Ha llegado un nuevo maestro a la ciudad.

Llegó en medio de la noche, refulgiendo como un nuevo sol.

Llegó libre, noble y hermoso, igual que el arcángel anunciador.

Tiene ojos del color del cobalto puro y con ellos lo ve todo.

Ha llegado el maestro definitivo, ha llegado por fin.

Para enseñarnos una lección de amor, de paciencia, sacrificio y entrega.

Para arrojar agua bendita sobre los males que nos azotaban, los fantasmas que nos agobiaban

y romper el cerco de mentiras que nos rodeaba.

No le hace falta decir una palabra; le basta con estar.

Su sola presencia desaloja el miedo y la oscuridad,

porque allí donde hay amor no puede vivir también el miedo.

El miedo nada teme, pero ante el maestro huye espantado.

¡Es tanta su luz!

Ahora él es la hoguera que custodia la entrada de nuestra cueva;

es la cerilla que, encendida, nos permite ver finalmente a nuestro alrededor

y dejar de ser los ciegos que éramos.

Ha llegado el maestro; por fin está entre nosotros.

Ha venido para quedarse por siempre jamás.

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