya presencia se provoca una determinada acción -presencia pasiva, en este caso, ya que el personaje en cuestión no participa en esa acción ni siquiera sabe de la existencia de esa acción, que revierte, dicho sea de paso, en su muerte violenta.

Es decir: el personaje más importante es nada más que un daño colateral, dicho en lenguaje burocrático -y frío, por tanto-; un prescindible; en las películas, un extra de ésos anónimos a los que el héroe -o el malo- de turno dispara aleatoria o arbitrariamente y cae muerto sin que el espectador le dedique una millonésima de su pensamiento.

El personaje más importante de esta novela es un taxista llamado Ara Dosti, sueco de origen iraní que resulta ser testigo involuntario de las inmediaciones de un crimen y, por un pecado de avaricia, acrecentado por un pecadillo de ingenuidad -la ingenuidad, en este caso, es imperdonable-, acaba cayendo en las garras de un enemigo sin escrúpulos que lo utiliza como cebo para atraer a sus rivales mafiosos y acabar con ellos -y con él, de paso.

Es el más importante porque es el único personaje inocente que resulta real. Todos los demás personajes son caricaturas, sátiras grotescas de tipos que sí se encuentran en la vida real, y casi ninguno de ellos, por no decir ninguno, es positivo ni ofrece cualidad redentora alguna. Hay personajes muy capacitados en su profesión -policías, muchos de ellos, en una novela de género criminal como ésta, aunque luego pasaremos sobre ese punto-, muy listos, algunos muy diplomáticos, otros muy expeditivos, casi todos con un gran sentido práctico; pero ninguno bueno. No hay ninguno en el que una persona normal confiaría de ninguna de las maneras. Son todos personajes corruptos, despiadados de diversas maneras, egoístas, traicioneros y, en el caso de los policías, tan desentendidos e indiferentes al sentido más elemental de justicia y al menor deseo de verla cumplida, que prefieren archivar a destajo casos criminales de todos los tipos antes de complicarse la vida con ellos -y con las personas poderosas a quienes podrían molestar en el proceso.

Es el personaje más importante porque es el único cuya historia es capaz de emocionar algo -y si el sentido de leer, de conocer otras historias, es activar sentimientos -que no sentimentalismos ni sensiblerías, sino sentimientos capaces de hacernos reflexionar y, en algunos casos, de cambiar nuestra visión de la realidad-, entonces es el único personaje de la novela que vale algo.

Hacia el final de la novela, Ara Dosti es traicionado por quien él creía su valedor, y asesinado por él; y este crimen queda impune, y no por ignorancia de la policía sobre la autoría de estos hechos. Poco después, vemos cómo siniestros personajes de enorme poder quedan también completamente disculpados de hechos de similar gravedad.

En esta novela, según el estilo del autor, Leif GW Persson, todo nos es narrado en un estilo abiertamente jocoso y satírico. Es de suponer que ese estilo -totalmente deliberado y rayano en lo incoherente, en muchas ocasiones, hasta el punto de que no siempre es fácil saber a qué atenerse en cuanto a la historia que nos están contando- obedece a la voluntad de dejar bien patente la opinión de quien lo esgrime sobre la sociedad, los estamentos y el funcionamiento de la policía, la administración de las leyes y de la justicia terrenal y de los personajes en cuyas manos, irremediable e inevitablemente, estamos la mayoría de nosotros. Y es que, entre sátira y sátira, capaz de provocar la risa en varios pasajes, adivinamos la lágrima. No son lágrimas de hilaridad; o quizá sí, quizá la risa extrema sea nuestra última trinchera, porque la alternativa sería justo aquélla, el llanto, y todos sabemos que las lágrimas no arreglan nada; la risa, por sí misma, tampoco, pero tal vez no nos debilita tanto que no podamos a continuación echarnos las manos a la cabeza y quizá, al menos, protestar.

