Archivo mensual: agosto 2014

“La ventana indiscreta”, un análisis

¿Qué tal tu mujer?, le pregunta el personaje de James Stewart al de Wendell Corey, su escéptico amigo, cuando él mira con ojos de cordero degollado -y lujurioso- a la bailarina que vive enfrente. “Bien, muy bien”, responde él, sintiéndose pillado como un escolar y adoptando una expresión anodina.

Él tiene sus ideas y yo tengo las mías, pero ni un solo día hemos dejado de querernos, le dice a James Stewart en otro momento de la película el personaje de su asistente, Thelma Ritter, quien, además, repetidas veces lo insta a que se case con esa novia tan guapa, elegante, hogareña, servicial y sumamente perfecta con la que él, sin embargo, no acaba de sentir lo que hay que sentir.

Quien no tiene ya esos dilemas es el viajante, Lars Thorwald, otro vecino, porque ha matado a la pesada de su mujer, que le hacía la vida imposible, y ha enterrado los pedazos de su cadáver por ¿toda la ciudad? ¿partes del jardín comunitario? Da igual; el caso es que el hombre, por primera vez en muchos años -quizá, en toda su vida- es feliz. No ha ganado dinero ni estatus, ni tampoco libertad para verse con ninguna querida (¿y quién quiere una querida? ¿Otra mujer? ¡No, gracias!); sigue viviendo en el mismo piso cutre de clase media de Nueva York, y teniendo el mismo trabajo de representante de una empresa de tomavistas, frigoríficos, equipos de aire acondicionado o lo que sea, pero ¡qué bien se está en ese sofá, y qué nuevo le parece, a pesar de lo desvencijado que está, simplemente estando ahí despatarrado fumándose un cigarrillo, después de años de no poder hacerlo tranquilamente porque la parienta estaba erre que erre con que apágalo y no me llenes la casa de humo!

La pobre Señorita Corazón Solitario no sabe bien a qué se está exponiendo, ni la que le puede venir encima si finalmente consigue aquello que tanto ha perseguido: un marido decente, dejar esas cenas de acompañante imaginario -y, sobre todo, esas salidas nocturnas que la otra vez casi acaban con un asalto por parte de un desaprensivo, ¡y en el sofá de su propia casa, nada menos!- y ser feliz para siempre jamás. Tampoco lo sabe bien quizás el compositor de esa música tan bonita al que ha empezado a ver más frecuentemente a raíz del esclarecimiento del horrible asesinato con descuartizamiento que ha habido en el vecindario.

Señorita Corazón Solitario

Quien sí lo sabía todo y a pesar de ello se ha tirado a la piscina es el aguerrido fotógrafo, que ha viajado por todo el mundo y, de no tenerlas todas consigo con respecto a su bella y glamurosa novia, ha pasado a rendirse a sus pies. Ahora, él está feliz; emasculado, con las dos piernas escayoladas, y castigado mirando cara a la pared y no a la ventana, como a él le gusta, pero feliz, vigilado atentamente por su ahora esposa, Lisa, que lee Harper’s Bazaar mientras se relame de gusto porque ya ha conseguido llevárselo al huerto. (Miren ustedes la secuencia final de la película y no me digan que no se relame de gusto).

Lisa (

Lisa no se ha interesado nunca por la pareja de recién casados del edificio de enfrente. Si lo hubiera hecho, habría visto la evolución de esa pareja, como la vio el personaje de James Stewart (Jeff): de buscar la intimidad a cada momento para hacerse arrumacos y darse besitos todo el rato, a la vida matrimonial rutinaria y estable, con unos cuantos “¡Haaaarrryyy!” por parte de ella cuando necesita algo de él, a lo que él responde, no sin antes esbozar una inevitable mueca de contrariedad. ¿Acabarán los señores Jeff como esa pareja?

