Archivo mensual: septiembre 2014

La autopsia del “sospechoso X”

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“La devoción del sospechoso X” es una novela japonesa de misterio, pero también de amor. El protagonista -el enamorado- es Ishigami, un matemático que es, además, un genio. La acción comienza cuando una vecina de Ishigami, que es el objeto del amor de éste, asesina a su exmarido (un tipo indeseable, por cierto). Ishigami, sin haber sido testigo, intuye lo que ha ocurrido y se presta a ayudar a la mujer y a su hija adolescente, que también está involucrada.

La trama detectivesca es sencilla, pero está desarrollada de tal manera -eligiendo el autor, para desenmascarar a los culpables, establecer un duelo de mentes, oponiendo al cerebro genial de Ishigami el no menos genial de Yukawa, un físico que se licenció al mismo tiempo que aquél- que hace muy refrescante su lectura. Y pudiera parecer que ahí se acaba la gracia de “La devoción del sospechoso X”; nada más lejos de la realidad.

Porque, al margen de la trama y de la bien llevada narración (se agradece que no sea un típico procedimental policiaco con escenas estomagantes y violentas; no hay nada de eso, y sí, en cambio, mucho trabajo intelectual, bastante conversación y un sosiego y una contemplación a la hora de hacer las cosas que se llegan a echar de menos en la vida real; si en Japón las cosas se hacen así, dan ganas de cambiarse de país), la novela nos ofrece un par de personajes que invitan a la reflexión. El principal de ellos es el propio Ishigami, que no sabemos muy bien -ni sabremos al final; yo, por lo menos, no- si si héroe o villano; quizá porque en la realidad nadie es ninguna de las dos cosas más que hasta cierto grado y siempre en forma mixta y confusa.

Ishigami es ese antihéroe que tanto abunda en la vida real. Un hombre anodino, que no destaca de ninguna de las maneras. No destaca por su apariencia física -que él mismo ha considerado siempre algo marginal e indigno del menor interés; hasta que se enamora, claro está-, pero es que tampoco destaca por su intelecto, y eso que éste está por encima de casi todo lo imaginable; es, ya lo deja claro el narrador, un genio. Sin embargo, se nos informa enseguida de que es sólo profesor de instituto y, además, un profesor al que sus alumnos no tienen en ninguna consideración, pero es que tampoco los directores del centro: nos enteramos de que a nadie le importan sus clases de matemáticas y de que la dirección del instituto lo presiona para que apruebe a todos sus alumnos porque, en realidad, ¿para qué sirven las matemáticas? y, en última instancia, ¿para qué sirve tener unos conocimientos, una educación y una cultura? (esto último no lo dice explícitamente el libro, pero está claramente escrito entre líneas y puesto en boca de los estúpidos que rodean a Ishigami).

Ishigami vive, de acuerdo con su salario y el punto hasta el cual ha medrado en la vida, en un informe bloque de apartamentos como otro cualquiera en Tokio. Vive solo y vemos que no tiene amigos; tan sólo Yukawa, que reaparece en su vida tras muchos años de no saber nada el uno del otro, y con el cual le une una relación que es más de mutua admiración que de auténtica amistad; se trata de dos hombres forzosamente aislados de la sociedad, el uno en mayor medida que el otro, debido a su superior intelecto, inalcanzable para el resto de la gente.

Ishigami -y también su amigo físico Yukawa- es un hombre solitario que sólo tardíamente descubre y experimenta por primera vez el amor por otra persona y, junto con ese sentimiento, llega a comprender el sentido del arte, de la persecución de la belleza estética y sensorial, de la literatura. Y, a la par que esa comprensión plena del amor -que sólo se puede lograr a través de la experiencia en primera persona de ese sentimiento-, Ishigami alcanza otro estadio paralelo a aquél: comprende plenamente el valor de lo que uno es capaz de hacer por amor. Trasciende el valor sentimental y aparente del que usualmente se reviste todo lo relativo al amor y se da cuenta -sin necesitar reflexión consciente alguna al respecto- de que el amor consiste en hechos, no en palabras ni siquiera en gestos.

