En la tarde de otoño, los sonidos caían, lentos y perfectos como gotas.

D… da… ar…

Vi… as… mas…

Nadie podrá saber ya qué encantamiento fue;

quizá como oír una canción en un idioma nuevo,

o los cascabeles reír en el cuello del gentil ciervo al llegar al refugio de invierno.

Quizá fue más como un aroma: el pastel de pasas recién hecho,

el chocolate caliente, la lluvia enfriando la tierra morena;

o tal vez el regalo del descanso tras las fatigas que te aguardaban venideras.

Nadie lo sabrá nunca, pero así fue.

Así empezó aquella cadena de rosas:

con sonidos que formaban palabras, y palabras que formaron luego un mundo

perfecto

en el que poder vivir para siempre.

Sonidos que crean sentido, la belleza de un misterio que no tuvo principio ni tendrá fin,

que es como la cuerda de un arpa que hay que saber tañer, cada uno en su momento,

o como el susurro del bosque en medio de la noche;

el juglar ciego cuenta eternamente su historia, va dejando caer las gotas de los sonidos

que unos pocos recogen pacientemente con la palma de la mano abierta, hacia arriba.

a veces tambaleándose, casi siempre a oscuras,

pero, al final, aunque sea sólo a ratos,

escuchando, comprendiendo.

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