Un elefantito bebé del tamaño de un grano de arroz

bebe el agua de una gota de rocío que ha caído de la patita de una mariposa,

y todo esto mientras revolotea feliz, rodeado de agua color rosa con chispitas

en el corazón de una flor que lo sostiene y alimenta.

Tiene luciérnagas enanas en los ojos, que le brillan desde la primera vez que los abrió.

Bebé elefante muy muy pequeñito, con los párpados

que ahora poco a poco va cerrando, pues lo vence el sueño;

una abeja lo lleva hasta el frescor de la sombra de una brizna de hierba y allí,

se abraza a su hombrecito de peluche,

que le sonríe,

a medida que se pone el sol otro día en su mundo feliz

y sale la luna por entre nubes de regaliz, y cae

una fina lluvia de verano, dulce y olorosa como polvos de talco y miel recién hecha.

Él es la llama que ilumina todo este mundo, en sus ojos duerme el gran sol que acaricia nuestros

rostros esta mañana,

abarcando su piel siempre delicada la esperanza de este mundo;

aunque pasen miles de años, la esperanza a pesar de los pesares,

y el sentido infinito de las cosas metido, como el secreto que es, en el centro de todas ellas;

en su cuerpo pequeño y redondito que la brisa y las nubes abrazan por siempre jamás.

¡Dulces sueños, pequeño elefantito!

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