Pero lo más importante que nos enseña Ishigami no es ni siquiera eso -de verdad, hace falta leer la novela para darse cuenta de hasta qué punto Ishigami predica con el ejemplo-, sino otra cosa:

El domingo era el día más feliz. Si abría la ventana de la cocina, podía oírlas hablando. No discernía lo que decían, pero sus suaves voces entrando en el apartamento arrastradas por el aire eran para él la mejor de las sinfonías. No aspiraba en absoluto a llegar a nada con ellas. Siempre supo que ni siquiera debía intentarlo. Comprendió que era lo mismo que le ocurría con las matemáticas: el mero hecho de relacionarse con algo tan elevado proporcionaba felicidad. Intentar obtener prestigio dañaba la dignidad.

Ahí está.

Y aún hay más.

Ishigami es, a lo largo de toda la novela y de principio a fin, una figura solitaria. Pero es, en todo momento, libre. No es alguien que nos mueva a compasión, y eso a pesar de que su amada no le corresponde. En realidad, en ningún momento él expresa anhelos de ser correspondido, ni se lamenta por no serlo. Fiel a su lógica interna y a la realización del sentimiento amoroso, es feliz simplemente relacionándose con su amada.

Ishigami es un personaje al que constantemente vemos profesando amor y moviéndose por amor. Ama a una mujer, ama las matemáticas, es lo mismo; el sentimiento es el mismo, la belleza que lo embarga y lo obnubila es la misma, la emoción en nombre de la cual actúa con abnegación, sacrificio y una generosidad ilimitada es la misma en ambos casos. Y lo que hace lo hace porque lo ha elegido libremente.

La libertad que personifica Ishigami -aprobemos sus acciones o no, ésa es otra cuestión- se manifiesta finalmente como libertad última, la misma de la que gozamos todos.

Aunque no pudiera ver nada, aunque no pudiera oír nada, nadie podría impedir que su cerebro siguiera funcionando. Ése era su paraíso infinito.

Muy pocas personas son sin embargo capaces de reconocer la existencia de ese “paraíso infinito” con cuya potencialidad nacemos todos.

Y el mundo en que vivimos no nos facilita la tarea.

Imaginémonos cómo cambiaría todo (TODO) si al menos una mayoría de los seres humanos vivos en cualquier momento dado se diera cuenta de la existencia de ese “paraíso infinito” que está al alcance de nuestra mano a lo largo de toda nuestra vida. Sin necesidad de hacer, llegar a ser, convertirse en, conseguir y, desde luego, pagar nada.

Sin pagar ni comprar nada. Nunca jamás.

Imaginémoslo.

Y, por absurdo que parezca, ¿no es cierto que, al mismo tiempo, todos sabemos que es verdad?

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La tierra con nieve encima, el aire seco y frío, tu reino

Donde puedes reinar de ahora en adelante, donde siempre has podido reinar, sin saberlo.

El aire vacío, que no pesa;

la nieve pura, la tierra debajo, nada más.

La tierra que siempre estuvo ahí, aquí, bajo tus pies.

El espacio sin tiempo, el jardín que nunca envejece.

El lugar donde los recuerdos cristalizan y cuelgan de las ramas de los árboles

siempre jóvenes.

No hay nada más.

Por encima de la nieve, el cielo azul

y nada más ahí fuera.

Nunca hubo nada más

que un gran azul por encima de todas las cosas

incluso por encima de la nieve que cruje bajo tus pies y no da frío ni hiela.

La nieve como arena con la que construyes un castillo.

Y las yemas de las flores, siempre verdes, protegidas por su abrazo

esperando a salir,

en un tiempo sin minutos, sin horas, sin años.

Tu imperio.

Siempre fue así,

sin pensar, sin necesitar más, esperando nada, estando aquí.

En tu reino de cristal,

con muñecos de nieve tocados con sombrero

y gloria de las nieves, acónitos de invierno, galantos e iris

y ya saliendo las primeras campanillas de primavera

en tu mundo de puro cielo, de vernal invierno.

