Tolstaia

Hace poco que he leído “Guerra y paz”.

Los libros, en general, son una grandísima cosa y sirven de mucho, pero no para hacernos más inteligentes, más sabios ni mejores personas. Esto lo sé por observación empírica del sujeto que tengo más a mano, es decir, yo misma. Como sujeto lector, no percibo ni he percibido jamás ningún cambio en mi persona por haber leído ningún libro. Sí me han hecho más culta y han extendido mi conocimiento de la lengua, entre otras cosas; no me han cambiado ni mejorado como persona. No creo que puedan hacer eso por ninguna persona pasada, presente o futura.

Eso, para empezar. Una gran obra literaria -o, por extensión, podemos decir una gran obra de cualquier modalidad del arte- puede conmovernos, aumentar nuestros conocimientos, emocionarnos, hacernos pensar durante un rato, distraernos, divertirnos, hacernos olvidar por un rato nuestra realidad, pero no nos hace mejores personas ni más valiosas, en ningún sentido.

Habiendo dicho esto, “Guerra y paz” merece, sin duda, la consideración de que goza de obra mayúscula de la literatura universal; para mí, en mi experiencia lectora hasta el momento, figuraría justo detrás de la joya absoluta, que es “Don Quijote” y que es, para mí, no sólo La Novela mayor producida jamás por la humanidad, sino La Obra Literaria suprema, pues contiene las mayores cantidades de, y auna mejor que ninguna otra, sabiduría y entretenimiento por igual. Si hay alguna lectura en el mundo que esté muy cerca de suponer un antes y un después en la vida de cualquier lector, ésa es “Don Quijote”.

Pero estamos hablando de “Guerra y paz” y ésta, para mí, ocuparía un dignísimo segundo puesto.

Hay quien dice que, siguiendo la polivalencia que, parece ser, es característica de la lengua rusa, la palabra que significa “Paz” también puede traducirse como “Tierra”, lo cual, habiendo leído la obra, parece encerrar gran lógica también, porque Tolstoi se ocupa mucho en ella de la tierra rusa, y alienta valores patrióticos, no siempre de forma explícita. Sin embargo, parece que el propio autor eligió la traducción como “Paz”. Y parece algo acertado.

En “Guerra y paz” hay una constante alternancia de esos dos estados: uno de guerra, tormentoso, desordenado, y otro de paz. Hay alternancia de episodios protagonizados por las familias de las que Tolstoi se ocupa: los príncipes y condes y sus progenies, los bailes de salón con sus intrigas, las historias de amor, la vida urbana, los negocios de los personajes, sus reflexiones, sus conversaciones de tarde de domingo tomando té recién hecho en el samovar. En fin, esas cosas. Y luego, está el campo de batalla, la guerra napoleónica y la invasión de Napoleón, cuyo objetivo es conquistar Moscú. Por un lado, está la paz y la guerra aparentes; pero más profundamente y de forma más marcada en esta obra, existe la alternancia entre estados de paz y estados de guerra o de turbación interna de los personajes (por cierto, que la palabra “turbación” y todas sus variantes se utilizan con inusitada frecuencia), que han de resolverse necesariamente, y que siempre se resuelven en el sentido de la paz, aunque de diferentes formas. Algunos personajes alcanzan la paz por medio de epifanías y experiencias decisivas que los cambian, los transforman; otros sólo la conocen cuando están a las puertas de la muerte, y ese estado los hace relativizar todo cuanto han vivido y abrazar la paz absoluta; los hay tan inicuos o de naturaleza tan baja, que sólo pueden aspirar a la paz que da la muerte, sin haber conocido paz alguna antes ni por medio del enfrentamiento con su propia inminente desaparición; otros hallan la paz de la fe y del abandono en brazos de las disposiciones inescrutables de Dios. Los hay, en fin, que también conocen la paz de la derrota, el fracaso de sus proyectos vitales y la impuesta, necesaria resignación a perderlo todo. Y los hay que son pacíficos por naturaleza y poseen una sabiduría, una templanza y un sosiego interiores que Tolstoi no explica cómo han alcanzado en el momento en que introduce a esos personajes en la novela.

