“Desafío total” y los límites de la evasión

Hay dos películas con el título “Desafío total”: una de 1990, protagonizada por Arnold Schwarzenegger, y otra de 2012, ídem por Colin Farrell. Y hay un relato de Philip K. Dick en que se basan ambas.

En “Desafío total” estamos ante un futuro totalmente distópico -qué raro-, a finales de siglo. A pesar de todos los avances tecnológicos, vemos que en esa época aún muy distante sigue habiendo viviendas insalubres, goteras, distinción de clases y prostitución, que la gente sigue trabajando en cadenas de montaje por una miseria de paga y que irse al bar para beber y olvidar sigue siendo un pasatiempo de enorme popularidad (a lo mejor por todo lo antedicho). En ese futuro tan igual al presente vive un tal Doug (he olvidado su apellido), que es un don nadie entre miles de millones de don nadies como pueblan la Tierra, pero pese a ello es nuestro protagonista y el espejo en el que nos vamos a mirar, porque en ese tiempo final del siglo XXI hay un invento que se llama Recuerdo Total (en traducción libre de mi cosecha) y que promete a la gente inyectarle en la mente recuerdos falsos acerca de una historia ficticia elegida por el cliente en cuestión.

Doug se siente tentado a utilizar los servicios de Recuerdo Total. Un compañero de trabajo intenta disuadirlo, diciéndole que no se debe jugar con la mente. Pero, finalmente, la tentación puede más y, una noche, Doug entra en un tal local, solicita el servicio en cuestión y se sienta en una especie de silla eléctrica, que es donde le administrarán la droga o el producto cuasimágico que le inyectará recuerdos fabricados ad hoc, basados en cualquier historia ficticia que él quiera. La única condición es que los elementos de la historia deben ser totalmente ficticios; no puede introducir nada de su vida real. Eso acarrearía indeseadas, por terribles, consecuencias.

Desafío Total (2012)

El hecho de que la película lleve por título el nombre de este artificio ya da idea de que, en efecto, jugar con la mente le va a traer quebraderos de cabeza insospechados a Doug. Lo que sigue es una entretenida, aunque a ratos rocambolesca y a ratos ridícula aventura que ahora mismo no hace al caso. Pero, al final, como es casi de obligado cumplimiento en casi cualquier película de ciencia-ficción que se precie, colea la pretendida ambigüedad que cada espectador debe resolver a su manera: ¿ha sido todo lo que hemos visto real, o Doug sigue sentado en su trono de Recuerdo Total, perdido en la ensoñación fabricada por sus proveedores?

Dicen que las dos versiones cinematográficas distan entre sí mucho en términos de calidad. Como no he visto ambas, me abstengo de comentar al respecto porque, además, lo que me interesa lo reflejan ambas por igual, y es que más importante que el desenlace y, por supuesto, que la farragosa peripecia intermedia de nuestro protagonista es cómo y por qué se ha visto metido en ella: por puro afán de evasión.

En un futuro en el que los males y las bendiciones siguen siendo prácticamente los mismos que conocemos a día de hoy y también idénticos a los que siempre ha habido en el seno de cualquier civilización -el dominio de algunos hombres sobre otros y la explotación de los segundos a manos de los primeros; el recurso a distracciones que se agotan en sí mismas, sí, pero que proporcionan un placer instantáneo, aliviador y muy legítimo; y la incapacidad del hombre para encontrar sentido a la vida o, en su defecto, para proporcionarle él algún sentido a su vida particular-, en ese mundo futuro imaginado por Philip K. Dick, el atractivo del olvido sigue siendo exactamente tan poderoso como siempre, y es lo que impide a Doug utilizar su buen juicio. De inmediato intuimos que todo eso de Recuerdo Total va a traer problemas, y que además, está mal. Está inherentemente mal y lo sabemos. Sin embargo, si nos dieran la oportunidad de experimentarlo, ¿qué haríamos? Quizá sucumbiríamos ante lo fácil que sería y lo bien que nos lo haría pasar. Pensaríamos que qué hay de malo en evadirnos un rato; si es a base de una mentira, ¿qué más da?

Pero más interesante aún que todo eso es la intuición que tenemos, muy fuerte, de que es algo que está mal. No sabemos decir por qué y, de hecho, en la historia no se nos da ninguna indicación de que sea algo malo. Dos personajes de la película hacen sendos alegatos, a favor y en contra de Recuerdo Total: uno dice que mejor alejarnos de él porque con esas cosas no se juega, el otro dice que lo probó y ahí sigue, igual que antes, y no se ha arrepentido. Nosotros sabemos que tiene razón el que recomienda abstenerse, pero también, al mismo tiempo, comprendemos a Doug. Porque también sabemos el peso que puede tener una vida carente de alicientes y todos hemos oído a alguien que decía, ante cualquier pequeña o gran tentación para evadirnos por un momento utilizando medios que usualmente no son tenidos por recomendables -fumarnos un porro, emborracharnos, embarcarnos en alguna actividad de alto riesgo y mucha adrenalina, etc.-, “¿por qué no?”, o “por una vez no va a pasar nada”, “todo el mundo lo ha hecho alguna vez”…

Y a pesar de todo, sabemos que Recuerdo Total está mal y que le va a traer problemas a Doug.

La historia, además de un psicodrama sobre un hombre a la búsqueda de su propia identidad -lo cual daría para otra reflexión, pero, al final, casi todas las películas son en el fondo psicodramas de un hombre en busca de su identidad, porque de eso se trata la vida, en gran medida-, es una pequeña interrogante sin responder sobre la licitud intrínseca de los placeres aparentes del escapismo.

En otras palabras: ¿nos es lícito adoptar cualquier postura que nos garantice algo de evasión, con la única condición de que no haga daño a nadie más que, posiblemente, a nosotros mismos? ¿Es cierto eso de que “no pasa nada” y de que “es mi vida y hago lo que quiero con ella”? ¿Dónde está el límite, si es que está en algún lugar? Y si está y no es una imaginación nuestra, ¿es un límite que establecemos por convención social libremente acordada entre todos, o es algo más profundo y más intuitivo que todo eso?

Y, por extensión y si contestamos que el límite está inscrito en alguna parte de nosotros mismos, desde que nacemos, y la intuición nos avisa de ello siempre y sin defecto, ¿no podríamos extender esa capacidad de saber de forma natural e instantánea, no basada en información del exterior, a todo lo demás?

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