Los recién casados

Peor aún: ¿y si acaban como los Thorwald? Aunque también pueden acabar como Stella (Thelma Ritter) y su marido, que siguen felizmente juntos (importante lo de “felizmente”) a pesar de sus consabidas diferencias. O como la pareja que, en las noches de calor, duerme en el balcón, ama a su perrito y se lleva -parece ser- de maravilla, aunque no se les ve hablar ni hacer juntos otra cosa que no sea dormir, huir del chaparrón cuando éste se desata o lamentarse de la muerte de su perrito (hasta que se compran uno nuevo: el vivo, al bollo): no parecen muy apasionados, pero tampoco aburridos el uno del otro.

el matrimonio

Y hasta pueden llegar a cultivar una buena amistad con la señorita Torso y su amado, el soldadito que ha vuelto de permiso; ella sí que sabe lo que es el amor verdadero y seguir su corazón, después de haber sido la reina del baile y haber coqueteado con varios acaudalados y guapos pretendientes.

Señorita Torso

En la secuencia final de “La ventana indiscreta” está la condensación de todas esas historias, y también está esa pregunta abierta, lanzada a la cara de los espectadores con la mala leche que le era tan connatural y tan querida a Alfred Hitchcock: ¿es el principio de una convivencia feliz, o están los dos encarrilados para un desastre seguro, y son todavía en este momento felizmente inconscientes de ello?

La mala baba de nuestro querido director va más allá: en todas las historias de parejas que nos ha ido presentando a través del voyeurismo de Jeff -están ahí todas las variedades de parejas; tanto, que incluso hay no-parejas, como en el caso de la Señorita Corazón Solitario o en el de la artista que está “casada con su escultura”, hasta que decide dejarlo y disfrutar de la vida, con dos- está el germen de lo que puede ser la vida de pareja del espectador. Hitchcock le sirve en bandeja la pregunta, si él se atreve a tomarla: ¿cuál es tu historia, espectador? ¿En qué apartamento vives tú? ¿O tal vez estás haciendo un recorrido por varios de ellos? Tal vez hayas sido como uno de esos novios apasionados y ahora seas la mitad de esa pareja aburrida -aunque conforme con su vida-, o hayas dejado pasar demasiado tiempo y hayas idealizado el amor, como la Señorita Corazón Solitario. En cualquier caso, por favor, no seas como Thorwald, que mira cómo acabó. ¡Con lo fácil que es divorciarse y cada uno por su lado!

Los Thorwald

Quizá “La ventana indiscreta” fuera en su día una obra maestra del suspense, pero, vista con los ojos de hoy, y sin mitificaciones, se da uno fácilmente cuenta de que el suspense ocupa una parte muy pequeña -y de intensidad decreciente- del metraje. En cambio, la sorna pesimista y pelín bastante misógina de Hitchcock sigue conservando todo el mordiente del primer día, pues “La ventana indiscreta” es una buena y desencantada reflexión sobre la vida en pareja y las diversas formas en que la gente busca -y, a veces, hasta encuentra- a su media naranja. Los modelos de relación que nos muestra Hitchcock siguen vigentes y prácticamente abarcan todo el espectro. Mediante su mirada de metomentodo cotilla, el soltero Jeff -que no es tan joven como su asistente personal afirma al principio- tiene la suerte de acceder, de antemano, a todas las posibles conclusiones de su propia historia, y puede así tomar lo que hoy en día se llama “una decisión bien informada”. Pero no es tan pasivo como nos pueda parecer: se aprovecha del carácter sumiso de su novia para enviarla a misiones que acaban siendo casi suicidas, ergo la pone a prueba, y sólo cuando ella supera esa prueba -casi siendo asesinada en el proceso- recibe el visto bueno como candidata a esposa. En cambio, irónicamente, ella piensa que ha sido al revés: ha sido ella quien lo ha “cazado”. Y, bueno, no estamos seguros de cómo ha sido en realidad. El final está abierto, como esa ventana por donde el curiosón espiaba a todo Cristo.

¿Cómo acabaría esa pareja? ¿Qué creen ustedes?

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Tolstaia

Hace poco que he leído “Guerra y paz”.

