En un barquito de oro con el viento en popa a la vela mayor

navega rumbo a tierra el príncipe de Beukelaer.

Vestido de nata y chocolate con sangre de batido de fresa,

y envainada la espada de galleta y miel,

contempla risueño el paso del tiempo y de las olas de adelante atrás y así todo el tiempo.

¡Príncipe de Beukelaer, príncipe de Beukelaer!

Te cantamos a ti, ¡oh, alteza!, que nos vienes a salvar.

En misión ignota e incomprensible para nosotros, tus nobles pasos están sin embargo todos escritos

en el sendero pavimentado de barquillo y caramelo.

Nuestro príncipe de Beukelaer, que es pequeño como un muñeco de playmobil,

pero avanza seguro y a tope por las procelosas aguas del océano que sea

(porque todas lo son)

porque tiene un valor y un temple que no se los salta ni un violento hipogrifo impulsado por los siete céfiros.

Y aquí, ya en tierra firme, es él, ¡el único, el verdadero príncipe de Beukelaer!

el distinguido automedonte que sujeta y maneja las riendas del carruaje de nuestro destino.

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