La lista (13)

Le llevó un buen rato dejar constancia por escrito de sus andanzas con el sexo opuesto en aquellos últimos meses, y eso que se saltó toda la parte referente a 2, porque ya la había escrito desde su apartamento del campus.

Lo hizo desde un punto de vista lo más científico posible. Se obligó a sí misma a escribir como si todo aquello le hubiera pasado a otra persona, y se dio cuenta de que así podía hacerlo muchísimo mejor. De hecho, al cambiar de modus cogens pudo parar las lágrimas que amenazaban con estropearle el cutis y, de paso, la moral.

“Menuda tonta estás hecha”, le dijo a aquella otra persona sobre la que estaba escribiendo.

Cuando terminó todavía no tenía sueño, es más, se sentía más espabilada que antes, por lo cual lo leyó todo y aprovechó para editar alguna que otra palabra, pero nada digno de mención. Lo quería en estado puro: sanguinolento, crudo y recién matado, como una chuleta de dos dedos de grosor que es lo más parecido a comer como nuestros antepasados de las cavernas.

Mientras releía, se le ocurrió una “idea genialísima”, como luego se la describiría a Alicia: poner nota a cada una de sus conquistas. Y añadió un apéndice, independiente del texto principal y por tanto constante e indefinidamente revisable y prolongable, en el cual compartimentaba los factores decisivos que habían subido o bajado la calificación de cada candidato a la mejor nota:

“Se ha valorado el físico (estado de conservación general, musculamen, agradabilidad de las facciones, cantidad y calidad del pelo en cabeza y otras partes del cuerpo; además, medición cualitativa y cuantitativa del miembro viril); técnicas amatorias; ingenio y creatividad; personalidad; pertenencia o no a equipos deportivos, calificando siempre al alza la pertenencia; estatus socioeconómico -ante la finitud del espacio de tiempo compartido con los sujetos, se han utilizado como casi únicas variables la generosidad del sujeto a la hora de convidar a la observadora a libaciones alcohólicas, así como, en algunos casos, aspecto, tamaño y fastuosidad generales de sus aposentos-; y vigor durante la práctica, con puntos positivos por hematomas o irritaciones corporales varias ocasionados a la observadora”.

Le pareció que así ya estaba bien.

Al número 1 le puso un ocho.

Al 2, le puso un cero.

Sobre el 3 no escribió nada porque todavía no se habían acostado y no le parecía que unas conversaciones de texto que borraba nada más terminar, por lo sonrojantes, fueran material propio para aquel estudio.

Al número 4, primero, le puso un cinco; se dijo que le habría puesto más, pero era un poco feo y le daba vergüenza admitir que lo había pasado bien con un tipo feo. Aunque luego se acordó de que cumplía el requisito de pertenencia a equipo deportivo y de que, además, era un miembro destacado -y tenía un ídem, el chaval- por lo que le subió la nota a un seis.

Cuando se hubo quedado satisfecha, guardó todo en el pen drive que siempre llevaba enganchado a su llavero, borró del disco duro el cuerpo del delito, apagó todo y volvió a la cama.

Al día siguiente,

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