Los libros, en general, son una grandísima cosa y sirven de mucho, pero no para hacernos más inteligentes, más sabios ni mejores personas. Esto lo sé por observación empírica del sujeto que tengo más a mano, es decir, yo misma. Como sujeto lector, no percibo ni he percibido jamás ningún cambio en mi persona por haber leído ningún libro. Sí me han hecho más culta y han extendido mi conocimiento de la lengua, entre otras cosas; no me han cambiado ni mejorado como persona. No creo que puedan hacer eso por ninguna persona pasada, presente o futura.

Eso, para empezar. Una gran obra literaria -o, por extensión, podemos decir una gran obra de cualquier modalidad del arte- puede conmovernos, aumentar nuestros conocimientos, emocionarnos, hacernos pensar durante un rato, distraernos, divertirnos, hacernos olvidar por un rato nuestra realidad, pero no nos hace mejores personas ni más valiosas, en ningún sentido.

Habiendo dicho esto, “Guerra y paz” merece, sin duda, la consideración de que goza de obra mayúscula de la literatura universal; para mí, en mi experiencia lectora hasta el momento, figuraría justo detrás de la joya absoluta, que es “Don Quijote” y que es, para mí, no sólo La Novela mayor producida jamás por la humanidad, sino La Obra Literaria suprema, pues contiene las mayores cantidades de, y auna mejor que ninguna otra, sabiduría y entretenimiento por igual. Si hay alguna lectura en el mundo que esté muy cerca de suponer un antes y un después en la vida de cualquier lector, ésa es “Don Quijote”.

Pero estamos hablando de “Guerra y paz” y ésta, para mí, ocuparía un dignísimo segundo puesto.

Hay quien dice que, siguiendo la polivalencia que, parece ser, es característica de la lengua rusa, la palabra que significa “Paz” también puede traducirse como “Tierra”, lo cual, habiendo leído la obra, parece encerrar gran lógica también, porque Tolstoi se ocupa mucho en ella de la tierra rusa, y alienta valores patrióticos, no siempre de forma explícita. Sin embargo, parece que el propio autor eligió la traducción como “Paz”. Y parece algo acertado.

En “Guerra y paz” hay una constante alternancia de esos dos estados: uno de guerra, tormentoso, desordenado, y otro de paz. Hay alternancia de episodios protagonizados por las familias de las que Tolstoi se ocupa: los príncipes y condes y sus progenies, los bailes de salón con sus intrigas, las historias de amor, la vida urbana, los negocios de los personajes, sus reflexiones, sus conversaciones de tarde de domingo tomando té recién hecho en el samovar. En fin, esas cosas. Y luego, está el campo de batalla, la guerra napoleónica y la invasión de Napoleón, cuyo objetivo es conquistar Moscú. Por un lado, está la paz y la guerra aparentes; pero más profundamente y de forma más marcada en esta obra, existe la alternancia entre estados de paz y estados de guerra o de turbación interna de los personajes (por cierto, que la palabra “turbación” y todas sus variantes se utilizan con inusitada frecuencia), que han de resolverse necesariamente, y que siempre se resuelven en el sentido de la paz, aunque de diferentes formas. Algunos personajes alcanzan la paz por medio de epifanías y experiencias decisivas que los cambian, los transforman; otros sólo la conocen cuando están a las puertas de la muerte, y ese estado los hace relativizar todo cuanto han vivido y abrazar la paz absoluta; los hay tan inicuos o de naturaleza tan baja, que sólo pueden aspirar a la paz que da la muerte, sin haber conocido paz alguna antes ni por medio del enfrentamiento con su propia inminente desaparición; otros hallan la paz de la fe y del abandono en brazos de las disposiciones inescrutables de Dios. Los hay, en fin, que también conocen la paz de la derrota, el fracaso de sus proyectos vitales y la impuesta, necesaria resignación a perderlo todo. Y los hay que son pacíficos por naturaleza y poseen una sabiduría, una templanza y un sosiego interiores que Tolstoi no explica cómo han alcanzado en el momento en que introduce a esos personajes en la novela.