También Rusia, de una forma o de otra, alcanza la paz tras la turbulencia de la invasión.

La paz se nos muestra aquí, pues, como algo casi inexorable. Tolstoi apoya la idea de la fatalidad: la guerra no ha sucedido por voluntad de Napoleón ni del zar Alejandro I, como afirman la mayoría de los historiadores, sino por la fatalidad, el destino, la voluntad de Dios o la inexorabilidad. No queda claro realmente por qué; puede que por millones de voluntades individuales de individuos de diversos pueblos que se mueven por fuerza de esa voluntad personal y acaban dando lugar a acontecimientos históricos, tan graves como una guerra, una invasión o el incendio de una gran ciudad, por ejemplo. Sin embargo, el mensaje último de “Guerra y paz” no puede ser sino optimista: pase lo que pase, todo desemboca en la paz, y ésta depende tan poco de los gobernantes como la guerra.

La alternancia entre escenas de corte histórico y escenas más intimistas es constante en toda la novela, y funciona como un mecanismo de relojería. Parecería que el relato histórico elevase esta novela por encima de otras; sin embargo, es a mi juicio la parte de ficción, centrada en los personajes inventados por Tolstoi y dinamizada por ellos, la más poderosa de la novela. Es en los diálogos, en las escenas domésticas, en el intercambio de pareceres, donde realmente se nos muestra la filosofía de Tolstoi. Sean verosímiles o no, las epifanías que sufren los personajes de Tolstoi, sus reflexiones en noches de insomnio, su búsqueda de sí mismos -en un mundo que, en el fondo, no es diferente del nuestro-, sus indagaciones en diversos sistemas de creencias, su entrega a causas que parecen perdidas -o no-, todos esos sucesos tan íntimos son los que hacen grande a “Guerra y paz” y la hacen verdaderamente memorable. El príncipe Andrey Bolkonsky, la condesa Natasha, el conde Pierre Bezujov, pero también Nikolai, los condes Rostov, Sonia, Petia, el anciano Bolkonsky, la princesa Maria… son personajes con los que todos nos podemos sentir identificados. Son, en suma, personas en busca de paz, aunque las circunstancias que los rodean nos parezcan a veces extrañas o lejanas a nosotros.

En “Guerra y paz” recordamos que la paz interior, la paz verdadera no se encuentra en lugares remotos, ni es necesario para hallarla hacer cosas extraordinarias que no están a nuestro alcance. Por ejemplo, vemos cómo un hombre se sume en un momento de paz -de nirvana, podríamos decir- en medio del fragor de la batalla. Ve el cielo encima de todos ellos, ve la pequeñez de los hombres -incluido Napoleón- y se rinde, se abandona, es capaz -por primera vez, quizá- de ver la realidad auténtica de la vida. Otro hombre indaga, prueba diferentes caminos, se asocia a grupos guiados por los ideales que él sustenta, se entrega a los placeres que el dinero puede comprar, se casa, vive en soledad, es hecho prisionero… y es entonces cuando halla la paz. Quizá hoy nos suene ingenuo, pero no deja de ser toda una declaración de intenciones y todo un reto a la reflexión: quizá la paz no resida en despojarnos de toda comodidad material, pero tampoco en rodearnos de todas ellas.

Y a pesar de todo, los seres de Tolstoi no son perfectos, ni son siempre admirables o dignos de imitación. Después de una epifanía, pasan a un período de escepticismo o de aburrimiento vital; pasan por la cárcel, ven morir y matar a sus semejantes, y luego se casan, se aburguesan y se aburren con su mujer exactamente igual que un señor cualquiera de hoy en día.

En fin, la vida misma, como dijo Flaubert.

* * *

Y la segunda parte de este artículo comienza aquí.

Está claro que “Guerra y paz” me parece recomendable por muchos motivos. Ahora bien, no conozco la vida y obra de Tolstoi salvo a grandes brochazos; pero no deja de llamarme la atención que detrás de Tolstoi estuviera ella, la mujer que está detrás de todo gran hombre; en este caso, su mujer, Sofia Andreyevna Tolstaya.

