Tierra

La tierra se sentía hermosa porque era hermosa.

El viento la acariciaba, la lluvia la besaba, el sol la bañaba.

Dios la había bendecido. Era su criatura bienamada y en ella hallaba Él complacencia.

Los pies la hollaban sin que ella lo sintiera apenas; era fuerte, sólida, era íntegra. Jamás sufría dolor que no fuera irreparable.

A veces creía hundirse, caer (¡sí! ¡también la tierra a veces quiere gritar “Tierra, trágame”!) (¡sí! ¡También la tierra tiene sueños en los que se siente caer!) y sentía vértigo. Pero siempre acababa cayendo sobre sus fuertes raíces.

La magia misma de la que había nacido la aguantaba, la sujetaba. Era una manifestación más de amor, quizá la más grande del más grande de los amores: aquél que la había creado.

Un día, la tierra quiso ser algo más que tierra. Sentía que tenía que haber algo más que pasar los días simplemente siendo hermosa y disfrutando de todos los dones y la gracia con que era regada, bañada, acariciada y adormecida sin cesar.

Ser algo más. He ahí un ansia tan primitiva como el tiempo, desde mucho antes de la primera Eva que quiso también ser algo más.

Un anhelo inexplicable.

La tierra acunó tanto tiempo este deseo, que un día, al cabo de mucho, mucho tiempo, supo que se había cumplido.

Algo estaba a punto de suceder, y algo había comenzado a suceder.

Un gran temblor la agitó, un gran pavor la conmovió.

Se sintió romper, se sintió arder.

Temió la destrucción y el fin de su vida tal como la conocía.

Nadie le había dicho que la transformación sería tan insoportablemente dolorosa.

Le crecieron grietas y borbollones, se le abrieron simas y se deformó su superficie, antes tan lisa y tan placentera.

Pensó que nadie querría ya más tocarla ni dejar que ella los sostuviera.

Hasta que se vio cubierta de flores, como pequeños filamentos. Eran diminutas, como capilares de color verde. Pero estaban allí, inconfundiblemente vivas.

Y se vio cubierta de ramitas que luego, con el tiempo, fueron árboles.

La tierra ya nunca volvió a ser la misma y jamás olvidó todo aquel dolor.

Pero aquel dolor pertenecía a algo que ya no era ella, algo distante y distinto.

Ahora estaba ella, distinta pero hermosa, y si no era hermosa, estaba cubierta y habitada por cosas hermosas.

Criaturas hermosas que darían lugar a más criaturas hermosas

Hasta el fin de los tiempos.

Y nada se hundió, y nada se destruyó, y todo dio lugar a otra cosa que antes no existía.

Y todos ellos fueron más de lo que al principio eran.

(En última instancia, la tierra comprendió que era eso: tierra, ¿comprenden?)

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