Terminator: un análisis

Toda historia, hasta la aparentemente más trivial, es sin embargo siempre algo más, y lo es incluso a pesar de su creador y de su narrador. Porque, en última instancia, todas hablan de nosotros, todas nos ponen delante un espejo para que nos escrutemos en él y nos reconozcamos, o no. El espejo puede ser oscuro o mostrar a nuestra mirada algo que, a simple vista, no se distingue bien; nuestro rostro siempre está ahí, pero a veces no lo sabemos ver; creemos que lo que estamos mirando es el rostro de otro, o quizá algún paisaje, una nube o un borrón.

No es así; el espejo siempre está dirigido hacia nosotros.

“Terminator” es una de las grandes películas de ciencia-ficción de todos los tiempos. Puede verse, y de hecho es recomendable hacerlo así, como una película sencillamente muy entretenida y, además, inteligente y desafiante. La sinopsis es más o menos ésta: en el futuro, las máquinas han aventajado al hombre en inteligencia, han cobrado consciencia de sí mismas y se han rebelado contra su creador; el mundo está ahora dominado por ellas. El líder de los humanos es un hombre llamado John Connor. Las máquinas, temerosas de él, envían al pasado de 1984 un cyborg o robot (o androide, teorizan algunos) con apariencia humana pero con fuerza, potencia y resistencia mil veces superiores a las del hombre, para matar a la que va a ser la madre de John Connor, antes de que éste sea concebido. La chica vive en Los Ángeles y se da cuenta de que alguien implacable va tras sus pasos, sembrando el caos y el terror allá por donde va. Afortunadamente para ella -y, se supone, para la raza humana-, también le llega un protector, directamente venido desde el futuro para enseñarle a sobrevivir, un hombre llamado Kyle Reese.

 

Terminator

A favor de “Terminator” está el hecho de que la historia es decididamente fantástica, pero está ambientada en el mundo y en la época en la que se rodó el filme y en su contexto más inmediato flotan temas que suscitaban debate en el mundo de 1984: ¿hacia dónde va el progreso? ¿Pueden llegar las máquinas y los ordenadores a superar al hombre? ¿Debemos temer amenaza alguna en ese sentido? ¿Cuán en serio debemos tomarnos la cuestión nuclear; es posible que estalle una guerra nuclear, la definitiva? (Cuestiones que, de una u otra forma, siguen vivas a día de hoy y sin responder). La película se hacía eco de todos estos interrogantes y ofrecía su propia conclusión. Por otro lado, los 80 fueron una época de gran optimismo y alegría de vivir -en comparación con décadas posteriores y también, según dicen, anteriores- y eso se nota en el carácter decididamente lúdico de las películas de esa década. Muchas de las mejores comedias contemporáneas de Hollywood se rodaron entonces, y, de alguna manera, el resto de los géneros eran cosechados con resultados igualmente disfrutables, quizá porque no había pretensiones de profundidad, gravedad o trascendencia tan marcadas como en los realizadores actuales (o en realizadores no necesariamente actuales pero sí contaminados por esa tendencia -quizá se me nota que no soy una gran partidaria de estas aspiraciones, tal vez porque pienso que no es necesario buscar la trascendencia, pues ésta está siempre ahí, como digo, en cada historia que contamos, a poco que queramos escarbar en la superficie).

Enumero todos estos factores porque me interesa subrayar el hecho de que esta película es eminentemente un producto hecho con fines comerciales y sin mayores pretensiones.

Y sin embargo, hay en ella algo más que está ahí, latente; un canto de grillo al que podemos prestar oído, si queremos. Algo que va más allá de las preguntas sin respuesta final sobre el futuro de la tecnología y del hombre que la ha creado, a manos de ella, si se diera el caso; más allá del temor omnipresente al invierno nuclear.

Podemos encontrarlo si fijamos nuestra mirada en el personaje que, teniendo menos de humano (nada) es, sin embargo, el que da título a la película. Es el villano, el destructor, el robot o cyborg sin sentimientos (no puede tenerlos) que tiene sólo un sentido: su misión, grabada en su UCP. El exterminador, no la desvalida Sarah Connor ni el celoso guardián Kyle Reese, ni siquiera la humanidad victimizada por el robot (así, a bulto); el robot terrible es el centro de esta historia y el verdadero protagonista de ella.

Es un fenómeno curioso, y una posición insólita aquella en la que esta película nos invita a colocarnos a nosotros mismos: el personaje sobre el que más quiere llamar nuestra atención es aquel que menos tiene en común con nosotros. No podemos empatizar con él, puesto que no tiene corazón; no es humano.

