Esperando a Gromek

Gromek

Gromek no está,

Gromek se fue,

lo arrancaron de los brazos de la vida

un norteamericano y una granjera alemana

con un cuchillo roto, una pala y un horno de cocina,

miren ustedes qué triste final para el hombre superentrenado para todas estas eventualidades.

Lo llaman en vano sus democráticos y populares superiores:

Gromek a la cita no acudirá.

Ya no volverá a la ciudad de Nueva York ni comerá Pete’s Pizza nunca más.

Tampoco usará Gromek jamás la palabra “rudimentario”,

porque a este hombre construido como un estólido armario

lo han obligado a un mutis de emergencia.

Nena, nena, anula tu cita con Gromek para este sábado noche:

su motocicleta no ha de ronronear nunca más junto a tu puerta

ni te llevará a dar un paseo por Berlín en coche.

Nena, oh nena, el fiel y disciplinado Gromek se ha tomado unas vacaciones sine die;

él, tan buen comunista y trabajador, pero de las vueltas de la vida no hay quien se fíe.

La fosa de buena tierra brandemburguesa se tragó su moto y su chupa,

pero nena, oh, nena, Gromek murió con las botas puestas,

no llores al viejo lacayo, no llores al leal esbirro,

son cosas que pasan, Gromek no vendrá y ya está.

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