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Uno se cayó desde lo alto y fue recogido por un tubo de rayos catódicos;

una se cayó desde lo alto y amortiguó su caída un lecho de páginas escritas con tinta.

Uno se despeñó y pensó que no habría nada más, pero había todo un mundo allá abajo.

Poblado por seres de menor densidad atómica que él mismo, con nombres de fantasía.

Huerfanitas atribuladas, habitantes solitarios de islas paradisiacas, médicos exiliados allende los mares,

agentes con muchísimos secretos, modelos de fama internacional, niños en sketches surrealistas.

Si piensas que eso es triste, si lo miras por encima del hombro, quizá te parezca todo eso un imposible,

el consuelo de los tontos, el escapismo de adultos descerebrados.

Si piensas que es imposible, contempla las alternativas:

un hombre que bebe 14 botellas de alcohol al día,

una exmodelo cocainómana,

una cleptómana de la alta sociedad,

hombres y mujeres que parecen muñecas hinchables,

gente que gasta demasiado.

El mundo te dice “Demasiado largo, no tengo tiempo para leerte”;

el mundo te dice “Dime algo breve que pueda recordar”;

el mundo te dice “Agota tus cinco minutos y lárgate”;

el mundo te dice “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”,

el mundo te dice “Si no eres hermoso, no me sirves”;

el mundo te dice “Lo que a ti te apetezca está bien”.

La alternativa es una marquesina de plástico en una calle vacía.

Y, sí: es de noche y está lloviendo mucho.

Y ahí estás tú.

Oyes las gotas chocar contra el techo endeble,

ningún coche viene a rescatarte, sólo te tienes a ti mismo y tus pies.

La alternativa es entonces echar a andar.

Y ahí estás tú.

El suelo avanza bajo tus pies.

Sigues caminando, sigues siendo tú.

Sigues siendo tú y no es porque lo diga un anuncio.

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wrong on the Internet

(“¿Vienes a la cama?” “No puedo. Esto es importante”. “¿El qué?” “Alguien en Internet no tiene razón.”)

Quien ha tenido una identidad en Internet, una cuenta, un perfil, quien ha participado en un foro o en un hilo de comentarios lo ha hecho. En suma,

Conexión a Internet + una opinión + posibilidad y voluntad de expresarla = ramalazo de Correctivitis

y casi todos somos culpables de eso.

Porque tener una opinión y creer estar en lo cierto son la misma cosa. Y, cuando nos creemos/sabemos en lo cierto, sentimos la tentación de corregir generosamente a quien sostiene la opinión contraria -es decir, a quien está equivocado y no tiene reparos en pregonarlo.

Tener una opinión o pensar de determinada manera implica siempre una potencial sensación de superioridad. Exponemos nuestro punto de vista y no concebimos cómo puede nadie resistirse a esos argumentos, sean racionales o emocionales. ¿Cómo es posible estar en desacuerdo? ¿Cómo es posible no ver lo que es paladino?

Súmese a eso el factor Internet. De la misma forma en que podemos sobreoír una opinión claramente equivocada en un bar y nos resbala, de alguna forma, en Internet esa misma opinión puede llegar a sublevarnos. ¿Por qué? Quizá es porque nos sublevamos contra unas palabras escritas en una pantalla. No hay persona alguna detrás; todo lo más, un nombre o un alias, un desvaído icono que no representa a una persona a la que nos podamos referir. Y proyectamos en esas palabras, en esos argumentos, quizá el semblante y el tono de alguien que está intentando sermonearnos con lo que él cree -equivocadamente- que es la verdad. Como si fuéramos unos inconscientes, unos negados o unos estúpidos, o, cuando menos, unos cegatos incapaces de ver la verdad.