He leído un poco acerca del matrimonio de Tolstoi y de su mujer a raíz de leer “Guerra y paz”, y se nos describe a Sofia Andreyevna como la mujer renacentista, una mujer de enormes y variados talentos que jamás llegaron a brillar para la posteridad, porque ella decidió dedicarse a su marido, la obra de su vida.

Leemos en un artículo de ABC firmado por Anna Caballé:

Una mujer de mediana edad, cabello recogido y facciones inteligentes, toma asiento cerca de la ventana, donde hay más luz, y escribe en su diario con gran rapidez. Se llama Sofía Andréievna Behrs y es hija de un médico de la corte del zar. Una mujer de acción a la que le gusta sentirse útil y sabe cómo hacerlo. Cuida de su numerosa prole (trece hijos pero dieciséis partos), da clases de música y alemán a los más pequeños, sabe coser, borda, pinta, toca el piano, patina, monta a caballo, copia (en ocasiones, como Anna Karénina , hasta siete veces) y edita los libros de su marido, controla las cuentas de la finca, atiende a la incesante corriente de invitados que siempre tiene la casa, da instrucciones a los criados, debe viajar a Moscú con frecuencia, lee y escribe. Pero, por encima de sus innumerables actividades, de la preocupación por todos sus hijos, esta mujer está pendiente de su marido todas las horas del día, con pasión no exenta de reproches.

Y en LNE, escribe Luis M. Alonso:

Muy temprano, a las cinco de la mañana de un 28 de octubre de 1910, Lev Nikolaievich Tolstói abandonó su casa dejando una nota de despedida para su mujer: «Entiéndelo y no intentes seguirme aunque sepas mi paradero». La noche antes, había escuchado cómo Sofia Andréievna Tolstaia (Behrs, de soltera) ponía patas arriba el estudio con el fin de encontrar el papel que probara la existencia de un testamento.

Continúa más adelante:

Tolstói era en los días que precedieron a su muerte un hombre cargado de contradicciones que sufría por culpa de los frecuentes dolores de muelas. Su relación con las mujeres nunca había dejado de ser tormentosa, y con el tiempo se convertiría en un anciano impermeable a los sentimientos familiares. Sus únicos ideales residían en el amor universal. A su esposa, que llevaba apuntado en un diario (…) las tortuosas relaciones con el escritor, León le dijo una vez que para escribir hacía falta estar inflamado de amor y que ese sentimiento ya no existía entre los dos y, por si esto fuera poco, añadió que la castidad y el celibato eran los dos objetivos de una vida cristiana. Sofia creyó morir de celos; fueron los celos los que mataron el matrimonio. «Me tortura con su frialdad», escribió. Llegó a perder el juicio, rompía cuadros, se pasaba días sin comer y sólo hubo momentos de paz cuando la pareja cumplió 48 años casada. Sin embargo, no duró mucho. Enloquecida por la sospecha de que el mujik de largas barbas que tenía por marido, además de despreciarla, la había desheredado, le disparó tres veces en la sien con una pistola de fogueo. Ella misma pensó en pegarse un tiro. Hay quienes entienden la desazón y disculpan su histeria: había sido su secretaria más entregada al trabajo durante los cinco años en que escribió «Guerra y paz» (1863-1868), su enfermera y una máquina de parir, con trece embarazos. La escritora Rebeca West la comprende. Según ella, Tolstói era un monstruo que se había ganado el desprecio del mundo. Doris Lessing la considera una «heroína trágica» de su tiempo.