También Rusia, de una forma o de otra, alcanza la paz tras la turbulencia de la invasión.

La paz se nos muestra aquí, pues, como algo casi inexorable. Tolstoi apoya la idea de la fatalidad: la guerra no ha sucedido por voluntad de Napoleón ni del zar Alejandro I, como afirman la mayoría de los historiadores, sino por la fatalidad, el destino, la voluntad de Dios o la inexorabilidad. No queda claro realmente por qué; puede que por millones de voluntades individuales de individuos de diversos pueblos que se mueven por fuerza de esa voluntad personal y acaban dando lugar a acontecimientos históricos, tan graves como una guerra, una invasión o el incendio de una gran ciudad, por ejemplo. Sin embargo, el mensaje último de “Guerra y paz” no puede ser sino optimista: pase lo que pase, todo desemboca en la paz, y ésta depende tan poco de los gobernantes como la guerra.

La alternancia entre escenas de corte histórico y escenas más intimistas es constante en toda la novela, y funciona como un mecanismo de relojería. Parecería que el relato histórico elevase esta novela por encima de otras; sin embargo, es a mi juicio la parte de ficción, centrada en los personajes inventados por Tolstoi y dinamizada por ellos, la más poderosa de la novela. Es en los diálogos, en las escenas domésticas, en el intercambio de pareceres, donde realmente se nos muestra la filosofía de Tolstoi. Sean verosímiles o no, las epifanías que sufren los personajes de Tolstoi, sus reflexiones en noches de insomnio, su búsqueda de sí mismos -en un mundo que, en el fondo, no es diferente del nuestro-, sus indagaciones en diversos sistemas de creencias, su entrega a causas que parecen perdidas -o no-, todos esos sucesos tan íntimos son los que hacen grande a “Guerra y paz” y la hacen verdaderamente memorable. El príncipe Andrey Bolkonsky, la condesa Natasha, el conde Pierre Bezujov, pero también Nikolai, los condes Rostov, Sonia, Petia, el anciano Bolkonsky, la princesa Maria… son personajes con los que todos nos podemos sentir identificados. Son, en suma, personas en busca de paz, aunque las circunstancias que los rodean nos parezcan a veces extrañas o lejanas a nosotros.

En “Guerra y paz” recordamos que la paz interior, la paz verdadera no se encuentra en lugares remotos, ni es necesario para hallarla hacer cosas extraordinarias que no están a nuestro alcance. Por ejemplo, vemos cómo un hombre se sume en un momento de paz -de nirvana, podríamos decir- en medio del fragor de la batalla. Ve el cielo encima de todos ellos, ve la pequeñez de los hombres -incluido Napoleón- y se rinde, se abandona, es capaz -por primera vez, quizá- de ver la realidad auténtica de la vida. Otro hombre indaga, prueba diferentes caminos, se asocia a grupos guiados por los ideales que él sustenta, se entrega a los placeres que el dinero puede comprar, se casa, vive en soledad, es hecho prisionero… y es entonces cuando halla la paz. Quizá hoy nos suene ingenuo, pero no deja de ser toda una declaración de intenciones y todo un reto a la reflexión: quizá la paz no resida en despojarnos de toda comodidad material, pero tampoco en rodearnos de todas ellas.

Y a pesar de todo, los seres de Tolstoi no son perfectos, ni son siempre admirables o dignos de imitación. Después de una epifanía, pasan a un período de escepticismo o de aburrimiento vital; pasan por la cárcel, ven morir y matar a sus semejantes, y luego se casan, se aburguesan y se aburren con su mujer exactamente igual que un señor cualquiera de hoy en día.

En fin, la vida misma, como dijo Flaubert.

* * *

Y la segunda parte de este artículo comienza aquí.

