Archivo mensual: febrero 2014

Tengo una vecina nueva, se acaba de instalar.

Es pequeñita y calladita, es primera bailarina en el ballet real.

Los suelos son de papel, cada vez que da un paso tiembla el aire de todo el edificio.

Tip tap tip top

suenan los pasitos de la diminuta bailarina con sus zapatillas de raso y su suave tutú.

No dice ni pío la bailarina, no se le siente, no se le oye,

y casi ni se la ve.

Pero cada vez que da un paso

(tip tap tip top)

tiemblan las motitas de polvo de debajo de mi cama,

tiembla el zumo en mi licuadora,

tiembla el agua que flota en el aire de mi casa.

Porque sus pasitos son muy pequeñitos y no se oyen, pero

son tan delicados, son tan precisos, que hacen música

y todo baila a su alrededor, aun sin querer.

Las motitas de polvo, el zumo de mi licuadora, el agua que acabo de respirar

todo ello se pone a sus órdenes y tiembla, gira y da vueltas

de una forma y manera que yo no puedo interpretar.

Y todos los días, cuando ella practica,

a pesar de que no dice esta boca es mía,

todo el tiempo se tiene que parar, la tierra se tiene que detener, el sol tiene que seguir el ritmo que ella marca.

Y yo no puedo leer, ni puedo pensar, ni puedo comer,

sólo puedo mirar hacia el suelo y hacia el techo, que tiemblan,

sólo puedo sujetarme el pelo, que flota,

sólo puedo quedarme sentada y mirar,

esperar a que ella deje de bailar,

la pequeña bailarina que a mi edificio se acaba de mudar.

Tip tap tip top

tip tap tipitop.

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Sí, escribir, pensar, conseguir,

no cansarse nunca; es sin duda lo mejor.

Momentos en los que quisieras no morirte nunca, por la pura gloria que atesoran.

Sí, sí; eso sería lo óptimo, lo ideal. Sería maravilloso explotar todo tu potencial

como un cargamento de cartuchos de TNT y un detonador a distancia.

Sería fenomenal, tu destino por fin cumplido, todo al máximo común multiplicador hasta el enésimo cielo.

¡Hasta el Olimpo! ¡Hasta el Parnaso!

Singlar en esa mar de palabras en la que naciste sabiendo nadar.

Esas palabras que te serenaban, te daban paz.

Zopilote, lenguas de fuego, niña hermosa pero pobre, zapatito de cristal.

Pirindolos, enanitos, setas mágicas, siete cabritillas, bizcochos y caramelo,

una mano toda huesos,

habichuelas enterradas justo al anochecer.

Conflictos bélicos, revueltas, represión, dictaduras,

cenas de gala, vestidos de seda, grandes ingenios de la ciencia y la tecnología.

Palabras, palabras, benditas palabras entre las que nadabas

y que aun hoy guardas embotelladitas en un rincón muy secreto de tu propio lugar.

Y qué bonito sería sacarlas todas a pasear, o volcarlas en ese caldero todopoderoso y ver de ellas qué iba a brotar.

Pero a veces sólo ansías simplemente chapotear, poner tus pies a remojar

y que las palabras sencillas, sin significado, sin objeto, sin destino superior

te libren de la pesantez, del excesivo calor, de los trabajos y pequeñas infamias del día.

Nadar entre alosas y oír a los otos trinar junto con las milocas,

al alba aguardar siendo el adalid de una nueva batalla en un nuevo día,

y entre Calíope y Euterpe, en una zatara hasta los brazos de Morfeo dejarte arrastrar.

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Pa pa pa pa, tú eres mi felicidad cada mañana,

aunque me falte todo lo demás y con ello sólo pueda soñar.

Pin pan, pan pan, lo que aromatiza mi día, lo que me despierta y me hace levitar en lugar de arrastrarme.

Ca fé con toda mi fe

en un día en el que otra vez triunfaré,

aun en los días en que mi mente no ve motivos y me cuesta un triunfo levantar el brazo para beber.

Y aunque no pueda siempre terminar y sentarme durante horas y aun unas horas más

y tenga que ir, bajar, subir, hacer, abrir, arrancar, cerrar, recordar, anotar, llamar, encender, colgar, oír, soportar, apagar, salir, bostezar

tengo una promesa, una pequeñita para el día siguiente, tan al 99,9999999% como que va a salir el sol:

tú y tu sabor, tú y tu olor, tú y tu color,

la avanzadilla del bienestar y del buen humor,

mi simple sacramento de la dicha, hoy y siempre, amén

la cosa más divina del mundo y aun un poco más.

En los días de tormenta y cellisca, puedo confiar en ti.

En los días de temprana amanecida, vendrás tú a abrigarme,

tú y tú y tú, mis soldaditos, mi avanzadilla,

ayudándome a dar otra batalla por vencida.

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Tierra

La tierra se sentía hermosa porque era hermosa.

El viento la acariciaba, la lluvia la besaba, el sol la bañaba.

Dios la había bendecido. Era su criatura bienamada y en ella hallaba Él complacencia.

Los pies la hollaban sin que ella lo sintiera apenas; era fuerte, sólida, era íntegra. Jamás sufría dolor que no fuera irreparable.

A veces creía hundirse, caer (¡sí! ¡también la tierra a veces quiere gritar “Tierra, trágame”!) (¡sí! ¡También la tierra tiene sueños en los que se siente caer!) y sentía vértigo. Pero siempre acababa cayendo sobre sus fuertes raíces.

La magia misma de la que había nacido la aguantaba, la sujetaba. Era una manifestación más de amor, quizá la más grande del más grande de los amores: aquél que la había creado.

