La autopsia del “sospechoso X”

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“La devoción del sospechoso X” es una novela japonesa de misterio, pero también de amor. El protagonista -el enamorado- es Ishigami, un matemático que es, además, un genio. La acción comienza cuando una vecina de Ishigami, que es el objeto del amor de éste, asesina a su exmarido (un tipo indeseable, por cierto). Ishigami, sin haber sido testigo, intuye lo que ha ocurrido y se presta a ayudar a la mujer y a su hija adolescente, que también está involucrada.

La trama detectivesca es sencilla, pero está desarrollada de tal manera -eligiendo el autor, para desenmascarar a los culpables, establecer un duelo de mentes, oponiendo al cerebro genial de Ishigami el no menos genial de Yukawa, un físico que se licenció al mismo tiempo que aquél- que hace muy refrescante su lectura. Y pudiera parecer que ahí se acaba la gracia de “La devoción del sospechoso X”; nada más lejos de la realidad.

Porque, al margen de la trama y de la bien llevada narración (se agradece que no sea un típico procedimental policiaco con escenas estomagantes y violentas; no hay nada de eso, y sí, en cambio, mucho trabajo intelectual, bastante conversación y un sosiego y una contemplación a la hora de hacer las cosas que se llegan a echar de menos en la vida real; si en Japón las cosas se hacen así, dan ganas de cambiarse de país), la novela nos ofrece un par de personajes que invitan a la reflexión. El principal de ellos es el propio Ishigami, que no sabemos muy bien -ni sabremos al final; yo, por lo menos, no- si si héroe o villano; quizá porque en la realidad nadie es ninguna de las dos cosas más que hasta cierto grado y siempre en forma mixta y confusa.

Ishigami es ese antihéroe que tanto abunda en la vida real. Un hombre anodino, que no destaca de ninguna de las maneras. No destaca por su apariencia física -que él mismo ha considerado siempre algo marginal e indigno del menor interés; hasta que se enamora, claro está-, pero es que tampoco destaca por su intelecto, y eso que éste está por encima de casi todo lo imaginable; es, ya lo deja claro el narrador, un genio. Sin embargo, se nos informa enseguida de que es sólo profesor de instituto y, además, un profesor al que sus alumnos no tienen en ninguna consideración, pero es que tampoco los directores del centro: nos enteramos de que a nadie le importan sus clases de matemáticas y de que la dirección del instituto lo presiona para que apruebe a todos sus alumnos porque, en realidad, ¿para qué sirven las matemáticas? y, en última instancia, ¿para qué sirve tener unos conocimientos, una educación y una cultura? (esto último no lo dice explícitamente el libro, pero está claramente escrito entre líneas y puesto en boca de los estúpidos que rodean a Ishigami).

Ishigami vive, de acuerdo con su salario y el punto hasta el cual ha medrado en la vida, en un informe bloque de apartamentos como otro cualquiera en Tokio. Vive solo y vemos que no tiene amigos; tan sólo Yukawa, que reaparece en su vida tras muchos años de no saber nada el uno del otro, y con el cual le une una relación que es más de mutua admiración que de auténtica amistad; se trata de dos hombres forzosamente aislados de la sociedad, el uno en mayor medida que el otro, debido a su superior intelecto, inalcanzable para el resto de la gente.

Ishigami -y también su amigo físico Yukawa- es un hombre solitario que sólo tardíamente descubre y experimenta por primera vez el amor por otra persona y, junto con ese sentimiento, llega a comprender el sentido del arte, de la persecución de la belleza estética y sensorial, de la literatura. Y, a la par que esa comprensión plena del amor -que sólo se puede lograr a través de la experiencia en primera persona de ese sentimiento-, Ishigami alcanza otro estadio paralelo a aquél: comprende plenamente el valor de lo que uno es capaz de hacer por amor. Trasciende el valor sentimental y aparente del que usualmente se reviste todo lo relativo al amor y se da cuenta -sin necesitar reflexión consciente alguna al respecto- de que el amor consiste en hechos, no en palabras ni siquiera en gestos.

Pero lo más importante que nos enseña Ishigami no es ni siquiera eso -de verdad, hace falta leer la novela para darse cuenta de hasta qué punto Ishigami predica con el ejemplo-, sino otra cosa:

El domingo era el día más feliz. Si abría la ventana de la cocina, podía oírlas hablando. No discernía lo que decían, pero sus suaves voces entrando en el apartamento arrastradas por el aire eran para él la mejor de las sinfonías. No aspiraba en absoluto a llegar a nada con ellas. Siempre supo que ni siquiera debía intentarlo. Comprendió que era lo mismo que le ocurría con las matemáticas: el mero hecho de relacionarse con algo tan elevado proporcionaba felicidad. Intentar obtener prestigio dañaba la dignidad.

Ahí está.

Y aún hay más.

Ishigami es, a lo largo de toda la novela y de principio a fin, una figura solitaria. Pero es, en todo momento, libre. No es alguien que nos mueva a compasión, y eso a pesar de que su amada no le corresponde. En realidad, en ningún momento él expresa anhelos de ser correspondido, ni se lamenta por no serlo. Fiel a su lógica interna y a la realización del sentimiento amoroso, es feliz simplemente relacionándose con su amada.

Ishigami es un personaje al que constantemente vemos profesando amor y moviéndose por amor. Ama a una mujer, ama las matemáticas, es lo mismo; el sentimiento es el mismo, la belleza que lo embarga y lo obnubila es la misma, la emoción en nombre de la cual actúa con abnegación, sacrificio y una generosidad ilimitada es la misma en ambos casos. Y lo que hace lo hace porque lo ha elegido libremente.

La libertad que personifica Ishigami -aprobemos sus acciones o no, ésa es otra cuestión- se manifiesta finalmente como libertad última, la misma de la que gozamos todos.

Aunque no pudiera ver nada, aunque no pudiera oír nada, nadie podría impedir que su cerebro siguiera funcionando. Ése era su paraíso infinito.

Muy pocas personas son sin embargo capaces de reconocer la existencia de ese “paraíso infinito” con cuya potencialidad nacemos todos.

Y el mundo en que vivimos no nos facilita la tarea.

Imaginémonos cómo cambiaría todo (TODO) si al menos una mayoría de los seres humanos vivos en cualquier momento dado se diera cuenta de la existencia de ese “paraíso infinito” que está al alcance de nuestra mano a lo largo de toda nuestra vida. Sin necesidad de hacer, llegar a ser, convertirse en, conseguir y, desde luego, pagar nada.

Sin pagar ni comprar nada. Nunca jamás.

Imaginémoslo.

Y, por absurdo que parezca, ¿no es cierto que, al mismo tiempo, todos sabemos que es verdad?

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1 comentario

Archivado bajo Libros

Una respuesta a “La autopsia del “sospechoso X”

  1. Edwin A.

    Me ha dejado ansioso por leer…

    Me gusta

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