La lista (12)

Entre unas cosas y otras, fue pasando el tiempo, como de costumbre, y así llegaron todos a la vez al umbral de las festividades habituales de otoño e invierno, sobre todo Acción de Gracias y Navidad. Y había que detraerse del flujo de la vida de la universidad y de los estudios (sólo en un porcentaje muy pequeño eran la misma cosa, al menos para Katia) y visitar a la familia, con quienes hablaba menos que nunca desde que empezó su nueva vida.

Se despidieron las amigas, cada una con destino a su casa. En la pequeña ciudad de Katia, situada al norte, ya había caído la primera nevada del año y, sinceramente, no temblaba de emoción por encerrarse en un hábitat tan provinciano, austero y gélido -en todos los sentidos- como se le representaba en su imaginación y, en una parte muy desvaída y distorsionada, también en su recuerdo. Sin embargo, se encontró con que sus padres, especialmente su padre, estaban locos de contento.

Fueron a buscarla los dos al aeropuerto y los vio tan emocionados como si ella fuera Santa Claus y ellos unos niños cada uno con su calcetín lleno de mucha ilusión.

-¡Ya está aquí la princesa de la casa! -exclamó el padre al abrazarla.

La vieron más delgada, seguramente no comía bien; le preguntaron mil veces las mismas cosas, los estudios, los trabajos que tenía que entregar, ¿ya se había puesto a buscar algún trabajo para el verano? No le preguntaron si se había echado algún novio, pues no eran partidarios de que empezara ninguna relación seria antes de graduarse; ellos mismos se comprometieron mucho después de eso, y los presentó el padre de su madre, que quería casarla bien, y él era un chico muy prometedor en la pequeña sociedad de aquel condado.

La cena fue recogida y casi normal, aunque el menú no lo fuera. La cocinera se había esmerado eligiendo el pavo y cocinando el plato principal y todas las delicias típicas de aquella festividad. La foto de la difunta hermana de Katia presidía la repisa de la chimenea, como siempre, y la madre había puesto una vela a cada lado, en candelabros de plata muy bonitos, a modo de custodia, pero, como eran ya muchos años desde su muerte, no hubo momentos de emoción potencialmente embarazosos. La hermana estaba tan guapa como lo había sido en vida y como siempre lo estaría, allí, a sus 18 incorruptibles años; ya era la hermana menor, y cada vez lo sería más. La muerte la había elevado de perfecta a sagrada, como suele suceder con algunos hijos demasiado amados.

Pero rara era la ocasión en que Katia pensaba en su hermana; casi ni se acordaba de ella, la verdad. Aunque jamás se atrevería a decir eso en presencia de sus padres.

-Nos tenías un poco preocupados últimamente. Como no llamabas mucho… -dijo su madre.

-Nuestra Katia estudia mucho; eso es lo que le dije -intervino el padre, dirigiéndose a Katia y guiñándole el ojo.

Katia había accedido a arreglarse de forma especial y clásica en deferencia a ellos. Total, sólo iba a estar allí dos días, y ya estaba deseando volver. La casa seguía siendo su casa natal, pero el ambiente solitario de aquella ciudad provinciana y de aquella casa era cada vez más opresivo.

Alicia publicó algunas fotos de sí misma en medio de lo que parecía una populosa y animada celebración. En unas, pasaba el brazo por los hombros de un chico nada feo y le hacía morritos. Katia no conocía a su familia, pero se imaginó un círculo liberal y progre en el que a la hija le estaba permitido invitar a un amigo sin que ello implicara que hubiera planes de que se convirtiera en el padre de sus hijos. Laura no publicó nada; Katia se preguntó vagamente si coincidiría con Alex de forma fortuita o deliberada.

Quiso volver a leer aquellos apuntes que había hecho al desgaire, pero, por desgracia, no los había escrito en la nube, sino en un anacrónico documento de texto que había guardado en el disco duro de su portátil -el cual no había traído consigo.

3 parecía haberse olvidado de Katia, y se encontró a sí misma echándolo de menos de una manera que le pareció vergonzosa e impropia de sí. Le mandó un par de mensajes preguntándole qué tal su Acción de Gracias. Para su alivio, él le contestó casi inmediatamente:

“Estoy bien, gracias, pero creo que estaría mucho mejor si pudiera pasar este día contigo”. Y a continuación, como si le hubiera leído el pensamiento: “No creas que no me acuerdo de ti, pero no quería molestarte porque estarás con tu familia. Gracias por el mensaje. Beso”.

Se sintió un poco mejor, pero no podía sacudirse de encima aquel sentimiento mezcla de desazón y complejo de náufrago en islote desierto. Aquella noche no pudo dormir y, cuando se aseguró de que sus padres ya se habían retirado y el servicio se había marchado a casa -ya no tenían personal interno, era un engorro y una merma de la intimidad, decían sus padres-, se escabulló de su habitación y se metió en el estudio, que ya nadie usaba, porque a sus padres nunca les gustó usar el ordenador. Por supuesto, no tenían conexión a internet ni usaban las modernas tecnologías de comunicación, las cuales consideraban propias de la plebe y de gente estrecha de mente.

Pero el ordenador funcionaba y estaba razonablemente actualizado. Katia lo encendió, abrió el procesador de textos y se puso a escribir sobre Alex, el número 1.

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