La vida sigue igual

El grupo mayor de todos, el octavo, que por el enorme número de sus miembros estaba respecto de los demás en una proporción de noventa y nueve a uno, se componía de hombres que no deseaban la paz ni la guerra, ni el movimiento ofensivo en Drissa o en cualquier otra parte, ni a Barclay, ni al emperador, ni a Pfull, ni a Bennigsen, sino únicamente la mayor cantidad de beneficios personales y de diversiones. En esta agua turbia de intrigas y de enredos que hormigueaban en el cuartel general del emperador era posible obtener muchas cosas que en cualquier otro momento hubieran sido imposibles. Uno, que no deseaba perder una situación ventajosa, hoy era partidario de Pfull, al día siguiente de su contrario y al otro afrimaba que no tenía ningún criterio sobre aquel asunto, con el único propósito de evitar responsabilidades y halagar al emperador. Otro, deseoso de adquirir ventajas, atraía la atención de Alejandro I sosteniendo a gritos lo mismo que este había insinuado la víspera, discutía a voces en el Consejo golpeándose el pecho y provocando a duelo a los que no compartían su opinión, para demostrar así que estaba dispuesto a hacer un sacrificio por el bien común. Un tercero, entre dos Consejos y en ausencia de sus adversarios, pedía un subsidio por una sola vez en vista de sus fieles servicios, convencido de que no habría tiempo para negárselo. Un cuarto procuraba hallarse siempre, como por casualidad, abrumado de trabajo ante los ojos del emperador. Y alguno, para conseguir el objetivo deseado desde hacía mucho tiempo, que consistía en comer con el zar, demostraba con ahínco la razón y la sinrazón de un criterio nuevo, para lo cual aportaba un sinfín de pruebas más o menos convincentes.

 

Los hombres de este partido cazaban al vuelo rublos, cruces y grados, y, en esa cacería, no seguían otra trayectoria que la del penacho de la merced imperial, y tan pronto observaban que este tendía hacia un lado, como un enjambre de zánganos, todos se precipitaban en esa dirección, de manera que al emperador se le hacía más difícil cambiarla. Ante la incertidumbre de la situación, el peligro amenazador y grave que daba a todas aquellas intrigas un carácter muy alarmante, entre aquel remolino de intrigas, ambiciones, choques, diversos sentimientos y puntos de vista y las distintas nacionalidades de aquellos hombres, aquel partido, el más numeroso, añadía con sus intereses personales un gran embrollo y una gran confusión a la obra colectiva. Fuera cual fuese la cuestión suscitada, el enjambre de zánganos, sin haber resuelto aún el problema anterior, volaba hacia el nuevo y ahogaba por medio de su zumbido las voces sinceras que discutían.

 

Guerra y paz (1869)

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