Un día, la tierra quiso ser algo más que tierra. Sentía que tenía que haber algo más que pasar los días simplemente siendo hermosa y disfrutando de todos los dones y la gracia con que era regada, bañada, acariciada y adormecida sin cesar.

Ser algo más. He ahí un ansia tan primitiva como el tiempo, desde mucho antes de la primera Eva que quiso también ser algo más.

Un anhelo inexplicable.

La tierra acunó tanto tiempo este deseo, que un día, al cabo de mucho, mucho tiempo, supo que se había cumplido.

Algo estaba a punto de suceder, y algo había comenzado a suceder.

Un gran temblor la agitó, un gran pavor la conmovió.

Se sintió romper, se sintió arder.

Temió la destrucción y el fin de su vida tal como la conocía.

Nadie le había dicho que la transformación sería tan insoportablemente dolorosa.

Le crecieron grietas y borbollones, se le abrieron simas y se deformó su superficie, antes tan lisa y tan placentera.

Pensó que nadie querría ya más tocarla ni dejar que ella los sostuviera.

Hasta que se vio cubierta de flores, como pequeños filamentos. Eran diminutas, como capilares de color verde. Pero estaban allí, inconfundiblemente vivas.

Y se vio cubierta de ramitas que luego, con el tiempo, fueron árboles.

La tierra ya nunca volvió a ser la misma y jamás olvidó todo aquel dolor.

Pero aquel dolor pertenecía a algo que ya no era ella, algo distante y distinto.

Ahora estaba ella, distinta pero hermosa, y si no era hermosa, estaba cubierta y habitada por cosas hermosas.

Criaturas hermosas que darían lugar a más criaturas hermosas

Hasta el fin de los tiempos.

Y nada se hundió, y nada se destruyó, y todo dio lugar a otra cosa que antes no existía.

Y todos ellos fueron más de lo que al principio eran.

(En última instancia, la tierra comprendió que era eso: tierra, ¿comprenden?)

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La lista (14)

, se sintió un poco mejor en la línea zigzagueante habitual de su estado anímico, y la cosa no hizo sino mejorar cuando su padre la condujo de vuelta al campus.

Fue un largo rato jodidamente extraño en compañía de aquel hombre taciturno que la quería; no sabía si más o menos que a su difunta hermana, pero ésta era una pregunta que ella jamás le haría y en la que no solía pensar, sinceramente. Él le echó un par de ojeadas de ceño fruncido, siempre a punto de decir algo o de preguntarlo, pero sin llegar a abrir la boca más que para emitir ruidos articulados de los convencionalmente utilizados en una conversación banal cualquiera. Hablaron un poco de la asignación de Katia, ella le aseguró que tendría suficiente siempre y cuando no se retrasaran en el puntual ingreso de cada mes. Él le aseguró varias veces y de forma enérgica que tal catástrofe no se produciría.

Durante el viaje vibró su teléfono algunas veces, con el sonido indicativo de un nuevo mensaje. El padre hizo un amago de pequeña rebelión, la única en todo aquel tiempo, murmurando entre dientes algo sobre aquellos malditos aparatos modernos, pero la cosa no fue a más.

Era 3, claro, cosa que ella atisbó medio a escondidas cuando pararon para repostar y ella fingió que recogía algo del suelo, pero no tuvo tiempo de leer los mensajes, aunque el corazón le dio un vuelco.

“¿Qué pretende? ¿Qué quiere? ¿No es raro que un chico que acabo de conocer y al que sólo he visto una vez me siga enviando mensajes?”, se preguntó Katia después del vuelco de corazón, aunque lo que realmente quería expresar era esta otra pregunta: “¿Por qué me sigue enviando mensajes a mí? ¿No es raro que un chico que acabo de conocer y al que sólo he visto una vez esté mostrando interés en mí?”

Si le hubiera pedido a su padre opinión sobre este tema, él sin duda le habría respondido que estaba claro: porque ella era dulce, inocente, encantadora y preciosa y sabía esperar al hombre adecuado (cosa, esta última al menos, que a ella le dolería oír, por razones que no hace falta traer a colación).

Si se la hubiera pedido a Laura, que también conocía de vista a ese chico, ella le habría dicho a su vez que estaba claro también para ella: porque los hombres son así, ¿acaso no se lo habían demostrado aquellos otros chicos de tantas correrías nocturnas? ¿Acaso no lo sabía ella misma, Katia, y por eso había escrito aquella especie de velada autoconfesión en la que se echaba a sí misma a la cara nada más que toda la cruda verdad?

-Adiós, cariño, cuídate mucho y no te metas en líos -dijo su padre por fin.

-Adiós, papá -respondió ella con el entusiasmo debido a verlo marchar y a sentirse libre, por fin, una vez más, mientras decidía que tenía que desatar todos los nudos, cada uno una interrogante, referidos a número 3.

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Sin escribirlo ni encenderlo, hoy sólo pido

por una coma como ésta —-> ,

pido por una cabeza de alfiler o por la cuarta parte del aire que pasa por el ojo de una aguja,

pido por la mitad de un granito de arena y por el dedo meñique de una gota de agua,

pido por un segundo de oxígeno entrando en el corazón de una flor,

pido por aquel rumor que no estás seguro de haber oído.

Pido por el rayo de sol que resplandece en medio de la noche de luna,

pido por la cabecita verde de la planta que se abre camino a través de dos palmos de nieve,

pido por lo diminuto, por lo precioso, por lo mágico y maravilloso.

Pido para que sea un océano, una nube -blanca o gris, no importa-,

pido para que sea el acero de una espada, para que sea un trueno, un vendaval,

pido para que sea el sol de primavera, pido para que sea la floresta y el edén,

pido para que sea la montaña del desierto y el amanecer boreal,

pido por lo grande, lo precioso, lo mágico y maravilloso, pido por lo prometido y lo concedido.

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