La lista (11)

Aquel fin de semana inyectó en Katia la energía de la que se había visto tan repentinamente desposeída, y casi, casi borró los recuerdos turbios asociados a la vida nocturna y al famoso local S. Los borró, de cualquier manera, lo suficiente para inspirarle la urgencia de volver.

Mentalmente, había asignado al chico de la galería de arte la nomenclatura “3”. Ahora casi se alegraba de haber trasoído su nombre; no cabía la posibilidad de que fuera más exótico y más único que el que ella le había dado en su nuevo bautismo.

El intercambio de mensajes con 3 no acabó ahí, como habría sido típico y tópico en una comedia romántica de sobremesa de domingo en cierta cadena de televisión; no acabó con un recuerdo nostálgico e idealizado, por fuerza del tiempo, de un encuentro de carácter puramente platónico ni de las cábalas sobre lo que habría podido ser y nunca fue; no, siguieron enviándose mutuamente mensajes de texto, preferiblemente a mediodía y para decir nada de particular y todo en general, nunca menos de dos ni más de cuatro por cabeza, pero casi siempre terminados con el icono de unos labios pintados de rojo (también en el caso de él, aunque alternaba aquellos con otros de ramos de rosas y guiños picarones). Katia ignoraba si aquello llevaría a alguna parte, pero, la verdad, tampoco le preocupaba mucho.

Lo que sí empezó a preocuparle, cada vez más, fue el plan de aquel fin de semana en el que, ya lo hemos dicho, tenía ganas de marcha no opacadas por ningún recuerdo. No hubo muchos motivos de preocupación, puesto que aquel jueves, Alicia sacó el tema:

-Este finde salimos, ¿no?

Tan sencillo como eso, y realmente no hubo mucho más que decir salvo que aquel viernes por la noche, Katia, Alicia y otra chica -amiga o algo de Alicia- estaban en S. dispuestas a dar guerra.

Sobre todo, Katia y sus esfuerzos se vieron sobradamente recompensados.

La cosa empezó con muchas, muchas bebidas cortesía de un grupito de chicos altos y espigados. Ninguno le pareció muy atractivo, pero su indiferencia pasó a franco interés cuando se dio cuenta de que, debajo de la cazadora, uno de ellos llevaba puesta una camiseta con el logotipo del equipo de baloncesto.

-Vaya, tienes unos granitos muy atractivos -creyó recordar haberle soltado a uno de ellos, quien se ruborizó de inmediato; seguramente no era algo que hubiera oído muchas veces.

Las tres estaban muy borrachas ya, y la que más, Katia. No recordaba haberse ido de la fiesta con el chico alto de los granos. Sí recordaba haberse convencido a sí misma de que un chico así, tan agradecido por haber pescado una tía buena como ella, ni en sus sueños más etílicos osaría echarla a patadas de su habitación después del acto, ni tirarle el bolso por el balcón. Recordaba una oleada de cálido agradecimiento al destino por ello.

Esta vez se fueron a la habitación de ella. Cuando Katia cogió su móvil y lo miró -para hacer tiempo mientras el chico se “refrescaba un poco” antes- vio que había dos mensajes de 3.

“Te echo de menos”. Beso.

Salió de la pantalla de la conversación con 3 y le mandó un mensaje a Alicia:

“Novengs aora a habtcion tng chico aki SEXXXXOXOOOOOO”

y luego pensó que era verdaderamente una fuera de serie, y que Alicia tenía que saberlo:

“Cn lo pdo k stoi y todo h lgrado llvarm a la cm a jgdor d bsket cn PREMIOSSSSS”

y ya no recordaba nada más.

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