En otras palabras: es imposible empatizar con algo que es pura máquina, pura frialdad. Por eso los foros de Internet, de cualquier índole, están llenos de comentarios de tono pedantesco o de superioridad, cuando no de abierta mala educación; de afán pedagógico permeado de mala leche; en los foros de peor ralea, de insultos y alusiones a la familia del otro, aunque no se sepa quién es; de réplicas cortantes; de sarcasmo, de competencia, de soberbia que no se quiere disimular; de actitudes de listillo y niño repipi de la clase.

Los foros de Internet están llenos de gente que quizá, seguro, en su mayor parte es, en su vida cotidiana, perfectamente afable, educada y seguramente sosegada, pero que cuando se pone el disfraz de su alter ego internáutico e inicia sesión en un foro cualquiera, se convierte en un perfecto imbécil o, al menos, en alguien que nadie en su sano juicio querría conocer. Llenos de personajes virtuales, de avatares que son la versión amargada, cabreada, repolluda, insoportable o todo junto de una persona que realmente no es así, porque es imposible que la mayoría de la población mundial sea así y este planeta no haya explotado ya. Y no lo digo yo: hay estudios que han concluido que los foros de Internet son lugares llenos de ira, y que ése es el sentimiento prevalente en tales plazas virtuales -a diferencia de las reales, gracias al Cielo.

A pesar de mi escepticismo antropológico, quiero pensar que la mayoría de la gente, internautas habituales incluidos, es educada, considerada, amable, inasequible a perder los nervios a la primera de cambio, respetuosa con las opiniones ajenas -por equivocadas que sean- y mucho más pasota de lo que creemos. (Es necesario ser pasota para vivir una vida larga y, a poder ser, provechosa; es que si no, el cerebro de uno no lo aguanta).

Hay una mujer a quien unos crueles compañeros de clase pusieron el apelativo de “La mujer más fea del mundo” (¡mentira!). Se llama Lizzie Velasquez y es conferenciante motivacional. Vi una de sus charlas por Youtube. La idea más importante que expuso es, a mi juicio, ésta: cada uno debe preguntarse una cosa, y es “¿Qué me define?” Y responderla con sinceridad. Trato de recordar esa pregunta y qué me respondería a mí misma a cada momento. ¿Qué responderían las personas que pierden los papeles en Internet, y no paran mientes en que quizá sería mejor reprimirse a escribir lo que les está pasando por la cabeza? ¿Les gustaría verse identificados con esa persona eternamente cabreada, con aires de suficiencia y rijosa como un cierrabares con veinte tragos de más? Pienso que no.

Internet es un adelanto impresionante e imprescindible, pero quizá la sociedad en la que ha eclosionado no es lo bastante madura para saber utilizarlo con prudencia. Tal vez, cuando nos conectamos, nuestra edad mental se ve rebajada al menos una etapa o, según en quién, en dos. En general, somos unos adolescentes, cuando no unos niños buscándose las cosquillas los unos a los otros en el patio del colegio.

Hay otra hipótesis que dice que estar viendo la tele nos sume en un estado próximo a la imbecilidad clínica, y es posible que suceda algo parecido con Internet. Cierto, la actitud no es tan pasiva como cuando estamos en modo televidente, pero tampoco se nos exige poner en marcha la máquina de pensar más allá de unos límites perfectamente confortables. Al fin y al cabo, uno ejercita hasta donde quiere ejercitar su músculo cerebral. Y, ante lo que percibimos como una provocación, un trapo rojo, es fácil que saltemos como si alguien nos hubiera mentado la familia.

¿Qué hacer ante semejante panorama? Podemos optar por negarnos a leer más participaciones de lectores -a pesar de que, al menos sociológicamente hablando y, no pocas veces, también informativamente hablando, las aportaciones populares suelen ser lo más interesante de la pieza informativa; quizá ya se esté enseñando así en las facultades de periodismo-; o bien, seguramente lo más sensato, podemos optar por leerlas como quien lee un libro que ya está escrito. No me cabe duda de que, en el fondo, es así. Y cada uno tiene derecho a equivocarse de la manera que más le guste.

equivocado

 

(“Vale, equivócate. Quédate ahí en tu estado de equivocación y acostúmbrate a ello”.)