Está claro que “Guerra y paz” me parece recomendable por muchos motivos. Ahora bien, no conozco la vida y obra de Tolstoi salvo a grandes brochazos; pero no deja de llamarme la atención que detrás de Tolstoi estuviera ella, la mujer que está detrás de todo gran hombre; en este caso, su mujer, Sofia Andreyevna Tolstaya.

He leído un poco acerca del matrimonio de Tolstoi y de su mujer a raíz de leer “Guerra y paz”, y se nos describe a Sofia Andreyevna como la mujer renacentista, una mujer de enormes y variados talentos que jamás llegaron a brillar para la posteridad, porque ella decidió dedicarse a su marido, la obra de su vida.

Leemos en un artículo de ABC firmado por Anna Caballé:

Una mujer de mediana edad, cabello recogido y facciones inteligentes, toma asiento cerca de la ventana, donde hay más luz, y escribe en su diario con gran rapidez. Se llama Sofía Andréievna Behrs y es hija de un médico de la corte del zar. Una mujer de acción a la que le gusta sentirse útil y sabe cómo hacerlo. Cuida de su numerosa prole (trece hijos pero dieciséis partos), da clases de música y alemán a los más pequeños, sabe coser, borda, pinta, toca el piano, patina, monta a caballo, copia (en ocasiones, como Anna Karénina , hasta siete veces) y edita los libros de su marido, controla las cuentas de la finca, atiende a la incesante corriente de invitados que siempre tiene la casa, da instrucciones a los criados, debe viajar a Moscú con frecuencia, lee y escribe. Pero, por encima de sus innumerables actividades, de la preocupación por todos sus hijos, esta mujer está pendiente de su marido todas las horas del día, con pasión no exenta de reproches.

Y en LNE, escribe Luis M. Alonso:

Muy temprano, a las cinco de la mañana de un 28 de octubre de 1910, Lev Nikolaievich Tolstói abandonó su casa dejando una nota de despedida para su mujer: «Entiéndelo y no intentes seguirme aunque sepas mi paradero». La noche antes, había escuchado cómo Sofia Andréievna Tolstaia (Behrs, de soltera) ponía patas arriba el estudio con el fin de encontrar el papel que probara la existencia de un testamento.

Continúa más adelante:

Tolstói era en los días que precedieron a su muerte un hombre cargado de contradicciones que sufría por culpa de los frecuentes dolores de muelas. Su relación con las mujeres nunca había dejado de ser tormentosa, y con el tiempo se convertiría en un anciano impermeable a los sentimientos familiares. Sus únicos ideales residían en el amor universal. A su esposa, que llevaba apuntado en un diario (…) las tortuosas relaciones con el escritor, León le dijo una vez que para escribir hacía falta estar inflamado de amor y que ese sentimiento ya no existía entre los dos y, por si esto fuera poco, añadió que la castidad y el celibato eran los dos objetivos de una vida cristiana. Sofia creyó morir de celos; fueron los celos los que mataron el matrimonio. «Me tortura con su frialdad», escribió. Llegó a perder el juicio, rompía cuadros, se pasaba días sin comer y sólo hubo momentos de paz cuando la pareja cumplió 48 años casada. Sin embargo, no duró mucho. Enloquecida por la sospecha de que el mujik de largas barbas que tenía por marido, además de despreciarla, la había desheredado, le disparó tres veces en la sien con una pistola de fogueo. Ella misma pensó en pegarse un tiro. Hay quienes entienden la desazón y disculpan su histeria: había sido su secretaria más entregada al trabajo durante los cinco años en que escribió «Guerra y paz» (1863-1868), su enfermera y una máquina de parir, con trece embarazos. La escritora Rebeca West la comprende. Según ella, Tolstói era un monstruo que se había ganado el desprecio del mundo. Doris Lessing la considera una «heroína trágica» de su tiempo.

