“La ventana indiscreta”, un análisis

¿Qué tal tu mujer?, le pregunta el personaje de James Stewart al de Wendell Corey, su escéptico amigo, cuando él mira con ojos de cordero degollado -y lujurioso- a la bailarina que vive enfrente. “Bien, muy bien”, responde él, sintiéndose pillado como un escolar y adoptando una expresión anodina.

Él tiene sus ideas y yo tengo las mías, pero ni un solo día hemos dejado de querernos, le dice a James Stewart en otro momento de la película el personaje de su asistente, Thelma Ritter, quien, además, repetidas veces lo insta a que se case con esa novia tan guapa, elegante, hogareña, servicial y sumamente perfecta con la que él, sin embargo, no acaba de sentir lo que hay que sentir.

Quien no tiene ya esos dilemas es el viajante, Lars Thorwald, otro vecino, porque ha matado a la pesada de su mujer, que le hacía la vida imposible, y ha enterrado los pedazos de su cadáver por ¿toda la ciudad? ¿partes del jardín comunitario? Da igual; el caso es que el hombre, por primera vez en muchos años -quizá, en toda su vida- es feliz. No ha ganado dinero ni estatus, ni tampoco libertad para verse con ninguna querida (¿y quién quiere una querida? ¿Otra mujer? ¡No, gracias!); sigue viviendo en el mismo piso cutre de clase media de Nueva York, y teniendo el mismo trabajo de representante de una empresa de tomavistas, frigoríficos, equipos de aire acondicionado o lo que sea, pero ¡qué bien se está en ese sofá, y qué nuevo le parece, a pesar de lo desvencijado que está, simplemente estando ahí despatarrado fumándose un cigarrillo, después de años de no poder hacerlo tranquilamente porque la parienta estaba erre que erre con que apágalo y no me llenes la casa de humo!

La pobre Señorita Corazón Solitario no sabe bien a qué se está exponiendo, ni la que le puede venir encima si finalmente consigue aquello que tanto ha perseguido: un marido decente, dejar esas cenas de acompañante imaginario -y, sobre todo, esas salidas nocturnas que la otra vez casi acaban con un asalto por parte de un desaprensivo, ¡y en el sofá de su propia casa, nada menos!- y ser feliz para siempre jamás. Tampoco lo sabe bien quizás el compositor de esa música tan bonita al que ha empezado a ver más frecuentemente a raíz del esclarecimiento del horrible asesinato con descuartizamiento que ha habido en el vecindario.

Señorita Corazón Solitario

Quien sí lo sabía todo y a pesar de ello se ha tirado a la piscina es el aguerrido fotógrafo, que ha viajado por todo el mundo y, de no tenerlas todas consigo con respecto a su bella y glamurosa novia, ha pasado a rendirse a sus pies. Ahora, él está feliz; emasculado, con las dos piernas escayoladas, y castigado mirando cara a la pared y no a la ventana, como a él le gusta, pero feliz, vigilado atentamente por su ahora esposa, Lisa, que lee Harper’s Bazaar mientras se relame de gusto porque ya ha conseguido llevárselo al huerto. (Miren ustedes la secuencia final de la película y no me digan que no se relame de gusto).

Lisa (

Lisa no se ha interesado nunca por la pareja de recién casados del edificio de enfrente. Si lo hubiera hecho, habría visto la evolución de esa pareja, como la vio el personaje de James Stewart (Jeff): de buscar la intimidad a cada momento para hacerse arrumacos y darse besitos todo el rato, a la vida matrimonial rutinaria y estable, con unos cuantos “¡Haaaarrryyy!” por parte de ella cuando necesita algo de él, a lo que él responde, no sin antes esbozar una inevitable mueca de contrariedad. ¿Acabarán los señores Jeff como esa pareja?

