Buenos días, señor sol. Adiós, esquiva señora luna, que regresas a casa.

En medio de la noche, también veo sus rayos. Todas las noches se asoma el hijo del sol.

Siempre a tu ritmo, pequeño príncipe sol.

Te escapas del palacio real para salir a explorar este mundo que, sin saberlo, ya amas.

Y yo me quedo mirándote. Mirando, mirando

mientras tú bailas tu baile con pasitos silenciosos. A veces no llego a verlos, pero veo su estela.

Y las miguitas que has dejado a tu paso mientras correteas de un árbol a otro, del cobijo de una seta a otra.

¡Cuántos sitios más te quedan aún por visitar!

Después te veo tumbarte a la sombra del tilo, sonriente y cansado, sabiéndote adorado.

Trato de adivinar tus sueños por los reflejos de tus ojos,

ojos de pequeño príncipe sol.

Y no lo consigo, y entonces sólo los imagino.

Duerme el pequeño príncipe sol, brazos estirados, las estrellas acariciando su rostro.

A tu arbitrio, hijo del sol.

Envíame hoy también tu luz y tu calor.

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