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Leyendo algunos reputados clásicos, uno a veces se pregunta por qué lo son. Sin duda e indefectiblemente, es porque alguien así lo ha dicho. Y uno sigue preguntándose el porqué. Dicen que algo tendrá el agua cuando la bendicen. ¿Será siempre así?

(Dado que el inglés y la cultura anglosajona son las dominantes en el mundo a día de hoy, no es tontería sospechar que las listas de “clásicos que debes leer antes de morir” están superinfladas por obras escritas en esa lengua; es decir, que el inglés y la cultura anglosajona están injusta y desequilibradamente sobrerrepresentadas en perjuicio de las demás lenguas cultas, incluso del francés, al que siempre se trata con especial deferencia.)

No voy a decir cuál es la obra tenida por clásica y de lectura obligada y necesaria (cuánto odio esos dos adjetivos cuando se aplican a la producción cultural, Dios) que más recientemente me ha producido esa sensación de decepción, pero sí diré que no he encontrado en ella ni una sola cualidad que no haya encontrado en al menos igual medida en obras tenidas por mediocres, despreciables o adocenadas. Ni una sola. Ni valores universales, ni mensaje moral especialmente digno de tenerse en cuenta, ni personajes inolvidables y únicos, ni siquiera una prosa particularmente bella. No lo llamo pérdida de tiempo porque, en efecto, ha sido una lectura igual a cualquiera otra de menos rimbombambo; pero igual, no superior. Ni por asomo.

En inglés, tienen un término: trashy. En este caso, trashy literature. ¿Literatura basura? Aquí entramos en un terreno muy personal: la basura de uno es el oro de otro, ¿no? De gustibus et coloribus non disputandum, y todo eso (y no “para gustos los colores” o “sobre gustos no hay nada escrito”, porque lo hay; de hecho, es de lo que más se escribe). ¿Qué es literatura basura? ¿Qué es algo trashy? ¿Leer y tirar, como si nos sonáramos la nariz con las hojas del libro-desecho en cuestión? Parece más bien algo como un placer culpable, algo que haces a hurtadillas, una y otra vez. Hay hasta recomendaciones de libros-basura (en inglés).

Si leer cierto tipo de libro es malo, culpable soy y no quiero cambiar.

Es que, a veces, tanta seriedad y tanta profundidad son emmmm… ¿malos para la salud? Lo que es yo, no sirvo para vivir a base de una dieta de literatura considerada de calidad, menos aún de clásicos. Sencillamente, acabaría friéndome el cerebro. Y no quiero ser la prueba viviente de que tal cosa puede suceder.

Entonces, a veces, uno va a la página web de Goodreads, donde la gente valora libros dándoles entre una y cinco estrellas y escribe sus críticas, y ve que hay autores que son calificados repetidamente y por muchas personas como trashy. Su escritura, aseguran, es trashy, “¡pero es taaaaan deliciosa!”, “es basura, pero me encanta”, etc.

Ahora estoy leyendo a V.C.Andrews. Quien no sepa quién fue esta autora y qué tipo de libros escribió se está perdiendo algo, cuando menos, interesante.

Y, bueno, me encanta. Creo que a todo el mundo le encanta. Le puede encantar como te encanta una comida demasiado sabrosa y poco nutritiva que te deja quizá hasta con ardor de estómago, pero vuelves a tomarla cuando tienes la oportunidad; o le puede encantar con total sinceridad y candor de espíritu. Yo creo que, para los lectores que entran en el segundo supuesto, es una cuestión de edad.

Es una autora como ninguna otra, a pesar de que hay muchas que escriben mejor y han producido libros mucho mejores. Da igual. Ella era única. Cultivaba el supermelodrama humano como nadie. Muchachas rubias de aspecto angelical y corazón inocente teniendo que sufrir todo tipo de adversidades a manos de parientes malvados y depravados, compañeras de internado, cónyuges con preocupantes impulsos e hijos que les salen sumamente inquietantes. No, describirlo no sirve para dar idea de cómo es su escritura. Hay que leerla para saberlo realmente.