Los recién casados

Peor aún: ¿y si acaban como los Thorwald? Aunque también pueden acabar como Stella (Thelma Ritter) y su marido, que siguen felizmente juntos (importante lo de “felizmente”) a pesar de sus consabidas diferencias. O como la pareja que, en las noches de calor, duerme en el balcón, ama a su perrito y se lleva -parece ser- de maravilla, aunque no se les ve hablar ni hacer juntos otra cosa que no sea dormir, huir del chaparrón cuando éste se desata o lamentarse de la muerte de su perrito (hasta que se compran uno nuevo: el vivo, al bollo): no parecen muy apasionados, pero tampoco aburridos el uno del otro.

el matrimonio

Y hasta pueden llegar a cultivar una buena amistad con la señorita Torso y su amado, el soldadito que ha vuelto de permiso; ella sí que sabe lo que es el amor verdadero y seguir su corazón, después de haber sido la reina del baile y haber coqueteado con varios acaudalados y guapos pretendientes.

Señorita Torso

En la secuencia final de “La ventana indiscreta” está la condensación de todas esas historias, y también está esa pregunta abierta, lanzada a la cara de los espectadores con la mala leche que le era tan connatural y tan querida a Alfred Hitchcock: ¿es el principio de una convivencia feliz, o están los dos encarrilados para un desastre seguro, y son todavía en este momento felizmente inconscientes de ello?

La mala baba de nuestro querido director va más allá: en todas las historias de parejas que nos ha ido presentando a través del voyeurismo de Jeff -están ahí todas las variedades de parejas; tanto, que incluso hay no-parejas, como en el caso de la Señorita Corazón Solitario o en el de la artista que está “casada con su escultura”, hasta que decide dejarlo y disfrutar de la vida, con dos- está el germen de lo que puede ser la vida de pareja del espectador. Hitchcock le sirve en bandeja la pregunta, si él se atreve a tomarla: ¿cuál es tu historia, espectador? ¿En qué apartamento vives tú? ¿O tal vez estás haciendo un recorrido por varios de ellos? Tal vez hayas sido como uno de esos novios apasionados y ahora seas la mitad de esa pareja aburrida -aunque conforme con su vida-, o hayas dejado pasar demasiado tiempo y hayas idealizado el amor, como la Señorita Corazón Solitario. En cualquier caso, por favor, no seas como Thorwald, que mira cómo acabó. ¡Con lo fácil que es divorciarse y cada uno por su lado!

Los Thorwald

Quizá “La ventana indiscreta” fuera en su día una obra maestra del suspense, pero, vista con los ojos de hoy, y sin mitificaciones, se da uno fácilmente cuenta de que el suspense ocupa una parte muy pequeña -y de intensidad decreciente- del metraje. En cambio, la sorna pesimista y pelín bastante misógina de Hitchcock sigue conservando todo el mordiente del primer día, pues “La ventana indiscreta” es una buena y desencantada reflexión sobre la vida en pareja y las diversas formas en que la gente busca -y, a veces, hasta encuentra- a su media naranja. Los modelos de relación que nos muestra Hitchcock siguen vigentes y prácticamente abarcan todo el espectro. Mediante su mirada de metomentodo cotilla, el soltero Jeff -que no es tan joven como su asistente personal afirma al principio- tiene la suerte de acceder, de antemano, a todas las posibles conclusiones de su propia historia, y puede así tomar lo que hoy en día se llama “una decisión bien informada”. Pero no es tan pasivo como nos pueda parecer: se aprovecha del carácter sumiso de su novia para enviarla a misiones que acaban siendo casi suicidas, ergo la pone a prueba, y sólo cuando ella supera esa prueba -casi siendo asesinada en el proceso- recibe el visto bueno como candidata a esposa. En cambio, irónicamente, ella piensa que ha sido al revés: ha sido ella quien lo ha “cazado”. Y, bueno, no estamos seguros de cómo ha sido en realidad. El final está abierto, como esa ventana por donde el curiosón espiaba a todo Cristo.

¿Cómo acabaría esa pareja? ¿Qué creen ustedes?

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