Probablemente Tolstói no se encontrase cómodo, sin escribir, en Yasnaia Poliana, rodeado de discípulos y «ahijados», incapaz de enfrentarse a su mujer y a sus hijos cada vez que la idea del divorcio le rondaba por la cabeza. Pero lo que más le molestaba era la paranoia de Sofia Andréievna acerca del testamento que quería modificar a su favor perturbada por las más terribles sospechas de que Chertkov, el acólito de Tolstói, era el espíritu maligno que, además de arrebatarle el amor de su marido, pretendía quitarles a sus hijos el pan de la boca. El caso es que el hastío conyugal llevó al escritor a tomar la decisión de abandonar la casa donde había nacido, para no regresar. Después confesaría a su hija Sasha que quería liberarse de la mentira, la hipocresía y la maldad. Aparentemente, León Tolstói no tenía otro plan más que subir a un tren y alquilar una casa campesina en cualquier parte. Así fue de aquí para allá hasta llegar, enfermo de neumonía, a la pequeña ciudad ferroviaria de Astapovo. Allí el jefe de estación le ofreció el lecho donde murió, el 20 de noviembre de 1910, cuarenta años después de que Anna Karénina, protagonista de la mejor de sus novelas, se arrojase a la vía del tren.

¿Qué nos puede parecer todo esto? Podemos pensar muchas cosas, pero no está en nosotros juzgar, sobre todo una historia que jamás conoceremos bien y cuyo secreto y autoridad se llevaron a la eternidad sus dos protagonistas. Lo que sí es de recibo preguntarse es qué habría sido de “Guerra y paz” de no haber existido esa figura de mujer al servicio del autor.

Miren esta foto y luego asientan a todo lo que acaban de leer. Es algo que se ve, incluso en un retrato en blanco y negro, tan antiguo. Vean la mirada de esa mujer, el amor, la abnegación reflejadas en ese escorzo.

Tolstoi y Sofia Andreyevna.

E imagínense copiando esa obra siete veces. Siete veces. Nadie que no esté profundamente enamorado del autor que dicta esa obra se prestaría a hacerlo. Yo no lo haría. Ustedes, tampoco.

Yo me pregunto no sólo qué habría sido de “Guerra y paz” de no haber sido por Sofia Andreyevna, sino también cuánto de Sofia Andreyevna hay en “Guerra y paz”. ¿Qué parte de la genialidad ahí encerrada por siempre jamás corresponde a aquella mujer tan poco conocida y reconocida? Nunca lo sabremos, sólo podemos imaginárnoslo.

La historia de amor de los Tolstoi nos deja también lecciones o, si se prefiere, interrogantes sobre el amor: ¿existe el amor de pareja perfecto? Más aún: ¿es suficiente amarse el uno al otro para ser felices juntos? Parece que la respuesta a ambas preguntas es un resonante No; entre humanos, no hay amor perfecto, no hay paz absoluta sin guerra, no se cumplen los anhelos que tanto preocupaban a los personajes tolstoianos y tan decisivamente marcaban su vida. Ni siquiera el rotundo amor de Sofia Andreyevna fue suficiente para nuestro autor; paradójicamente, él, que aspiraba al amor ideal, no se sintió satisfecho con el amor total que le ofrecía la esposa que tuvo a su lado durante medio siglo.

Y aun siendo un No la respuesta a ambas preguntas, ¿es ello razón suficiente para abstenernos de ese amor humano, imperfecto, tormentoso, que sólo ofrece rachas de paz entre guerras?

La peripecia tolstoiana -así como la de sus atribulados personajes, cuyas vidas narradas terminan en un epílogo que narra una vida acomodada, aburguesada, previsible y corriente, algo que contradice la fuerza vital que exudaban sus vidas anteriores, aunque tan sólo en apariencia- parece querernos decir que la guerra es, en todo en la vida, el reverso de la moneda de la paz: quien aspira a la segunda debe aceptar la primera.

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Esperando a Gromek

Gromek

Gromek no está,

Gromek se fue,

lo arrancaron de los brazos de la vida

un norteamericano y una granjera alemana

con un cuchillo roto, una pala y un horno de cocina,

miren ustedes qué triste final para el hombre superentrenado para todas estas eventualidades.

