Aquí, en este baúl, ved un batiburrillo de cosas,

las que me he encontrado mientras he seguido buscando por todas partes lo inasible, lo inefable, lo que está más allá de las cosas.

Imposible no amar también un poco todas estas pequeñas, diminutas, humildes cosas,

las que me he ido topando entre el barro, entre la hierba, entre las cañas, entre las flores, entre la basura,

mientras rastreaba y hurgaba buscando lo absoluto, lo eterno, lo incorruptible, lo que está más allá de los nombres.

Sigo buscando; es por eso por lo que veis mi colección un poco mayor cada vez.

Pues no siempre encuentro cosas que quiero guardar, pero sí a menudo,

porque ellas me recuerdan que he buscado y que sigo buscando.

Imposible no haberme aferrado también a estas baratijas, a estos caprichitos que me ha dado el mundo.

Un juego de café en miniatura, una muñeca de porcelana con la oreja rota,

un dibujo de ceras hecho por un mocoso o un mono loco,

zapatillas de ballet que nunca supe usar,

bobinas de hilo con hebras deshilachadas,

papeles de seda, paquetes de regalo abiertos tiempo atrás.

Fotos en blanco y negro metidas en una caja y conservadas debajo de cualquier cama,

con protagonistas que se escapan por las rendijas de tarde en tarde, y olor a naftalina al abrir los cajones, aunque ya estén vacíos.

Una casa con las ventanas abiertas, con doscientos mil millones de recuerdos y cuatrocientos poemas

ensartados como cuentas de rosario en un imperdible con el cabezal rosa pálido,

sujetando la mantilla que arropa al dulce bebé.

Y a veces, en ciertas perdidas ocasiones,

aunque las nubes se agolpen y dominen todo el espacio desde la punta de mi nariz hasta el final del horizonte,

a lo largo del arco iris y más allá de él,

una luz en forma de línea cartesiana, que corta milagrosamente el aire, que aparta de su camino el polvo flotante,

que espanta la suspensión de las partículas y desafía, al quedar siempre quieta, el paso y el peso del tiempo;

una luz enana y pequeña que llega desde muy lejos pero también desde muy cerca;

una luz que ilumina mi camino y se derrama sobre todas las cosas que poseo y las que aún tengo por encontrar y poseer;

una luz que no siempre se muestra, mas no porque alguna vez se apague, sino sólo porque no sea el momento de que yo la vea.

Una luz que parte el espacio, marca el rumbo, o quizás sólo lo insinúa, con lo cual ya basta.

Sé lo que veo, porque lo he visto, ¡sí!, lo recuerdo.

Recojo mis miles de cosas, mis quinientos poemas, mis ochocientos trillones de recuerdos,

sigo el recuerdo de la luz de luciérnaga, que titila, que me engaña, que es como un espejismo o bien alucinación,

desafiándome a seguir creyendo que un día la vi y que, por tanto, la volveré a ver.

Una luz pequeñita que late como un corazón, el faro del mundo sin corazón,

que, sin embargo, por masivo que sea, no puede ni por un segundo opacarla, ni embrumar en mí su divino recuerdo.

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