Internet, esa tecnología de dioses… en manos de simios.

Internet es ese espejo trucado de feria: por un lado, refleja a quien está delante de él, y, al mismo tiempo, distorsiona la imagen, la devuelve amplificada. Y uno puede acabar víctima de la anorexia mental, porque se ve constantemente mayor de lo que es.

Todo lo que echas en Internet, él te lo devuelve amplificado, como los talentos que dio Dios a aquellos hermanos. (En este caso, según qué cosa es mejor enterrarla o meterla en un calcetín, para resguardarla de tales efectos indeseados.)

Te pones delante del despeñadero y gritas algo, pues el despeñadero te devuelve el eco mil veces. Claro, no deja de ser un despeñadero. Y el eco, al final, te aburre de tanto repetir lo mismo.

Conviene no perder de vista este hecho, más que nada para no sobredimensionar (otra vez con las ilusiones ópticas) el efecto global de Internet en la sociedad, en la economía, en la política, es decir, en una palabra, en nuestro mundo.

Hay quien dice que Internet ha supuesto un avance mucho mayor -incomparablemente mayor- al de la primera y la segunda Revolución Industrial. Grandes progresos en la humanidad, dicen, han sido y están siendo posibles gracias a Internet, que, sin ir más lejos, ha elevado las cotas de democracia a niveles antes impensables.

Supongo que eso mismo dirían de la televisión, cuando se inventó -se decía aquello de “informar, formar y entretener”, y ahora a duras penas siquiera entretiene-; de la radio, de los periódicos, de la imprenta…

Y aquí estamos: víctimas de los mismos pésimos niveles educativos, de la misma falta de calidad informativa y del mismo entretenimiento bajoinstintual.

Internet tiene cosas maravillosas, sí. Como ésta, por ejemplo. Bueno, es un ejemplo de estos días, pero cosas así suceden casi a diario. Pero no es algo inherente a Internet. Es algo inherente a algunas personas, que, siendo de natural bondadoso o bien de fácil emocionarse, vuelcan eso en Internet. No hay más. Internet no es ni bueno, ni malo. Es lo que la gente hace de él. Algunos lo utilizan para acosar a un compañero de clase o para reventar cualquier debate que se les ponga a tiro, con maneras de borracho de tasca barata a las cinco de la madrugada. Otros lo utilizan para intentar poner paños calientes a alguien que sufre. La mayoría lo utilizan para un poco de todo: leer noticias, bajarse música, videoconferenciar con amigos y familiares, jugar, meterse en foros -y, quizá, de vez en cuando, sacar a pasear al troll que todos llevamos dentro-, cotillear, ver vídeos de gatitos y bebés en Youtube y puede que alguna vez participar de forma constructiva -o, cuando menos, queriendo ser constructivo- con alguna causa social o política, intentando elevar la altura de la democracia en su entorno inmediato o en todo el mundo. Es la vida misma. No hay ninguna diferencia sustancial -porque diferencias, haberlas, haylas, pero no son sustanciales- entre la vida on y la vida off line.

(Habría que preguntarse, por otro lado, cuántas de esas buenas acciones tienen continuidad más allá del fervor del primer momento, pero ésa es otra cuestión bien distinta.)

Como la naturaleza humana es la misma a cualquier escala, es posible asegurar sin miedo a equivocarse que la misma encantadora banalidad de nuestra vida cotidiana se reproduce en la forma en que hacemos uso de los medios de comunicación y entretenimiento que tenemos a nuestro alcance. El mundo no es, por ahora, una nave espacial y es imposible controlarlo desde un ordenador. Tampoco parece que el nivel de democracia de ningún país del mundo haya mejorado significativamente desde la irrupción generalizada de Internet en la vida cotidiana de sus habitantes. Ni se ha logrado vigilar mejor la separación de poderes y la pulcritud con la que los gobernantes y todos los representantes del pueblo respetan las leyes, ni se ha abolido la corrupción, ni hay una convivencia esencialmente mejor en la sociedad. Tampoco los habitantes de ningún país han accedido a un poder ni a un protagonismo que antes no tuvieran por el mero hecho de tener Internet y poder usarlo de forma activa como emisores de mensajes. Los medios de comunicación de mayor audiencia y consumo siguen siendo los mismos de antes, controlados por pocas familias o por partidos políticos -con lo cual los mensajes dominantes siguen siendo unos pocos- y, lo que es más, el hecho de ser más conscientes de esa manipulación tampoco ha provocado ninguna revolución digna de ese nombre: la indignación que antes se vertía en conversaciones entre amigos ahora se ha trasladado, en parte, a la arena virtual, pero casi nunca pasa del nivel de desahogo. Los movimientos populares que ha podido haber han sido muy parecidos a otros que ha habido antes de Internet, y han tenido la misma continuidad o falta de ella que aquellos, sus precedentes.

En resumidas cuentas, nada ha cambiado. Salvo una cosa: ahora estamos sobreinundados de información -entendida como abundancia de mensajes de todo tipo, tanto en contenido como en naturaleza tecnológica- y, por ello, estamos fatigados. No es que seamos más cultos y estemos más alertas, ni que sepamos mucho más sobre las cosas que realmente importan, sino que hemos superado hace tiempo el frágil equilibrio entre cantidad de información y proporción necesaria de ignorancia para tener paz de espíritu y, al momento siguiente, ser personas más hábiles, más inteligentes y mejor preparadas para hacer frente a la vida. Estamos noqueados de tanta información. Eso sí ha cambiado. Por lo demás, todo sigue siendo igual de efímero -si no más- que antes, igual de baladí, igual de relativo en la gran escala de las cosas.

Algunos dicen que hay que darle tiempo, un tiempo indefinido, que el cambio se producirá y que la Humanidad alcanzará cotas de bienestar social impensables ahora. Tal vez sea así, pero yo no lo creo. No es que no quiera creerlo, es que no tengo fe. Siempre ha habido dominadores y dominados, y una tecnología más, por cualitativamente superior que sea, no va a cambiar la forma en que hemos sido siempre. Tan sólo reflejará -de forma amplificada, recordemos- esa naturaleza.

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