Lo llaman en vano sus democráticos y populares superiores:

Gromek a la cita no acudirá.

Ya no volverá a la ciudad de Nueva York ni comerá Pete’s Pizza nunca más.

Tampoco usará Gromek jamás la palabra “rudimentario”,

porque a este hombre construido como un estólido armario

lo han obligado a un mutis de emergencia.

Nena, nena, anula tu cita con Gromek para este sábado noche:

su motocicleta no ha de ronronear nunca más junto a tu puerta

ni te llevará a dar un paseo por Berlín en coche.

Nena, oh nena, el fiel y disciplinado Gromek se ha tomado unas vacaciones sine die;

él, tan buen comunista y trabajador, pero de las vueltas de la vida no hay quien se fíe.

La fosa de buena tierra brandemburguesa se tragó su moto y su chupa,

pero nena, oh, nena, Gromek murió con las botas puestas,

no llores al viejo lacayo, no llores al leal esbirro,

son cosas que pasan, Gromek no vendrá y ya está.

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La vida sigue igual

El grupo mayor de todos, el octavo, que por el enorme número de sus miembros estaba respecto de los demás en una proporción de noventa y nueve a uno, se componía de hombres que no deseaban la paz ni la guerra, ni el movimiento ofensivo en Drissa o en cualquier otra parte, ni a Barclay, ni al emperador, ni a Pfull, ni a Bennigsen, sino únicamente la mayor cantidad de beneficios personales y de diversiones. En esta agua turbia de intrigas y de enredos que hormigueaban en el cuartel general del emperador era posible obtener muchas cosas que en cualquier otro momento hubieran sido imposibles. Uno, que no deseaba perder una situación ventajosa, hoy era partidario de Pfull, al día siguiente de su contrario y al otro afrimaba que no tenía ningún criterio sobre aquel asunto, con el único propósito de evitar responsabilidades y halagar al emperador. Otro, deseoso de adquirir ventajas, atraía la atención de Alejandro I sosteniendo a gritos lo mismo que este había insinuado la víspera, discutía a voces en el Consejo golpeándose el pecho y provocando a duelo a los que no compartían su opinión, para demostrar así que estaba dispuesto a hacer un sacrificio por el bien común. Un tercero, entre dos Consejos y en ausencia de sus adversarios, pedía un subsidio por una sola vez en vista de sus fieles servicios, convencido de que no habría tiempo para negárselo. Un cuarto procuraba hallarse siempre, como por casualidad, abrumado de trabajo ante los ojos del emperador. Y alguno, para conseguir el objetivo deseado desde hacía mucho tiempo, que consistía en comer con el zar, demostraba con ahínco la razón y la sinrazón de un criterio nuevo, para lo cual aportaba un sinfín de pruebas más o menos convincentes.

 

Los hombres de este partido cazaban al vuelo rublos, cruces y grados, y, en esa cacería, no seguían otra trayectoria que la del penacho de la merced imperial, y tan pronto observaban que este tendía hacia un lado, como un enjambre de zánganos, todos se precipitaban en esa dirección, de manera que al emperador se le hacía más difícil cambiarla. Ante la incertidumbre de la situación, el peligro amenazador y grave que daba a todas aquellas intrigas un carácter muy alarmante, entre aquel remolino de intrigas, ambiciones, choques, diversos sentimientos y puntos de vista y las distintas nacionalidades de aquellos hombres, aquel partido, el más numeroso, añadía con sus intereses personales un gran embrollo y una gran confusión a la obra colectiva. Fuera cual fuese la cuestión suscitada, el enjambre de zánganos, sin haber resuelto aún el problema anterior, volaba hacia el nuevo y ahogaba por medio de su zumbido las voces sinceras que discutían.