Por eso digo que esta novela no es exactamente una novela criminal. Porque en una novela policiaca al uso, lo que autor y lectores buscamos y aquello que hemos convenido, ambas partes, en obtener es la presentación de un desmán que luego se ha de corregir impecablemente, llevando al malhechor de turno frente a la justicia y viendo cómo ésta cae sobre aquél con todo su plúmbeo peso. Dicen los teóricos que es esa historia repetida hasta la náusea de restablecimiento del orden burgués y bla, bla, bla es lo que busca el lector burgués de estos libros. Y puede que no sea un objetivo revolucionario, pero al menos es un objetivo digno en la medida en que denota abiertamente un gusto por la equidad, por la razón y por el bien está lo que bien acaba, algo que nunca puede hacer daño a nadie. Pero esta novela de la que hoy tratamos no pertenece a esta categoría; narra una investigación policial que alcanza unas conclusiones, pero que no sólo no restablece el orden en la pequeña medida en que siempre se puede restablecer en un solo caso de investigación de un crimen, sino que, además, contribuye a aumentar la cuota de injusticia y de desequilibrio que se produce en el inicio. En ese sentido, podríamos hablar de lo opuesto a la novela policiaca al uso.

Pero tampoco es éste el asunto principal. Lo principal es, como decíamos anteriormente, reconocer al inocente, a la víctima, por encima del malvado y del culpable, por insignificantes que sean aquéllos y grandiosos parezcan los últimos. Aunque la historia de aquéllos ocupe diez páginas entre más de seiscientas.

“Pero, Leiresroom, ¡eres una ingenua, como tu Ara Dosti! El  mundo está lleno de daños colaterales así. La realidad es la que es”, se me puede decir. Y ya sé que la realidad es así, pero se puede cambiar. Precisamente porque se puede cambiar, necesitamos que las historias que nos cuentan sigan infundiéndonos la esperanza del cambio y la motivación para ello. Cuando una ficción versa, al menos parcialmente, sobre la violencia, ésta debe cumplir un propósito: provocar en nosotros el rechazo suficiente para hacernos adoptar una postura moral o reafirmarnos en ella, o también, hacernos ver que otro mundo es posible, más allá de palabras bienintencionadas. Las historias pueden dar lugar a cambios maravillosos e importantísimos dentro de cada uno de nosotros. Pero, para ello, deben enseñarnos esa otra realidad posible, en lugar de describir las cosas tal como son y arruinar en nosotros cualquier ilusión de mejora.

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Una vida infinita

Ten cuidado con lo que deseas, porque puede que lo consigas.

Dicho popular.

¿Si ralentizamos el envejecimiento no estaremos contribuyendo al problema de la sobrepoblación?
Toda solución a un problema genera otro problema, pero yo creo que será llevadero. Disminuir radicalmente el número de muertes que se producen a diario podría ir acompañado de un mayor control de la natalidad y de un modo más sostenible de vida en el planeta.
¿Y quién va a querer vivir más de cien años? ¿No nos aburriríamos o nos faltaría motivación?
Pensar así es tener una consideración muy baja de la naturaleza humana. Nuestro ingenio y nuestra creatividad son inagotables. Teniendo salud, todo el mundo querría vivir más.
(De la entrevista a Aubrey de Grey).
Qué perfecto: vivir más… quizá incluso para siempre.

Será llevadero, dice él, vivir en una Tierra superpoblada por viejos catastróficamente longevos: no hay más que cortar la natalidad, hacer una especie de política china de hijo único a escala planetaria.

Y claro, todo el mundo querría vivir más y no nos faltaría motivación ni creatividad. El ingenio y la creatividad son inagotables, dice el señor De Grey. Si nos pasamos toda nuestra vida intentando evadirnos del miedo a la muerte, o bien intentando superarla, ¿no es lógico inferir que una vida prácticamente eterna -mil años, por ejemplo, década arriba, década abajo- nos colmaría de una dicha inconmensurable, con lo cual las energías que invertimos baldíamente en ocuparnos de olvidar nuestra mortalidad y en deprimirnos por ello irían a mil empresas creativas, ingeniosas y maravillosas? Es lógico, en efecto.

Y sin embargo, el señor De Grey está equivocado. Una vida eterna en este mundo, vivir esta vida eternamente, va contra nuestra naturaleza. No sólo contra la naturaleza -algo que admite el señor De Grey, afirmando que la historia de la tecnología es la historia de una fuerza contra natura-, sino contra nuestra naturaleza de seres humanos.

La esencia de nuestra existencia es que es una existencia finita por naturaleza. No hace falta ningún hecho externo a nosotros para acarrearnos la muerte y para estar ciertos de que un día vamos a morir. En el mundo de De Grey y de quienes creen ansiar la inmortalidad, la muerte sólo se produciría por suicidio, asesinato o accidente, dicho de forma resumida. En otras palabras: se eliminaría la certeza de la muerte. Ésta quedaría fuera de la ecuación. Cuando uno adquiriera uso de razón, no adquiriría conjuntamente con ella la certeza de la caducidad futura de su existencia.

