Archivo mensual: julio 2014

Después de tanto tiempo ha llegado el momento

de salir -tú también- al sol.

No ha sonado ninguna alarma ni ningún despertador,

no hay segundero ni diapasón, ni importan las estaciones;

quien marca los tiempos eres tú.

Tú y el sol.

Porque el verano también es para ti.

L’estate è anche per me.

Dall’aria all’acqua, quest’anno è anche per me.

Dalla notte fino al sole, nessuno l’ha mai visto così

come i miei occhi lo vedono adesso,

l’estate è anche per me.

Bicicletas que pasan veloces,

chicos al sol, iluminados, todavía niños,

tu espejo, el resorte de tu sonrisa;

las flores que estallan en rojo, rosa y violeta

como nunca ninguno las ha visto jamás

ni tampoco tú.

El verano también es para ti.

Dall’aria all’acqua,

dalla notte al giorno pieno,

e dal mistero alla gioi’aperta:

come me l’hanno data, proprio così io a voi la do.

El verano también es para mí, ahora;

el verano es para mí,

quest’estate è per me, tutto per me,

una vez más hacia la cancela abierta,

corre el agua por su cauce, los niños pescan en el río,

el verano es todo para mí.

 

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¿Dónde estabas en esos diez segundos? ¿Cuál es tu coartada?

Y si hubieras estado allí, ¿habrías estado bajo una bandera, bajo la otra bandera, o más bien

entre el blanco absoluto y el pardo absoluto, distantes entre sí sólo diez breves segundos?

Sí; no hace falta adivinar mucho. Habrías estado allí, como todos nosotros.

A la rueda, rueda, en un campo abandonado de maíz al este de una frontera, en tierra extraña,

uno aquí, otro allá, el otro aún más lejos, acabada la tregua de diez segundos entre el cielo y el suelo;

entre el fuego y la tierra, nunca el aire fue tan severo, y nunca el espacio pesó más que en aquel día.

Pero no; sé que tienes salvoconducto, igual que casi todos nosotros.

Después, ni siquiera la dignidad del silencio, sino el fragor de los tristes harapos, todavía rasgados otra vez,

el tintineo que oímos (las monedas de cambio),

el griterío de voces que reclaman para sí la razón y la verdad absoluta;

ni siquiera diez segundos de silencio ante la enormidad de lo único cierto: el maizal abierto y abandonado y ellos, en caótica formación, encima de él.

Nada debería importar más, pero importa: la disputa, el vocerío, otra vez las banderas.

Ninguno de nosotros estábamos allí; sólo podemos ser los ojos que miran y las bocas que callan.

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No puedo arreglar el mundo. No puedo dar de comer a los niños hambrientos,

ni recoger todos los polluelos que se han caído de su nido,

ni devolver al árbol la rama que le han arrancado, o hacer que la flor pisoteada recupere su vida.

No puedo tampoco limpiar los vertidos de los mares, ni parar las leyes injustas,

ni tampoco hacer que se callen millones de necios vociferantes.

No puedo terminar con las sequías ni hacer que escampe cuando ya es suficiente,

ni hacer que cualquiera pueda salir a pasear de noche en cualquier parte del mundo sin tener que mirar atrás.

Y hasta me he cansado de barrer el bordillo, siempre el mismo bordillo, porque al día siguiente viene alguien y lo ensucia.

(Porque no falla: siempre hay alguien que viene y tira colillas, latas vacías, envoltorios de plástico, palitos de caramelo).

Sólo puedo contarte cada día una historia más, hasta que te duermas;

sólo puedo esperar contigo cada minuto hasta que llegue la calma

y mirar pasar las cometas hasta que aprendamos nosotros a volarlas.

Puedo tomarte de la mano mientras tanto,

mientras aguardamos a que pase la lluvia y se vayan todos los necios a otra parte.

Puedo aguardar contigo el fin de la lluvia y la llegada de la primavera,

y, entre tanto, limpiar cada día los cristales de tu ventana

y asegurarme de que tengas siempre algo bello a la vista, aunque sólo sea un puñado de violetas silvestres metidas en un vaso.

Hay muchas cosas que no puedo hacer, pero ésas no son algunas de ellas,

y mientras todo lo malo pasa, me sentaré en esta burbuja y esperaré contigo

haciendo pompas de jabón y reinando solos en medio de la noche,

con olor a moras recién cogidas y a merengue de guindas,

el pelo despeinado, la colada sin recoger

y la mantita a cuadros enrollada alrededor de los pies.

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Por fin somos nadie, por fin vamos a ninguna parte, por fin queremos nada,

en este bendito momento al que estábamos destinados a llegar, pisando todos esos momentos ahora olvidados que nos trajeron hasta aquí,

inútiles, vacuos, banales momentos múltiples, apilados uno junto al otro, tan importantes que nos parecían entonces, ahora en fútil mole de tonos que se van erosionando bajo los rayos del tiempo,

pero momentos tan necesarios, imprescindibles para que llegáramos hasta aquí, y de aquí

a partir de este bendito momento decisivo, a ninguna parte,

porque por fin hemos llegado a ser lo que éramos al principio, antes de conocernos a nosotros mismos y empezar a llamarnos por un nombre,

nos hemos convertido en quienes somos, en este momento que es el único que ahora cuenta.

Por fin somos ninguno, todos nosotros, y todo uno y en todas partes y en ninguna,

sin nombre, ni zapatos, ni dinero, ni estudios, ni dioses,

simplemente aquí y ahora, hemos cruzado el puente hacia la desapercibida poterna, y el foso queda a nuestra espalda,

las flechas ya no nos alcanzan ni tampoco las fauces del tiempo y las cuitas,

ahora que por fin somos un ejército de nadie, yendo a ninguna parte;

ésta es nuestra victoria, la mayor de todas, la que no da trofeo,

es la victoria de la que nadie habla nunca.

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