Y, parafraseando a un personaje de otro autor trashy, como dicen que es Stephen King, “¡mierda en pote! ¡Me encanta!”.

Ahora bien; si alguien disfruta con un libro (estamos hablando de leer, algo que -dicen- siempre es bueno, independientemente del grado de bondad del libro), ¿a qué viene ese pequeño sentimiento de culpa o de desaprovechamiento del tiempo? (No por nada lo llaman “placer culpable”). ¿No estamos quizá demasiado mediatizados por… en fin, por las opiniones autorizadas, por el mundo que nos rodea? Seguramente porque todo lo que hacemos, todas nuestras elecciones, dicen -o eso creemos- algo de nosotros, a tenor de lo cual seremos -eso creemos- juzgados.

No nos damos cuenta de que el tiempo es oro, ni de algo mucho más prosaico y quizá más práctico: cada uno está demasiado ocupado en sí mismo para fijarse en cómo ejecuta el de al lado el baile.

Además, y porque no me gusta que me toquen a mis autores, ¿hay muchos escritores que hayan descrito los efectos de la mala educación y de la desestructuración familiar de forma más impactante y a la vez más respetuosa con sus víctimas que V.C. Andrews? ¿O muchos autores más ingeniosos y con una prosa más hipnótica que Agatha Christie? ¿O mejores narradores de historias que el ya mencionado Stephen King? (Juro que no puedo imaginarme a muchos escritores en la piel del ancestral cuentacuentos alrededor del cual se reunían nuestros antepasados de las tribus cavernarias; muchos aburrirían hasta a los dinosaurios; King es uno de los pocos a los que le va ese papel de maravilla) ¿Puede alguien, habiendo oído sin prejuicios “La milla verde” -que están echando ahora mismo en la tele-, decir que no cuenta algo trascendente, algo importante, algo profundamente humano y conmovedor?

No, no me gustó la trilogía de Millennium, pero admito que me la leí de cabo a rabo y que encontré en ella cosas interesantes (aunque ahora no me acuerde de ellas). Y no tengo intención de leer las 50 (ni las 150, porque también es trilogía) sombras de Grey (no es mi estilo, eso es todo), pero Dios me libre de juzgar a quien lo hace y le gusta. Porque podría ser yo y, de hecho, en gran medida, lo soy.

Toda obra literaria es un cuento fundamentalmente narrado, pues la literatura no es otra cosa que la transcripción de historias que eran, en su origen, historias orales y que fueron transmitidas oralmente. En el momento en que una historia no suena bien, es que no está bien escrita. Puede constituir una bella pieza de prosa, pero eso es algo diferente.

(Vuelvo a decirlo: quien no haya leído a V.C. Andrews debería dejar de desperdiciar su tiempo y hacerlo ya).

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Un niño muy pequeño, en la playa, hace figuritas de arena

con moldes de muchos colores hace un pez, una estrella, un hipocampo:

está haciendo nada.

Una niña con diadema, en su cuarto, corta pan con chocolate en trocitos diminutos,

hace cuadraditos y los pone en un plato para sus muñecas:

está haciendo nada.

Un niñito rubio ha llenado de agua el lavabo, agita el agua creando oleaje,

un pato amarillo y un barquito con marinero navegan, cruzándose a ratos:

está haciendo nada.

Esa otra niña, sentada en el parque, lee otra vez su cuento favorito

mientras lentamente el sol flota entre las hojas del tilo y perfuma la tarde de verano:

está haciendo nada.

Viene alguien, llama a la puerta: “¿Qué haces?”

“Nada”, contestan ellos.

Alguien se va y continúa con lo que estaba haciendo:

está haciendo algo importante, está haciendo cosas.

Lo dejará sólo cuando haya terminado, cuando el reloj dé la hora apropiada.

No es cosa de perder el tiempo, no es cuestión de dejarlo para mañana.

Siempre hay que hacer algo, y hay tanto que hacer…

Esos niños lo aprenderán cuando crezcan, desaprenderán lo que saben.