Una perspectiva así es justo lo contrario de lo que somos, pero también es justo lo opuesto -lo aniquilador- de lo que se supone que debemos ser y de lo que se supone que es nuestra vida.

Porque la vida es hermosa no a pesar de la muerte, sino por la muerte. La perspectiva de que un día moriremos es lo que da sentido a la vida del ser humano. No sólo la muerte de ese ser humano, sino, tarde o temprano, y cotidianamente, de todo aquello que conforma su mundo y el de su prójimo. Todas las cosas y las personas que amamos son finitas. Todo nuestro mundo es finito. La Tierra, el universo, todas las cosas creadas por Dios y por el hombre, todo lo que podemos ver y tocar, todo es orgánico o ha sido producido por un ser orgánico, y es finito. Y así debe ser. No se puede amar algo infinito, salvo a Dios, el creador de todas las cosas finitas. Amamos al objeto de nuestro amor porque tanto ellos como nosotros tenemos el tiempo contado, y porque durante todo ese tiempo iremos cambiando -sí, envejeciendo, pero también creciendo, aprendiendo, madurando, profundizando más y más en las cualidades positivas con que Dios nos haya dotado, y amando cada vez más; desprendiéndonos, a la vez que de nuestra juventud, de nuestros miedos, de nuestros apegos a lo superfluo y de nuestros prejuicios- para nunca más volver a ser los que fuimos y, sin embargo, ser siempre esencialmente los mismos.

De la misma forma que no hay idilio más intenso ni apasionado que el que los amantes saben que de antemano está condenado a terminar bruscamente, no es posible amar la vida totalmente si no se sabe que ésta va a terminar un día. Por eso le dice Aquiles a Briseida:

Aquiles:– Te contaré un secreto, algo que no se enseña en tu templo. Los dioses nos envidian. Nos envidian porque somos mortales, porque cada instante nuestro podría ser el último, todo es más hermoso porque hay un final. Nunca serás más bella de lo que eres ahora, nunca volveremos a estar aquí…

Y tiene razón, aunque no sea posible comprenderlo con la mente; la verdad de estas palabras sólo se puede comprender con el corazón.

Y por ese mismo motivo es por el que la elfa Arwen renuncia a la vida eterna por amor. Porque sabe que una vida sin amor no tiene sentido.

El amor, paradójicamente, es lo único de la vida que es verdadero y eterno, pero, para nosotros, amar sólo es posible en una vida terrenal finita, una vida en la que estemos obligados constantemente a elegir y sean esas elecciones las que nos hagan cada vez más nobles, cada vez más puros y, finalmente, dignos de entrar en el reino de los cielos. Y aun para quienes no crean en el reino de los cielos, racionalmente, una vida finita es la única opción digna para el ser humano: una vida en la que tengamos la posibilidad de dejar detrás de nosotros una historia que merezca ser contada, un buen nombre, una leyenda personal, un recuerdo imborrable. Si no muriéramos nunca, ¿cómo serían posibles los héroes a pequeña y gran escala, los ejemplos vitales, los antepasados motivo de orgullo? ¿Cómo serían posibles las historias, los cuentos al calor del hogar, las enseñanzas morales? Todo quedaría convertido en pura banalidad. Ni siquiera tendríamos la muerte como vía de escape, como finiquitamiento de un saldo negativo. Toda una eternidad terrenal arrostrando culpas, sinsabores, rencillas, malos recuerdos, humillaciones, remordimientos. Toda una eternidad sin que llegara la muerte sanadora a concedernos el alivio de las cargas que hubiéremos acumulado durante tantos años. ¿Cómo puede nadie querer vivir con el peso de ser un humano profundamente imperfecto, como somos cada uno de nosotros?

Es más deseable vivir siendo capaz de otorgar a las cosas un valor siempre relativo. Sabiendo que al final nos espera el perdón de todo, ya sea por aniquilación o -como es mi creencia- por misericordia divina; e, idealmente, habiendo amado con pasión, con toda la intensidad de que hayamos sido capaces, porque hemos sabido que un día tendríamos que despedirnos de nuestros amados.

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El hombre que confía en los hombres cometerá menos equivocaciones que el que no confía en ellos.

