¿Dónde estabas en esos diez segundos? ¿Cuál es tu coartada?

Y si hubieras estado allí, ¿habrías estado bajo una bandera, bajo la otra bandera, o más bien

entre el blanco absoluto y el pardo absoluto, distantes entre sí sólo diez breves segundos?

Sí; no hace falta adivinar mucho. Habrías estado allí, como todos nosotros.

A la rueda, rueda, en un campo abandonado de maíz al este de una frontera, en tierra extraña,

uno aquí, otro allá, el otro aún más lejos, acabada la tregua de diez segundos entre el cielo y el suelo;

entre el fuego y la tierra, nunca el aire fue tan severo, y nunca el espacio pesó más que en aquel día.

Pero no; sé que tienes salvoconducto, igual que casi todos nosotros.

Después, ni siquiera la dignidad del silencio, sino el fragor de los tristes harapos, todavía rasgados otra vez,

el tintineo que oímos (las monedas de cambio),

el griterío de voces que reclaman para sí la razón y la verdad absoluta;

ni siquiera diez segundos de silencio ante la enormidad de lo único cierto: el maizal abierto y abandonado y ellos, en caótica formación, encima de él.

Nada debería importar más, pero importa: la disputa, el vocerío, otra vez las banderas.

Ninguno de nosotros estábamos allí; sólo podemos ser los ojos que miran y las bocas que callan.

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