Si tú lloras, lloro yo más;

cada rabieta tuya me arranca un año de vida;

a veces, un día contigo nunca se acaba, y una noche es aún más eterna.

Pero cuando bailamos,

¡ay!, cuando bailamos…

entonces me acuerdo de por qué encontré que las cosas sí tenían, al fin, sentido.

Todo vuelve a mí en ese momento en el que empieza la música

y nosotros bailamos, sólo bailamos.

Bajo el manto del silencio, la música que sólo nosotros oímos

va abriendo surcos cristalinos en la térrea realidad

y entonces, tú y yo bailamos despacito.

No importa que yo tenga dos pies izquierdos

y tú nunca hayas aprendido los movimientos;

este baile es nuestro, señor.

En mis brazos está tu descanso, y por tu contacto dáseme a mí la alegría:

ésta es nuestra ecuación divina.

Dices media palabra, y yo ya estoy curada;

que apaguen las luces, que se callen todos, porque ahora bailamos,

porque sólo cuando bailo contigo verdaderamente vivo.

Y somos iguales que otros miles de billones que han sido, son y serán,

parejas de baile iguales que tú y yo, pero, al mismo tiempo,

ninguna igual

ninguna igual;

y somos un puntito ínfimo, pero, al mismo tiempo,

esplendemos como cada minúscula estrella.

Y c’est fini.

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