Cavour

Cuando el hombre se demuestra un lobo para el hombre o aun peor, un monstruo -porque los lobos, en tanto animales, no tienen maldad-, significa que ha traicionado la confianza que está en la base de cualquier tipo de convivencia. Y cuando esa traición tiene como consecuencia pérdidas o daños muy graves, la sociedad se siente tentada de reducir el margen dado a la confianza y sustituir ésta por medidas objetivas y contundentes, cuanto más contundentes, mejor.

Recientemente hemos asistido a la reapertura del debate sobre el equilibrio entre derecho a la intimidad y salvaguarda de la seguridad y la integridad, o sea, derecho a la vida. Mucha gente clama ahora por el sacrificio de la intimidad de los datos concernientes a la salud de uno mismo, en el caso de determinadas profesiones que implican gran responsabilidad; responsabilidad sobre vidas ajenas. El sistema ha fallado, dicen. No podemos permitir que vuelva a pasar. Omiten el hecho de que no hay sistema perfecto, y de que el sistema actual de control es razonable y funciona.

En otras palabras: nos inunda una especie de neurosis o paranoia colectiva. El hecho de que un individuo haya demostrado ser indigno de confianza nos empuja a inferir -erróneamente- que todos los individuos -excepto nosotros mismos, claro- son indignos de confianza.

Pero, yendo más allá de esta histeria colectiva, hay otra reflexión que merece nuestro tiempo, y es ésta: en circunstancias así se demuestra la inutilidad de todas las medidas de control, incluso llevadas al último extremo; por ello, surge la necesidad de rendirse ante el hecho cierto de que debemos convivir con la incertidumbre, con la inseguridad, y la única manera de hacerlo y aún vivir en paz es abandonarnos a la confianza.

La confianza es hermana joven de la fe. Si la fe es capaz de mover montañas, es un atributo casi reservado a los santos; en cambio, la confianza también tiene considerable poder; es capaz de mover montañitas. Y si bien la fe no es necesaria para vivir en paz -aunque sí es muy recomendable-, la confianza es imprescindible.

Lo opuesto al miedo no es la seguridad, sino la confianza. Allí donde nuestros sistemas de control y fiscalización no llegan, nos espera la confianza, aguardando a que nos rindamos a ella.

La confianza es una forma de amor. Confiamos en la bondad natural de los demás, o, al menos, en su capacidad de ser tan respetuosos con nosotros como nosotros lo somos con ellos. La sociedad se basa en la mutua confianza. Confiamos en que el tendero no nos timará, en que el maestro cuidará bien de nuestros hijos, en que el médico nos suministrará la terapia más indicada para nosotros. Confiamos en que el amigo nos sacará la cara o, al menos, no se confabulará con nuestros enemigos; en que el conductor frenará su vehículo ante el semáforo en rojo; en que el piloto que está a los mandos de nuestro avión nos llevará sanos y salvos a nuestro destino.

Confiamos en que todas las personas con las que nos cruzamos son esencialmente buenas o, por lo menos, no malvadas, y en que se rigen por las mismas normas y convenciones que nosotros. No tenemos la seguridad de nada de eso, pero tenemos la confianza en que es así. Lo hacemos porque no tenemos más remedio, pero también porque está en nuestra naturaleza. Cuando somos muy pequeños, somos inocentes, es decir, confiamos en todo y en todos. No hay miedo a los demás, el temor a que nos hagan daño, a que nos engañen o a que se burlen de nosotros. Esto lo aprendemos después. Sin embargo, si contamos todas las personas con las que hemos tenido relación de cualquier tipo y grado en nuestra vida, veremos que aquellas por las cuales a la fuerza hemos tenido que aprender nuestra lección de cinismo y autodefensa han sido las menos.

La confianza es hija de la humildad. Confiar es lo mismo que decir: “Hasta aquí llego; no sé más; no puedo estar completamente cierto de nada que no dependa de mí; pero elijo vivir sin que el miedo a que todo me sea adverso impere sobre mí y me reduzca a traicionar el plan de Dios para mí y al ser valiente e inocente que me hizo ser”.

La fe es creer en aquello que no puede ser percibido por los sentidos ni de lo cual se tiene ninguna pista racional que permita deducir su existencia por lógica. La confianza es la fe de alguien que, como Santo Tomás, cree, pero pide pruebas y, al no tenerlas aún, se apoya en su esperanza. Es una esperanza que está un paso más cerca de la intuición que de la razón. Y la confianza, a diferencia de la fe, sí nos demuestra constantemente que no se equivoca quien recurre a ella, porque, la mayoría de las veces, no defrauda.

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