Probablemente Tolstói no se encontrase cómodo, sin escribir, en Yasnaia Poliana, rodeado de discípulos y «ahijados», incapaz de enfrentarse a su mujer y a sus hijos cada vez que la idea del divorcio le rondaba por la cabeza. Pero lo que más le molestaba era la paranoia de Sofia Andréievna acerca del testamento que quería modificar a su favor perturbada por las más terribles sospechas de que Chertkov, el acólito de Tolstói, era el espíritu maligno que, además de arrebatarle el amor de su marido, pretendía quitarles a sus hijos el pan de la boca. El caso es que el hastío conyugal llevó al escritor a tomar la decisión de abandonar la casa donde había nacido, para no regresar. Después confesaría a su hija Sasha que quería liberarse de la mentira, la hipocresía y la maldad. Aparentemente, León Tolstói no tenía otro plan más que subir a un tren y alquilar una casa campesina en cualquier parte. Así fue de aquí para allá hasta llegar, enfermo de neumonía, a la pequeña ciudad ferroviaria de Astapovo. Allí el jefe de estación le ofreció el lecho donde murió, el 20 de noviembre de 1910, cuarenta años después de que Anna Karénina, protagonista de la mejor de sus novelas, se arrojase a la vía del tren.

¿Qué nos puede parecer todo esto? Podemos pensar muchas cosas, pero no está en nosotros juzgar, sobre todo una historia que jamás conoceremos bien y cuyo secreto y autoridad se llevaron a la eternidad sus dos protagonistas. Lo que sí es de recibo preguntarse es qué habría sido de “Guerra y paz” de no haber existido esa figura de mujer al servicio del autor.

Miren esta foto y luego asientan a todo lo que acaban de leer. Es algo que se ve, incluso en un retrato en blanco y negro, tan antiguo. Vean la mirada de esa mujer, el amor, la abnegación reflejadas en ese escorzo.

Tolstoi y Sofia Andreyevna.

E imagínense copiando esa obra siete veces. Siete veces. Nadie que no esté profundamente enamorado del autor que dicta esa obra se prestaría a hacerlo. Yo no lo haría. Ustedes, tampoco.

Yo me pregunto no sólo qué habría sido de “Guerra y paz” de no haber sido por Sofia Andreyevna, sino también cuánto de Sofia Andreyevna hay en “Guerra y paz”. ¿Qué parte de la genialidad ahí encerrada por siempre jamás corresponde a aquella mujer tan poco conocida y reconocida? Nunca lo sabremos, sólo podemos imaginárnoslo.

La historia de amor de los Tolstoi nos deja también lecciones o, si se prefiere, interrogantes sobre el amor: ¿existe el amor de pareja perfecto? Más aún: ¿es suficiente amarse el uno al otro para ser felices juntos? Parece que la respuesta a ambas preguntas es un resonante No; entre humanos, no hay amor perfecto, no hay paz absoluta sin guerra, no se cumplen los anhelos que tanto preocupaban a los personajes tolstoianos y tan decisivamente marcaban su vida. Ni siquiera el rotundo amor de Sofia Andreyevna fue suficiente para nuestro autor; paradójicamente, él, que aspiraba al amor ideal, no se sintió satisfecho con el amor total que le ofrecía la esposa que tuvo a su lado durante medio siglo.

Y aun siendo un No la respuesta a ambas preguntas, ¿es ello razón suficiente para abstenernos de ese amor humano, imperfecto, tormentoso, que sólo ofrece rachas de paz entre guerras?

La peripecia tolstoiana -así como la de sus atribulados personajes, cuyas vidas narradas terminan en un epílogo que narra una vida acomodada, aburguesada, previsible y corriente, algo que contradice la fuerza vital que exudaban sus vidas anteriores, aunque tan sólo en apariencia- parece querernos decir que la guerra es, en todo en la vida, el reverso de la moneda de la paz: quien aspira a la segunda debe aceptar la primera.

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4 comentarios

Archivado bajo Artículos

4 Respuestas a “Tolstaia

  1. Excelente post… Tuve laoportunidad de leer “Anna Karenina” de Tolstoi, pero no “La Guerra y La Paz”.
    Muy bueno, gracias por compartir.
    Saludos, con afecto, Aquileana 😀

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  2. ¡Un post brillante! Y qué afinada sensibilidad con la fotografía! Gracias por compartir 🙂

    Le gusta a 1 persona

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