Archivo mensual: marzo 2015

avión

1.

Por el desfiladero pasa la caravana.

Es alegre y jacarandosa; pasan primero los niños, luego un grupo de jóvenes.

Siguen dos madres con sus bebés en brazos, y hombres y mujeres de todas las edades.

Charlan, saltan, caminan tranquilamente.

Ha pasado el momento del asombro. La caravana avanza sin pausa.

Tú, mientras tanto, te quedas en un rincón, mirando. Y luego, miras tus manos:

te dicen ¿Qué has hecho? ¿Qué has hecho?

El tiempo se ha detenido, ya no existe, y tú sólo ahora has despertado

y te has dado cuenta de que podías correr, pero no esconderte.

Intentaste volar, pero no pudiste.

Tienes los pies hundidos en la tierra; quieres avanzar, pero el barro te está devorando.

Miras atrás; una puerta de acero se cierra a tus espaldas.

Hacia delante, ya nada ves.

Crees oír la voz de tus padres. Te preguntan ¿Qué has hecho? ¿Qué nos has hecho?

Tu vida ha sido cancelada por tu mano.

Circuido sólo de tiniebla y de dolor, ves que sólo tu ira te ha acompañado hasta el final, y nada más.

Todo el mundo conoce tu nombre, que es ahora una mancha de tinta que lo emborrona todo.

Ahora eres más humano que nunca; sólo puedes aguardar el final de la noche,

cuando habrás de rendir cuentas, y esperar la misericordia o la justicia.

Miras la estela de la caravana sobre la roca inhóspita; sólo quedan unas flores silvestres, piedras removidas, huellas en la nieve,

el eco de su mirada compasiva.

Agárrate a ella: es tu única amiga.

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Suma cero

La vida es un juego de suma cero. La vida de cada uno.

Con esto quiere decirse que la pérdida experimentada en un momento de la vida, por cualquier razón y en cualquier forma que adquiera, se verá compensada en otro momento por una ganancia de idéntica proporción. No hay orden establecido en el cual se producen la pérdida y la ganancia. Y este funcionamiento se reproduce constantemente.

Al final, habrá resultado que una persona cualquiera habrá perdido X y habrá ganado X. Su vida arrojará un resultado de cero (y, en este caso, el cero representa un resultado óptimo).

Por esto mismo, también se puede decir esto otro: en realidad, ganancias y pérdidas son irrelevantes en el momento en el que suceden.

Es como el cuento de aquel pesadísimo labriego chino que, cada vez que algo le sucedía y sus vecinos lo felicitaban o se compadecían de él diciéndole “¡Qué buena suerte!” o “¡Qué mala suerte!”, según correspondiera, él respondía: “Puede que sí, puede que no.”

Pero con esta teoría de la suma cero no nos referimos tanto a la bondad o maldad, a la fortuna o a la adversidad que experimentemos a cada momento, sino más bien a esa frase tan de moda de “Nada es gratis”.

No; pero, siguiendo nuestra teoría, si bien es cierto que nada es gratis, se puede afirmar igualmente que nada es gravoso. Porque un pago ahora implica una cobranza en algún momento futuro (o bien ya la ha habido en esa misma proporción en algún momento pasado). O sea, que todo es gratis. En este caso, el pago y el cobro son lo mismo. Cobramos siempre, pero también pagamos siempre. O bien: pagamos siempre, pero siempre obtenemos también algo a cambio. Suma cero, ya lo dijimos. Sólo que, también lo dijimos, aquí el cero representa éxito.

Uno puede gastarse una gran cantidad de dinero en algo, en algún negocio vital o profesional que no arroja buenos resultados. Puede decir que ha perdido. Pero, seguramente, también habrá ganado algo. Llámese experiencia, lección, escarmiento (que en realidad tiene el mismo significado que “experiencia”); ésa es la forma más notoria que suelen adquirir aquello por lo que hemos pagado. También es posible, no obstante, que nuestra ganancia jamás se nos revele como tal, simplemente porque la hemos adquirido en forma de viraje, o cambio de suerte, de tal modo que nunca sabremos en esta vida cuánto o qué hemos ganado. Por ejemplo, de no haber fracasado el negocio de marras, quizá jamás habríamos aprendido cómo no se deben gestionar las cosas, y esa mala gestión que hemos corregido a tiempo habría podido llevarnos a un quebranto económico mucho mayor en un futuro que ya no se producirá.

Pienso así porque, aparte de la lógica que preside esa teoría, tengo indicios para suponer que en realidad es así como funciona la vida, por algún motivo que se puede vislumbrar pero jamás ver ni mucho menos comprender, sólo intuir. Tanto como “Nada es gratis” vale decir, entonces, que “Todo es gratis” o también que “Todo tiene su precio y éste se paga, pero el que paga obtiene aquello por lo que ha pagado, aunque no siempre sepa qué es ese aquello ni tan siquiera el hecho de que ha pagado por ello”.