Sin embargo, también en él, tan opuesto a nosotros, tan aparentemente irreconciliable, podemos encontrar puntos en común, aunque no sean más que los de la frontera que limita al monstruo, a un lado, y a nosotros, al otro.

Se trata de un ser aislado de todo lo que lo rodea. Vive fuera de su tiempo y fuera de su mundo. Parece uno de nosotros, pero no lo es. La gente se aparta de él; provoca terror. Debido a que es una máquina, los códigos sociales e interrelacionales le son completamente ajenos; no los domina ni puede aspirar a ello, por eso su conducta es estrafalaria o escandalosa, según el espectador humano. Por eso, al principio, es objeto de burla y de acoso por parte de quienes lo ven (antes de que se den cuenta de que han elegido mal a su objetivo). En ese momento, se da una curiosa situación de reversión de papeles: la víctima se cobra su venganza, aunque ni ella se vea como víctima, ni pretenda venganza alguna; se limita a ser lo que es.

De hecho, en toda la película, el “exterminador” es el único ser totalmente fiel a sí mismo. Lo es hasta sus últimas consecuencias, como podemos imaginar y como luego la película se encarga de confirmar.

Quizá esperamos, sin admitirlo ni darnos cuenta nosotros mismos, que el Terminator muestre, quizá al final, al menos un poquito de sentimiento humano; tal vez por ósmosis, por contaminación o por aquello de que el roce hace el cariño. No sucederá tal cosa. Es de naturaleza totalmente incorruptible. En ese sentido, se le puede calificar como ese ser puro, fiel a sí mismo hasta el final, que quizá todos aspiramos a ser (vanamente, por supuesto). No se le puede chantajear, ni pretender someter a normas que no sean las suyas propias, ni se puede jugar con él la carta del temor. Es el ser en estado puro. Su existencia tiene un sentido pleno y perfecto. Jamás pierde de vista su misión, y hace cualquier cosa con tal de cumplir sus objetivos vitales. No busca ni necesita la aprobación de nadie.

(Es un robot, ya lo hemos dicho).

Es clara, si se quiere ver, la resonancia bíblica de su nombre: el exterminador, un apelativo que casi llama a otro: “ángel”. ¿Un ángel exterminador? Quizá no tanto eso como, simplemente, un ángel caído: creado aparentemente perfecto, ha caído desde un plano superior a otro inferior, el mundo (comparativamente) subdesarrollado de 1984. Es significativo el hecho de que aparece en la Tierra completamente desnudo y en posición casi fetal. Un nacimiento ominoso que puede simbolizar muchas cosas.

Como ser del futuro y creado por una entidad aparentemente casi omnipotente, el (ángel) caído, Terminator es perfecto: no siente dolor, no actúa de manera irracional ni emoción alguna puede nublar su juicio. Sin embargo, Terminator, paulatinamente y de forma simbólica, va perdiendo partes de su estructura física y deteriorándose de la misma manera en que su superioridad va convirtiéndose en inferioridad y, finalmente, en fracaso de su misión. En última instancia, fracasa porque es demasiado puro, es decir, rígido: no se amolda al mundo que lo rodea ni a quienes lo habitan, no es maleable a ninguna influencia y no comete errores. Fracasa, pues, justamente porque es demasiado perfecto, no hay en él fisuras. Su misión es clara, y la implacabilidad con la que persigue ese objetivo, su fijación con él, es lo que lo hunde. Es impermeable al contexto, sea éste cual sea, y jamás modifica su conducta pues es incapaz de absorber y mucho menos interpretar nuevas claves.

“Terminator” también es, o se puede ver como un psicodrama: el de la incomprensión y la soledad del ser diferente, alguien que, a pesar de ser perfectamente coherente consigo mismo y con su naturaleza, es tan incapaz de verse a sí mismo y saber quién es como el más imperfecto de los hombres. Terminator debe morir porque es un ser condenado a no conocerse jamás a sí mismo. Y quien no se conoce a sí mismo está condenado a perecer, de forma espiritual o literal.

En ese sentido, su parábola (la del robot solo y alienado) es, si bien mucho menos patética, igual de potente en su capacidad de sugerencia que la del hombre solo y alienado: ambos están condenados a desaparecer. Terminator es, en realidad, exterminador de sí mismo: no le queda otro destino que perecer y, además, existir y morir a espaldas del mundo, y es significativo que ése sea su final en todas las entregas de la saga Terminator, aun cuando en sucesivas entregas el Terminator aparece como salvador y no como exterminador: en el fondo, sigue incapacitado para verse a sí mismo.

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