“Pero no le era, a pesar de todo, necesario un milagro, sino solamente una suprema justicia, que a juicio suyo, había fallado, habiendo por eso mismo herido tan cruel y súbitamente su corazón. Y era el caso que esa justicia, en las expectaciones de Alioscha, por el curso mismo de las cosas, asumía la forma de un milagro (…). Pero de justicia era de lo que estaba ansioso, de justicia y no sólo de milagro. Y he aquí que aquel que, a juicio suyo, debiera haber sido exaltado por encima de todos en todo el mundo, ese mismo, en vez de la gloria merecida, quedaba de pronto rebajado y escarnecido. ¿Por qué? ¿Quién lo había juzgado? ¿Quién podía haberlo juzgado así?”

* * *

“Mámaschka, sangrecita mía, ¿es verdad que todos, ante todos, por todos somos culpables? No saben las criaturas eso… que, si lo supiesen… desde ahora empezaría el paraíso. ¡Señor! Pero ¿es que no es verdad? -lloro yo y pienso-. Verdaderamente, yo, por todos, puede que sea más que todos culpable y peor que todas las criaturas del mundo.” (…) “Afanasii -le digo-, anoche te pegué dos bofetadas en la cara. ¡Perdóname!”, le digo. Él dio un respingo, como asustado; se me quedó mirando, fijo… y veo yo que aquello era poco, poco, sí, y de repente, con mis charreteras y todo, voy y le hago una reverencia hasta tocar el suelo con la frente: “¡Perdóname!”, le digo. Entonces ya acabó él de desconcertarse. “¡Excelencia, padrecito, señor!, ¿cómo usted… es que me merezco yo eso?” Y rompió a llorar; él también, de pronto, exactamente lo mismo que yo antes, y con las palmas de las manos, se cubrió la cara, fuese a la ventana, y todo él temblaba, sacudido por el llanto; en tanto, yo corrí a reunirme con mi compañero, monté en el coche al vuelo, y “arrea”, grité. “¿Has visto -le grité- a un vencedor? Pues delante de ti le tienes.”

Los hermanos Karamazov

Fiodor Dostoyevski

En este libro, Los hermanos Karamazov, Fiodor Dostoyevski entona un canto a las dos grandes fuerzas que en el corazón del hombre mueven a la bondad; fuerzas igualmente enérgicas y auténticamente buenas, pero que muchas veces se contraponen la una a la otra. Una de ellas es el amor por la justicia; la otra, la búsqueda del perdón, tanto para el que lo pide como para el que lo da.

Dostoyevski retrata lo hermoso y lo feo, lo más hermoso y lo más feo, pero su genialidad indiscutible y única consiste en que sabe hacerlo de forma simultánea, casi en un mismo trazo. Así es la experiencia humana. Su obra susodicha habla del perdón como gran rasgo divino del hombre, capaz de borrar todo lo malo, incluso lo peor, de la cuenta de su vida. Y en realidad, así es. El perdón se nos presenta como un atributo tan divino, que es capaz de renovarnos, de borrar la maldad y el error del corazón de quien los ha cometido tanto como del de aquél que los ha sufrido; pero se pone de relieve que -y en la realidad, puede que así sea mismamente- es más profunda y más satisfactoria la paz de quien ha pedido perdón que la del agraviado, quizá porque quien se transforma es el culpable arrepentido, por fuerza de ese arrepentimiento, y no tanto el agraviado.

Sin embargo, ahí está también el afán de justicia, que puede hacer a un hombre normalmente pacífico y de buen natural parecer iracundo y vengativo. Los personajes de Dostoyevski son capaces de pedir cuentas a Dios y de “rechazar su mundo” (literalmente, así lo escribe él) porque no hallan satisfacción a su sed de justicia y al agravio que ello les produce.

¿Son incompatibles las dos cosas? No; por algo se nos dice de Dios que es justo pero misericordioso (o misericordioso pero justo). Sin embargo, sólo Dios es perfecto y puede por tanto administrar ambos dones simultáneamente, de forma misteriosa; el hombre debe siempre, o casi siempre, elegir entre el uno y la otra.

El perdón es milagroso, tanto para quien lo pide como para quien lo da porque abre la puerta a la libertad auténtica y a la paz duradera; y no es necesario siquiera ser perdonado, la mayoría de las veces basta simplemente con arrepentirse y con confesar el error cometido. Pero la justicia también es milagrosa, porque restablece el orden perdido y da al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios, por mucho que la justicia humana sea siempre imperfecta (como todo lo humano, por otro lado). Pero al ejercerla, al igual que pasa con la concesión del perdón, el ser humano se eleva de su condición y se acerca un poco más a su esencia divina.

El gran problema es que no siempre acertamos a utilizar adecuadamente esas herramientas divinas. Entonces, no siempre debemos pedir perdón, ni tampoco debemos siempre perdonar. Por algo el propio Jesús nos advirtió de no dejarnos engañar por los hipócritas, y de alejarnos de ellos. Pero, ¿cómo saber cuándo es momento de perdón y cuándo de justicia? Con la experiencia, seguramente, se fortalece la intuición y, cada vez más atinadamente, sabemos identificar cada situación y actuar como ella lo pide.

Anuncios

Comentarios desactivados en

Archivado bajo Otros

Los comentarios están cerrados.