Resolución

Cuando nos encontramos a nosotros mismos en una de la mitad de las situaciones que tenemos destinadas para todo lo largo de nuestra vida, concretamente en la mitad de situaciones desfavorables, indignantes, injustas, etc. (y digo la mitad siendo benévola), se supone que es en contra de nuestra voluntad pero, aun siendo así, tenemos cierto margen, seguimos conservando nuestra libertad esencial.

Eso es lo que he aprendido tras leer mucho de lo que enseñan muchos psicólogos cognitivos, escritores, autores inspiradores, reputados ejemplos vivientes de resiliencia y superación, etc. Pero una cosa es leerlo, entenderlo, y otra es aprenderlo.

Las cosas sólo se aprenden cuando se experimentan.

Yo no puedo reclamar saber lo que realmente ha querido decir nadie, el significado recóndito y verdadero en el corazón de sus palabras. Sólo puedo saber lo que yo he aprendido.

Y puedo recordar y recitar que, según la sabiduría y la moral popular, lo que cuenta es, aunque no se haya ganado, haberlo intentado.

Pero lo que yo sé ahora es que, muchas veces, ni siquiera se nos da la oportunidad ni la ocasión de intentar nada. Ni siquiera nos es dado pasar a la acción, no ya para reconquistar lo que era nuestro, sino siquiera para trabajar por ello.

Entonces, más allá de la acción, y en un plano infinitas veces superior -diríamos que, casi, en el plano supremo- está lo que diferencia al ganador del perdedor: quizá no ya haber desenvainado la espada, sino haber decidido hacerlo.

La resolución. La resolución es lo que nos eleva al cielo que siempre resplandece azul en un día eterno por encima de las nubes que engañan nuestro corto entendimiento.

La resolución: el ánimo de haber hecho algo; la voluntad de hacerlo, ese germen mágico de cualquier acción. Porque podemos actuar sin decisión ni convicción, pero, porque muchas veces en la vida lo hacemos así, sabemos que es una acción huera, desapasionada, indiferente para nosotros mismos y para el mundo. Es la acción de una marioneta que se mueve según el tirón de los hilos.

Sin embargo, la acción de un hombre convencido ¡qué insustituible es! ¡Qué admirable, qué auténtica! Y el convencimiento mismo, aunque no produzca acción, ¡qué inmune al fraude y a la mixtificación!

El convencimiento produce incluso música, si le prestamos oído de verdad.

Sólo el hombre puede actuar con convencimiento.

Sólo el hombre puede estar convencido, sólo él puede honrar de esta manera sus ideales, su brújula interior.

Así es: hoy en día, en este mundo de farsantes: si no la libertad de obra, sí la libertad de creencia en nosotros mismos.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s