Hay un sueño acerca de un niño muy pequeño.

Este sueño existe

en una tarde de lluvia algodonosa, una tarde de domingo,

la tarde que se desliza, la tarde se va deslizando

entre lluvia algodonosa y un olor de bizcocho de nata y limón

algo suave y caliente que va arrullando ese sueño

en la cabeza de una dama siempre sentada al pie de un árbol, que imagina

o sueña, porque dormita

a un niño muy pequeño que vislumbra tras la turbia cortina del agua.

Un niño que desde lo alto, salta,

inconsciente de su poder y de sus alas, porque a la par que salta

vuela, vuela, y va allá donde él quiera

sin necesidad de desearlo, sólo porque él puede, aunque no lo sabe.

Mientras la tarde se desliza, se desliza, se va deslizando

en el blando tobogán de la lluvia de domingo,

queda la imagen de ese niño de ojos azules, como aquél que

a cierta devota solitaria, le fue dado como regalo

y no porque lo mereciera, y no porque fuera ella especialmente buena,

sino como consuelo para su vida humana,

un pequeño paráclito diminuto mas enorme en la promisión,

como este otro pequeño niño sin nombre que existe en ese sueño

de una tarde de primavera que se desliza sin dejar rastro.

 

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