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Si tú lloras, lloro yo más;

cada rabieta tuya me arranca un año de vida;

a veces, un día contigo nunca se acaba, y una noche es aún más eterna.

Pero cuando bailamos,

¡ay!, cuando bailamos…

entonces me acuerdo de por qué encontré que las cosas sí tenían, al fin, sentido.

Todo vuelve a mí en ese momento en el que empieza la música

y nosotros bailamos, sólo bailamos.

Bajo el manto del silencio, la música que sólo nosotros oímos

va abriendo surcos cristalinos en la térrea realidad

y entonces, tú y yo bailamos despacito.

No importa que yo tenga dos pies izquierdos

y tú nunca hayas aprendido los movimientos;

este baile es nuestro, señor.

En mis brazos está tu descanso, y por tu contacto dáseme a mí la alegría:

ésta es nuestra ecuación divina.

Dices media palabra, y yo ya estoy curada;

que apaguen las luces, que se callen todos, porque ahora bailamos,

porque sólo cuando bailo contigo verdaderamente vivo.

Y somos iguales que otros miles de billones que han sido, son y serán,

parejas de baile iguales que tú y yo, pero, al mismo tiempo,

ninguna igual

ninguna igual;

y somos un puntito ínfimo, pero, al mismo tiempo,

esplendemos como cada minúscula estrella.

Y c’est fini.

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Ya es hora, ya zarpamos; por hoy me marcho,

a bordo de mi barquito, surcando las olas del sueño en el océano de la noche.

Allá me voy junto con mi príncipe reinante,

con el aroma de azahar en su pelo, los ojos robados al firmamento,

y en una mano lleva una rosa

y en la otra, una jícara

de las que se usan para coger la leche de la tinaja

o para beber chocolate caliente cuando arrecia la tormenta.

Nuestro barquito siempre en movimiento, siempre hacia delante,

allí donde nunca falta de nada y no hay miedo a la oscuridad, sino que ella es nuestra amiga y aliada.

Nos esperan hoy olas mansas; y si llegan bravías, aquí les plantaremos cara,

que no nos asusta la tormenta, pues vamos anclados a la tierra profunda, que, con sus brazos maternales

hacia delante nos impulsa.

Y si la luna llora, se encenderá el faro de los sueños para atraernos con su canto

a una isla donde hay agua dulce y sol, tortugas milenarias y palmeras,

y una playa donde cosecharemos conchas y caracolas

para oír las noticias lejanas del mundo entrañable que no añoraremos.

En el barquito, mi príncipe y yo,

oteamos el horizonte y cantamos siempre una canción nueva,

y asidos de la mano hacemos un corro

mientras los delfines alrededor de nosotros ríen y juegan.

Y el mundo se nos queda pequeño,

y la dicha es nuestro pabellón y nuestro lema.

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“Pero no le era, a pesar de todo, necesario un milagro, sino solamente una suprema justicia, que a juicio suyo, había fallado, habiendo por eso mismo herido tan cruel y súbitamente su corazón. Y era el caso que esa justicia, en las expectaciones de Alioscha, por el curso mismo de las cosas, asumía la forma de un milagro (…). Pero de justicia era de lo que estaba ansioso, de justicia y no sólo de milagro. Y he aquí que aquel que, a juicio suyo, debiera haber sido exaltado por encima de todos en todo el mundo, ese mismo, en vez de la gloria merecida, quedaba de pronto rebajado y escarnecido. ¿Por qué? ¿Quién lo había juzgado? ¿Quién podía haberlo juzgado así?”

* * *

“Mámaschka, sangrecita mía, ¿es verdad que todos, ante todos, por todos somos culpables? No saben las criaturas eso… que, si lo supiesen… desde ahora empezaría el paraíso. ¡Señor! Pero ¿es que no es verdad? -lloro yo y pienso-. Verdaderamente, yo, por todos, puede que sea más que todos culpable y peor que todas las criaturas del mundo.” (…) “Afanasii -le digo-, anoche te pegué dos bofetadas en la cara. ¡Perdóname!”, le digo. Él dio un respingo, como asustado; se me quedó mirando, fijo… y veo yo que aquello era poco, poco, sí, y de repente, con mis charreteras y todo, voy y le hago una reverencia hasta tocar el suelo con la frente: “¡Perdóname!”, le digo. Entonces ya acabó él de desconcertarse. “¡Excelencia, padrecito, señor!, ¿cómo usted… es que me merezco yo eso?” Y rompió a llorar; él también, de pronto, exactamente lo mismo que yo antes, y con las palmas de las manos, se cubrió la cara, fuese a la ventana, y todo él temblaba, sacudido por el llanto; en tanto, yo corrí a reunirme con mi compañero, monté en el coche al vuelo, y “arrea”, grité. “¿Has visto -le grité- a un vencedor? Pues delante de ti le tienes.”