 

Guerra y paz (1869)

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Y entonces ¿qué otra salida queda al hombre que aspira a pasar por el mundo sin estropearlo mucho, a ayudar a mantener el orden, a no emborronar el papel mientras escribe su pequeño párrafo, a pisar el menor número posible de velloritas en flor mientras sigue su camino -inexorable ese seguir andando- y a plantar alguna, incluso, si puede; a no albergar ni dar pábulo a ningún pensamiento negativo; a ni siquiera tener un pasajero deseo de darle una patada a aquel cubo de basura; a recoger alguna que otra cría de pájaro caída de su nido; a conservar limpias las señales que indican OZ y KANSAS para que otros que vengan detrás puedan también beneficiarse de su información; a no dejar huellas de barro en el sendero; a hacer todo eso mientras se llena los pulmones a tope de la parte alícuota de aire a la que tiene derecho y la vista de ese espléndido lago en el que se refleja el sol de poniente y los oídos del trino dichoso de los pájaros que cantan no porque tengan un motivo, sino porque tienen una canción y, de paso y ya rizando el rizo, apagar el cerebro y darse cuenta de que YO SOY ESO y tocar con los dedos el culmen de las posibles experiencias en el transcurso de la vida humana, más que armarse de paciencia y comprender que siempre hay un punto equis que es al que puede llegar y nunca más allá, pero que tampoco debe querer ni intentar llegar más allá porque no es la misión que Dios le ha encomendado?

Tree Silhouette Against Starry Night Sky

¿Qué otra salida más que sentarse -quizá sobre esa hierba que NO quiere aplastar-, cruzar las piernas, mirar a su alrededor -o no- y descansar de toda esa carga?

¿Qué otra salida más que esforzarse todo lo que pueda, pero -¡ay!, la dificultad de la misión- nunca más de lo que debe?

¿Y no es acaso la sabiduría máxima la del hombre que sabe cuáles son los límites de ese deber?

Tumbémonos aquí mismo y contemplemos ese cielo.

Es lo mejor que podemos hacer. Ahora y en cualquier otro momento.

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El verano

El verano es

El verano es (sin Google) una estación, no de tren, aunque podría serlo con más merecimiento que otra ninguna.

El verano es el autoengaño más longevo y más extendido de toda la historia de la humanidad. Creo que hasta los prehistóricos se autoengañaban con esto del verano.

El verano es esa temporada que empezamos a celebrar cuando ya está pasada la mediana. Vamos, cuando ya está a punto de terminar, bajando la cuesta, como si dijéramos.

Es cuando corremos (o correteamos) todos a todas partes como gallinas descabezadas

y luego… y luego…

¿qué?

Y luego, nada:

un montón de miguitas que hay que recoger con cucharilla.

Y luego:

vuelta a empezar.

El verano es apuntar al sol y guiñar los ojos mirando la punta del dedo, que arde.

Es el paroxismo del algo quiero pero no sé el qué.

El verano es el único desierto del que nunca creemos querer salir, aunque… aunque…

aunque pasado un ratito, vemos que es también el único en el que no hay ni un solo oasis.

Ni siquiera una cantimplora como las de antes.

El verano es un esfuerzo -cada vez más ímprobo- de retrospección,

es entrar de puntillas en el túnel del tiempo y pegarnos a pesar de todo el tripazo padre

porque, en algún momento, nos volvimos torpes con la bicicleta y no nos acordábamos.

El verano es siempre inoportuno, como esa fiesta sorpresa que nos dan justo el día en que nos presentamos en casa con una sobrecogedora pítima.

(Aunque sonreímos a pesar de todo).

Es el cuento de nunca acabar, y que sin embargo nunca nos cansamos de volver a oír.

(Pero nos lo sabemos de memoria.)

Feliz, feliz, feliz no-verano.

Feliz, feliz, feliz en tu no-verano.

Éste es el mañana del hoy que tanto esperabas ayer,

o quizá es el hoy del ayer que tanto esperarás mañana.

De cualquier forma, no te olvides del invierno,

el gatito gris que no tiene los ojos verdes y del que nadie se acuerda hasta que ya no lo oye ronronear.

El verano es el gran azul,

el verano es el gran azul que nunca se acaba pero siempre se escapa.

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