En medio de la hora del lobo, hay en la ciudad una luz que nunca se apaga.

La dulce mochila en su espalda, el peso de una cabeza sobre su mano.

Si sube otra vez la marea negra, cogerá esa carga y trepará hacia la boca del pozo.

Esperará a que baje, mientras piensa: “Esto también pasará”.

Hay en la ciudad arrasada por el diluvio un hogar siempre cálido.

A las cinco de la madrugada, una historia más y un paseíto por el lado salvaje,

mientras el horizonte se traga la última ola de la marea negra.

Y después, un poco de baile, una canción, se apaga la lamparita y todos a dormir.

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