Los hermanos Karamazov

Fiodor Dostoyevski

En este libro, Los hermanos Karamazov, Fiodor Dostoyevski entona un canto a las dos grandes fuerzas que en el corazón del hombre mueven a la bondad; fuerzas igualmente enérgicas y auténticamente buenas, pero que muchas veces se contraponen la una a la otra. Una de ellas es el amor por la justicia; la otra, la búsqueda del perdón, tanto para el que lo pide como para el que lo da.

Dostoyevski retrata lo hermoso y lo feo, lo más hermoso y lo más feo, pero su genialidad indiscutible y única consiste en que sabe hacerlo de forma simultánea, casi en un mismo trazo. Así es la experiencia humana. Su obra susodicha habla del perdón como gran rasgo divino del hombre, capaz de borrar todo lo malo, incluso lo peor, de la cuenta de su vida. Y en realidad, así es. El perdón se nos presenta como un atributo tan divino, que es capaz de renovarnos, de borrar la maldad y el error del corazón de quien los ha cometido tanto como del de aquél que los ha sufrido; pero se pone de relieve que -y en la realidad, puede que así sea mismamente- es más profunda y más satisfactoria la paz de quien ha pedido perdón que la del agraviado, quizá porque quien se transforma es el culpable arrepentido, por fuerza de ese arrepentimiento, y no tanto el agraviado.

Sin embargo, ahí está también el afán de justicia, que puede hacer a un hombre normalmente pacífico y de buen natural parecer iracundo y vengativo. Los personajes de Dostoyevski son capaces de pedir cuentas a Dios y de “rechazar su mundo” (literalmente, así lo escribe él) porque no hallan satisfacción a su sed de justicia y al agravio que ello les produce.

¿Son incompatibles las dos cosas? No; por algo se nos dice de Dios que es justo pero misericordioso (o misericordioso pero justo). Sin embargo, sólo Dios es perfecto y puede por tanto administrar ambos dones simultáneamente, de forma misteriosa; el hombre debe siempre, o casi siempre, elegir entre el uno y la otra.

El perdón es milagroso, tanto para quien lo pide como para quien lo da porque abre la puerta a la libertad auténtica y a la paz duradera; y no es necesario siquiera ser perdonado, la mayoría de las veces basta simplemente con arrepentirse y con confesar el error cometido. Pero la justicia también es milagrosa, porque restablece el orden perdido y da al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios, por mucho que la justicia humana sea siempre imperfecta (como todo lo humano, por otro lado). Pero al ejercerla, al igual que pasa con la concesión del perdón, el ser humano se eleva de su condición y se acerca un poco más a su esencia divina.

El gran problema es que no siempre acertamos a utilizar adecuadamente esas herramientas divinas. Entonces, no siempre debemos pedir perdón, ni tampoco debemos siempre perdonar. Por algo el propio Jesús nos advirtió de no dejarnos engañar por los hipócritas, y de alejarnos de ellos. Pero, ¿cómo saber cuándo es momento de perdón y cuándo de justicia? Con la experiencia, seguramente, se fortalece la intuición y, cada vez más atinadamente, sabemos identificar cada situación y actuar como ella lo pide.

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Internet, esa tecnología de dioses… en manos de simios.

Internet es ese espejo trucado de feria: por un lado, refleja a quien está delante de él, y, al mismo tiempo, distorsiona la imagen, la devuelve amplificada. Y uno puede acabar víctima de la anorexia mental, porque se ve constantemente mayor de lo que es.

Todo lo que echas en Internet, él te lo devuelve amplificado, como los talentos que dio Dios a aquellos hermanos. (En este caso, según qué cosa es mejor enterrarla o meterla en un calcetín, para resguardarla de tales efectos indeseados.)

Te pones delante del despeñadero y gritas algo, pues el despeñadero te devuelve el eco mil veces. Claro, no deja de ser un despeñadero. Y el eco, al final, te aburre de tanto repetir lo mismo.

Conviene no perder de vista este hecho, más que nada para no sobredimensionar (otra vez con las ilusiones ópticas) el efecto global de Internet en la sociedad, en la economía, en la política, es decir, en una palabra, en nuestro mundo.

Hay quien dice que Internet ha supuesto un avance mucho mayor -incomparablemente mayor- al de la primera y la segunda Revolución Industrial. Grandes progresos en la humanidad, dicen, han sido y están siendo posibles gracias a Internet, que, sin ir más lejos, ha elevado las cotas de democracia a niveles antes impensables.