Pero mientras tanto, muchos niños haciendo nada habrán movido el mundo

mientras muchos álguienes importantes hacían cosas importantes.

Muchos niños deslizándose por la vida, haciendo vida

mientras hacían nada.

Hasta que se hicieron mayores.

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“Desafío total” y los límites de la evasión

Hay dos películas con el título “Desafío total”: una de 1990, protagonizada por Arnold Schwarzenegger, y otra de 2012, ídem por Colin Farrell. Y hay un relato de Philip K. Dick en que se basan ambas.

En “Desafío total” estamos ante un futuro totalmente distópico -qué raro-, a finales de siglo. A pesar de todos los avances tecnológicos, vemos que en esa época aún muy distante sigue habiendo viviendas insalubres, goteras, distinción de clases y prostitución, que la gente sigue trabajando en cadenas de montaje por una miseria de paga y que irse al bar para beber y olvidar sigue siendo un pasatiempo de enorme popularidad (a lo mejor por todo lo antedicho). En ese futuro tan igual al presente vive un tal Doug (he olvidado su apellido), que es un don nadie entre miles de millones de don nadies como pueblan la Tierra, pero pese a ello es nuestro protagonista y el espejo en el que nos vamos a mirar, porque en ese tiempo final del siglo XXI hay un invento que se llama Recuerdo Total (en traducción libre de mi cosecha) y que promete a la gente inyectarle en la mente recuerdos falsos acerca de una historia ficticia elegida por el cliente en cuestión.

Doug se siente tentado a utilizar los servicios de Recuerdo Total. Un compañero de trabajo intenta disuadirlo, diciéndole que no se debe jugar con la mente. Pero, finalmente, la tentación puede más y, una noche, Doug entra en un tal local, solicita el servicio en cuestión y se sienta en una especie de silla eléctrica, que es donde le administrarán la droga o el producto cuasimágico que le inyectará recuerdos fabricados ad hoc, basados en cualquier historia ficticia que él quiera. La única condición es que los elementos de la historia deben ser totalmente ficticios; no puede introducir nada de su vida real. Eso acarrearía indeseadas, por terribles, consecuencias.

Desafío Total (2012)

El hecho de que la película lleve por título el nombre de este artificio ya da idea de que, en efecto, jugar con la mente le va a traer quebraderos de cabeza insospechados a Doug. Lo que sigue es una entretenida, aunque a ratos rocambolesca y a ratos ridícula aventura que ahora mismo no hace al caso. Pero, al final, como es casi de obligado cumplimiento en casi cualquier película de ciencia-ficción que se precie, colea la pretendida ambigüedad que cada espectador debe resolver a su manera: ¿ha sido todo lo que hemos visto real, o Doug sigue sentado en su trono de Recuerdo Total, perdido en la ensoñación fabricada por sus proveedores?

Dicen que las dos versiones cinematográficas distan entre sí mucho en términos de calidad. Como no he visto ambas, me abstengo de comentar al respecto porque, además, lo que me interesa lo reflejan ambas por igual, y es que más importante que el desenlace y, por supuesto, que la farragosa peripecia intermedia de nuestro protagonista es cómo y por qué se ha visto metido en ella: por puro afán de evasión.

En un futuro en el que los males y las bendiciones siguen siendo prácticamente los mismos que conocemos a día de hoy y también idénticos a los que siempre ha habido en el seno de cualquier civilización -el dominio de algunos hombres sobre otros y la explotación de los segundos a manos de los primeros; el recurso a distracciones que se agotan en sí mismas, sí, pero que proporcionan un placer instantáneo, aliviador y muy legítimo; y la incapacidad del hombre para encontrar sentido a la vida o, en su defecto, para proporcionarle él algún sentido a su vida particular-, en ese mundo futuro imaginado por Philip K. Dick, el atractivo del olvido sigue siendo exactamente tan poderoso como siempre, y es lo que impide a Doug utilizar su buen juicio. De inmediato intuimos que todo eso de Recuerdo Total va a traer problemas, y que además, está mal. Está inherentemente mal y lo sabemos. Sin embargo, si nos dieran la oportunidad de experimentarlo, ¿qué haríamos? Quizá sucumbiríamos ante lo fácil que sería y lo bien que nos lo haría pasar. Pensaríamos que qué hay de malo en evadirnos un rato; si es a base de una mentira, ¿qué más da?

