La lista (14)

, se sintió un poco mejor en la línea zigzagueante habitual de su estado anímico, y la cosa no hizo sino mejorar cuando su padre la condujo de vuelta al campus.

Fue un largo rato jodidamente extraño en compañía de aquel hombre taciturno que la quería; no sabía si más o menos que a su difunta hermana, pero ésta era una pregunta que ella jamás le haría y en la que no solía pensar, sinceramente. Él le echó un par de ojeadas de ceño fruncido, siempre a punto de decir algo o de preguntarlo, pero sin llegar a abrir la boca más que para emitir ruidos articulados de los convencionalmente utilizados en una conversación banal cualquiera. Hablaron un poco de la asignación de Katia, ella le aseguró que tendría suficiente siempre y cuando no se retrasaran en el puntual ingreso de cada mes. Él le aseguró varias veces y de forma enérgica que tal catástrofe no se produciría.

Durante el viaje vibró su teléfono algunas veces, con el sonido indicativo de un nuevo mensaje. El padre hizo un amago de pequeña rebelión, la única en todo aquel tiempo, murmurando entre dientes algo sobre aquellos malditos aparatos modernos, pero la cosa no fue a más.

Era 3, claro, cosa que ella atisbó medio a escondidas cuando pararon para repostar y ella fingió que recogía algo del suelo, pero no tuvo tiempo de leer los mensajes, aunque el corazón le dio un vuelco.

“¿Qué pretende? ¿Qué quiere? ¿No es raro que un chico que acabo de conocer y al que sólo he visto una vez me siga enviando mensajes?”, se preguntó Katia después del vuelco de corazón, aunque lo que realmente quería expresar era esta otra pregunta: “¿Por qué me sigue enviando mensajes a mí? ¿No es raro que un chico que acabo de conocer y al que sólo he visto una vez esté mostrando interés en mí?”

Si le hubiera pedido a su padre opinión sobre este tema, él sin duda le habría respondido que estaba claro: porque ella era dulce, inocente, encantadora y preciosa y sabía esperar al hombre adecuado (cosa, esta última al menos, que a ella le dolería oír, por razones que no hace falta traer a colación).

Si se la hubiera pedido a Laura, que también conocía de vista a ese chico, ella le habría dicho a su vez que estaba claro también para ella: porque los hombres son así, ¿acaso no se lo habían demostrado aquellos otros chicos de tantas correrías nocturnas? ¿Acaso no lo sabía ella misma, Katia, y por eso había escrito aquella especie de velada autoconfesión en la que se echaba a sí misma a la cara nada más que toda la cruda verdad?

-Adiós, cariño, cuídate mucho y no te metas en líos -dijo su padre por fin.

-Adiós, papá -respondió ella con el entusiasmo debido a verlo marchar y a sentirse libre, por fin, una vez más, mientras decidía que tenía que desatar todos los nudos, cada uno una interrogante, referidos a número 3.

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