Supongo que eso mismo dirían de la televisión, cuando se inventó -se decía aquello de “informar, formar y entretener”, y ahora a duras penas siquiera entretiene-; de la radio, de los periódicos, de la imprenta…

Y aquí estamos: víctimas de los mismos pésimos niveles educativos, de la misma falta de calidad informativa y del mismo entretenimiento bajoinstintual.

Internet tiene cosas maravillosas, sí. Como ésta, por ejemplo. Bueno, es un ejemplo de estos días, pero cosas así suceden casi a diario. Pero no es algo inherente a Internet. Es algo inherente a algunas personas, que, siendo de natural bondadoso o bien de fácil emocionarse, vuelcan eso en Internet. No hay más. Internet no es ni bueno, ni malo. Es lo que la gente hace de él. Algunos lo utilizan para acosar a un compañero de clase o para reventar cualquier debate que se les ponga a tiro, con maneras de borracho de tasca barata a las cinco de la madrugada. Otros lo utilizan para intentar poner paños calientes a alguien que sufre. La mayoría lo utilizan para un poco de todo: leer noticias, bajarse música, videoconferenciar con amigos y familiares, jugar, meterse en foros -y, quizá, de vez en cuando, sacar a pasear al troll que todos llevamos dentro-, cotillear, ver vídeos de gatitos y bebés en Youtube y puede que alguna vez participar de forma constructiva -o, cuando menos, queriendo ser constructivo- con alguna causa social o política, intentando elevar la altura de la democracia en su entorno inmediato o en todo el mundo. Es la vida misma. No hay ninguna diferencia sustancial -porque diferencias, haberlas, haylas, pero no son sustanciales- entre la vida on y la vida off line.

(Habría que preguntarse, por otro lado, cuántas de esas buenas acciones tienen continuidad más allá del fervor del primer momento, pero ésa es otra cuestión bien distinta.)

Como la naturaleza humana es la misma a cualquier escala, es posible asegurar sin miedo a equivocarse que la misma encantadora banalidad de nuestra vida cotidiana se reproduce en la forma en que hacemos uso de los medios de comunicación y entretenimiento que tenemos a nuestro alcance. El mundo no es, por ahora, una nave espacial y es imposible controlarlo desde un ordenador. Tampoco parece que el nivel de democracia de ningún país del mundo haya mejorado significativamente desde la irrupción generalizada de Internet en la vida cotidiana de sus habitantes. Ni se ha logrado vigilar mejor la separación de poderes y la pulcritud con la que los gobernantes y todos los representantes del pueblo respetan las leyes, ni se ha abolido la corrupción, ni hay una convivencia esencialmente mejor en la sociedad. Tampoco los habitantes de ningún país han accedido a un poder ni a un protagonismo que antes no tuvieran por el mero hecho de tener Internet y poder usarlo de forma activa como emisores de mensajes. Los medios de comunicación de mayor audiencia y consumo siguen siendo los mismos de antes, controlados por pocas familias o por partidos políticos -con lo cual los mensajes dominantes siguen siendo unos pocos- y, lo que es más, el hecho de ser más conscientes de esa manipulación tampoco ha provocado ninguna revolución digna de ese nombre: la indignación que antes se vertía en conversaciones entre amigos ahora se ha trasladado, en parte, a la arena virtual, pero casi nunca pasa del nivel de desahogo. Los movimientos populares que ha podido haber han sido muy parecidos a otros que ha habido antes de Internet, y han tenido la misma continuidad o falta de ella que aquellos, sus precedentes.

En resumidas cuentas, nada ha cambiado. Salvo una cosa: ahora estamos sobreinundados de información -entendida como abundancia de mensajes de todo tipo, tanto en contenido como en naturaleza tecnológica- y, por ello, estamos fatigados. No es que seamos más cultos y estemos más alertas, ni que sepamos mucho más sobre las cosas que realmente importan, sino que hemos superado hace tiempo el frágil equilibrio entre cantidad de información y proporción necesaria de ignorancia para tener paz de espíritu y, al momento siguiente, ser personas más hábiles, más inteligentes y mejor preparadas para hacer frente a la vida. Estamos noqueados de tanta información. Eso sí ha cambiado. Por lo demás, todo sigue siendo igual de efímero -si no más- que antes, igual de baladí, igual de relativo en la gran escala de las cosas.

Algunos dicen que hay que darle tiempo, un tiempo indefinido, que el cambio se producirá y que la Humanidad alcanzará cotas de bienestar social impensables ahora. Tal vez sea así, pero yo no lo creo. No es que no quiera creerlo, es que no tengo fe. Siempre ha habido dominadores y dominados, y una tecnología más, por cualitativamente superior que sea, no va a cambiar la forma en que hemos sido siempre. Tan sólo reflejará -de forma amplificada, recordemos- esa naturaleza.

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