Archivo mensual: diciembre 2014

Desde hace algún tiempo ya no puedo exponerme a la misma clase de noticias, hechos, personas, situaciones, palabras… que antes al menos era capaz de tolerar. Ahora me resultan sencillamente insufribles. Utilizo esta palabra de forma literal: no los puedo sufrir.

Es como si se me hubiera caído una capa de la piel. Tampoco esa capa era muy gruesa, pero era una capa más. Cuando hace frío, todo lo que se lleve puesto se agradece, aunque no corte el viento norte. Pues para mí, igual.

Ni siquiera puedo permitirme leer algunos de los libros que leía antes, ni ver las mismas películas. Ahora, mi dieta es exclusivamente a base de historias-basura o, en el mejor de los casos, historias dignas pero intrascendentes; billetes de una sola dirección hacia un mundo frívolo, divertido o, en cualquier caso, con final feliz. Un mundo de ensueño. El que debería ser este en el que vivimos pero que, ostensiblemente, no es.

No puedo sustraerme a leer las noticias todos los días; no podría, aunque quisiera. De hecho, ya se ha convertido en compulsión o, dicho de forma más suave, en un ritual más de mi vida. Pero ya no profundizo en ellas como podía permitirme hacer antes. Ya no tengo tiempo ni ganas para eso. Tampoco tengo la medida de concentración necesaria; ni la retentiva para que me aprovechara mucho el esfuerzo, ya que el ratio de aprendizaje no sería lo bastante alto como para que hubiera valido la pena la exposición; pero, lo que es más importante para mí, es que no tengo la columna vertebral que hace falta o, hablando en plata, el callo. Ya digo que se me ha caído una capa de piel, ¿verdad?

Es que ya no puedo con la ración diaria -y creciente, me parece… Dios quiera que sea sólo mi impresión, falsificada por la falta de concentración y el apresuramiento- de tragedias, malos augurios, insultos, tropelías, injusticias, violencias… y el anuncio de más por venir que se nos sirven en cápsulas; a eso se le llama “noticias”. El mundo de ficción es mucho más grato. O, cuando no, el mundo sencillo de la vida cotidiana, aunque sea rutinaria y sin grandes alharacas. ¡Bendita rutina, bendito aburrimiento! Para mí, ya están bien, gracias. Son mi armadura y mi escudo. Si atiendo a todo lo malo -real, ya sé, pero malo- que pasa en el mundo -y en lugares no tan lejanos de mí; seguramente, a la vuelta de la esquina-, no puedo vivir, ni aspirar a un poco de felicidad.

Las mejores secciones de noticias son las noticias frívolas, insustanciales, de las que te puedes reír por algún motivo (no importa el motivo si hay risa, siempre que no sea risa que sustituye al llanto) y, por otra parte, la sección de meteorología.

La información del tiempo es una sección fabulosa, en la que se nota el guiño divino. Es una forma de recordarnos que, pase lo que pase, existe la calma en el ojo del huracán; sí, incluso la paz.

La información acerca del tiempo es neutral, descriptiva y desapasionada, a pesar de que verse sobre algo que afecta a todo el mundo y que puede influir mucho en cómo será nuestro día, sobre todo dependiendo de lo que vayamos a hacer o de cuáles sean nuestros planes. Pese al desapasionamiento, es una información que, tal como es dada por casi todas las cadenas de televisión -del mundo, me aventuro a decir-, adquiere un formato agradable, tan grato al oído como a la vista, gracias a la cuidada y tranquila dicción de sus presentadores y a su compostura siempre aparentemente satisfecha y feliz de la vida -no he oído a ningún presentador del tiempo decir una palabra más alta que la otra ni dar una nota discordante-, así como a las bellas imágenes de fenómenos meteorológicos con las que se suelen adornar estos espacios. Los mapas del tiempo son, gracias a las tecnologías que se utilizan para hacerlos, sencillos a la vista y fáciles de entender y resulta hasta emocionante ver, en las simulaciones, cómo se van desplazando los frentes cálidos y fríos hasta formar el pronóstico para los días que vienen.