Pero más interesante aún que todo eso es la intuición que tenemos, muy fuerte, de que es algo que está mal. No sabemos decir por qué y, de hecho, en la historia no se nos da ninguna indicación de que sea algo malo. Dos personajes de la película hacen sendos alegatos, a favor y en contra de Recuerdo Total: uno dice que mejor alejarnos de él porque con esas cosas no se juega, el otro dice que lo probó y ahí sigue, igual que antes, y no se ha arrepentido. Nosotros sabemos que tiene razón el que recomienda abstenerse, pero también, al mismo tiempo, comprendemos a Doug. Porque también sabemos el peso que puede tener una vida carente de alicientes y todos hemos oído a alguien que decía, ante cualquier pequeña o gran tentación para evadirnos por un momento utilizando medios que usualmente no son tenidos por recomendables -fumarnos un porro, emborracharnos, embarcarnos en alguna actividad de alto riesgo y mucha adrenalina, etc.-, “¿por qué no?”, o “por una vez no va a pasar nada”, “todo el mundo lo ha hecho alguna vez”…

Y a pesar de todo, sabemos que Recuerdo Total está mal y que le va a traer problemas a Doug.

La historia, además de un psicodrama sobre un hombre a la búsqueda de su propia identidad -lo cual daría para otra reflexión, pero, al final, casi todas las películas son en el fondo psicodramas de un hombre en busca de su identidad, porque de eso se trata la vida, en gran medida-, es una pequeña interrogante sin responder sobre la licitud intrínseca de los placeres aparentes del escapismo.

En otras palabras: ¿nos es lícito adoptar cualquier postura que nos garantice algo de evasión, con la única condición de que no haga daño a nadie más que, posiblemente, a nosotros mismos? ¿Es cierto eso de que “no pasa nada” y de que “es mi vida y hago lo que quiero con ella”? ¿Dónde está el límite, si es que está en algún lugar? Y si está y no es una imaginación nuestra, ¿es un límite que establecemos por convención social libremente acordada entre todos, o es algo más profundo y más intuitivo que todo eso?

Y, por extensión y si contestamos que el límite está inscrito en alguna parte de nosotros mismos, desde que nacemos, y la intuición nos avisa de ello siempre y sin defecto, ¿no podríamos extender esa capacidad de saber de forma natural e instantánea, no basada en información del exterior, a todo lo demás?

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En la tarde de otoño, los sonidos caían, lentos y perfectos como gotas.

D… da… ar…

Vi… as… mas…

Nadie podrá saber ya qué encantamiento fue;

quizá como oír una canción en un idioma nuevo,

o los cascabeles reír en el cuello del gentil ciervo al llegar al refugio de invierno.

Quizá fue más como un aroma: el pastel de pasas recién hecho,

el chocolate caliente, la lluvia enfriando la tierra morena;

o tal vez el regalo del descanso tras las fatigas que te aguardaban venideras.

Nadie lo sabrá nunca, pero así fue.

Así empezó aquella cadena de rosas:

con sonidos que formaban palabras, y palabras que formaron luego un mundo

perfecto

en el que poder vivir para siempre.

Sonidos que crean sentido, la belleza de un misterio que no tuvo principio ni tendrá fin,

que es como la cuerda de un arpa que hay que saber tañer, cada uno en su momento,

o como el susurro del bosque en medio de la noche;

el juglar ciego cuenta eternamente su historia, va dejando caer las gotas de los sonidos

que unos pocos recogen pacientemente con la palma de la mano abierta, hacia arriba.

a veces tambaleándose, casi siempre a oscuras,

pero, al final, aunque sea sólo a ratos,

escuchando, comprendiendo.

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