Tengo una vecina nueva, se acaba de instalar.

Es pequeñita y calladita, es primera bailarina en el ballet real.

Los suelos son de papel, cada vez que da un paso tiembla el aire de todo el edificio.

Tip tap tip top

suenan los pasitos de la diminuta bailarina con sus zapatillas de raso y su suave tutú.

No dice ni pío la bailarina, no se le siente, no se le oye,

y casi ni se la ve.

Pero cada vez que da un paso

(tip tap tip top)

tiemblan las motitas de polvo de debajo de mi cama,

tiembla el zumo en mi licuadora,

tiembla el agua que flota en el aire de mi casa.

Porque sus pasitos son muy pequeñitos y no se oyen, pero

son tan delicados, son tan precisos, que hacen música

y todo baila a su alrededor, aun sin querer.

Las motitas de polvo, el zumo de mi licuadora, el agua que acabo de respirar

todo ello se pone a sus órdenes y tiembla, gira y da vueltas

de una forma y manera que yo no puedo interpretar.

Y todos los días, cuando ella practica,

a pesar de que no dice esta boca es mía,

todo el tiempo se tiene que parar, la tierra se tiene que detener, el sol tiene que seguir el ritmo que ella marca.

Y yo no puedo leer, ni puedo pensar, ni puedo comer,

sólo puedo mirar hacia el suelo y hacia el techo, que tiemblan,

sólo puedo sujetarme el pelo, que flota,

sólo puedo quedarme sentada y mirar,

esperar a que ella deje de bailar,

la pequeña bailarina que a mi edificio se acaba de mudar.

Tip tap tip top

tip tap tipitop.

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