Sí, me gusta -desapasionadamente, pero me gusta- la información del tiempo y me gustan sus presentadores, porque transmiten paz y dominio absoluto de la situación. Parecen decir: “Habrá truenos, rayos y centellas, las nevadas bloquearán las puertas de sus casas, así que corran a abastecerse de todo lo necesario, porque no podrán salir hasta pasados al menos cuarenta días, pero no teman, esto también pasará, gracias por elegirnos, que pasen buena noche y hasta mañana”. Son algo así como los yoguis del mundo actual: parecen querer hacernos partícipes de la gran verdad según la cual todo llega, todo pasa, hay que aceptarlo tal y como es y no pasa nada, todo está bien así.

Todo eso es lo que me pide el cuerpo y el espíritu. La información del tiempo es práctica, pero me aburre y, a pesar de eso, me gusta, porque representa lo que -he llegado a comprender- es la vida, en el fondo.

Las noticias sobre catástrofes, corrupciones y maldades pasarán (ya sé que serán sustituidas por otras noticias sobre otras catástrofes, corrupciones y maldades, pero síganme el rollo) pero el clima siempre estará ahí para que hablemos sobre él de forma tranquila y desapasionada. Y es que a las nubes y al sol no les importa lo que pase aquí abajo.

Dejando esto a un lado, la verdad -mi verdad- es que estar al corriente de lo que pasa en el mundo no sirve para cambiarlo, pero quizá no sea ésa la verdadera utilidad, sino darnos cuenta de qué es aquello que sí podemos cambiar. Por eliminación y por exclusión, enfrentarnos vez tras vez a la oceánica inmensidad de lo que escapa a nuestro control -y es más que lo que jamás imaginamos o esperamos- nos hace ser más conscientes de lo reducido del terreno que realmente pisamos. Pero, en contrapartida a este despertar, que puede ser de lo más descorazonador, hay un regalo: darnos cuenta de que ese terreno sí que es verdaderamente nuestro, ese terreno sí que lo podemos defender y cuidar. Es un terruño, es un jardincito enano, es la tierra que cabe en los puños cerrados, pero es también lo que elijamos hacer con esa tierra: podemos cuidarla, regarla, abonarla y trabajarla, podemos mimarla hasta que dé flor y la flor dé fruto, y eso es nuestro para siempre; por mucho que clame y se desmorone el mundo alrededor, esa tierrecita es nuestra, y -con ayuda de los fenómenos meteorológicos que el yogui de la tele nos hará saber- podemos extraer de ella lo que queramos.

Puede parecer muy poco, pero es algo, y ese algo basta para ser un consuelo.

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Anoche te vi tal como eres, tu verdadera hermosura, tu naturaleza auténtica.

En la hora del lobo, nosotros dos a salvo de los peligros, en el momento en que la luz y la sombra batallaban por besar tu rostro

te vi tal como eres, mi amor, y tal como serás, como el tiempo te hará.

Vi en tus ojos sabiduría mucho más allá de tu tiempo en la tierra,

y vislumbré la magia que anima tu sonrisa.

Vi el reconocimiento, vi el saber, y vi un tesoro de paz.

Serás igual a todos los demás, serás como ellos, y a la vez

serás distinto, siempre distinto.

Un ser especial de principio a fin, si es que existe para ti el fin.

Eres sólo un ser, pero al mismo tiempo eres todo,

esenciero de las estrellas y del universo entero,

recordatorio de lo que fui y seré y definidor de lo que soy;

joya mística que, al tocarla, emana dicha a quien la toca.

¡A mí, a mí, a mí!

Pequeña humana feliz, feliz siguiendo la estela astral de tus ojos de lavanda y jazmín…

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