La lista (10)

No, no estuvo mal el fin de semana de aventura en la gran ciudad. Al fin y al cabo, encontró un vestidito negro de fondo de armario ideal, en sustitución del que se le ensució de vodka aquella vez, y vio la puesta de sol -y la salida del sol; pero no tras una noche de jarana, sino tras una de insomnio; le pasaba, de vez en cuando-, magnífica, sobre el melancólico, por decadente, pero todavía impresionante puerto. Sin embargo, no pudo evitar volver con el recuerdo una y otra vez a la misteriosa y casi mística experiencia habida en aquella galería de arte.

¿Y si volviera…? ¿Y si volviera, sin decirle nada a Laura?

Pero aquello no podía ser. Laura se daría cuenta inmediatamente. Sólo eran ellas dos.

La anciana prima les agradeció su visita muy efusivamente, y elogió a Laura la “amiga tan educada y tan amable” que tenía. “¿Y si un día yo llamara a la prima de Laura y le pidiera por favor poder quedarme otro fin de semana aquí, para así…?” No; la idea le cruzó la cabeza y, en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pensando, ella misma la disparó hacia fuera de su cráneo, como una bala de parte a parte.

Por todo eso, igual que salir del campus había sido un alivio, volver a él fue otro, de una manera un tanto inquietante y bastante inexplicable, de modo que Katia renunció a intentar explicarlo.

Alicia tampoco había pasado el fin de semana en el campus, y el reencuentro se produjo en medio de un clima de absoluta indiferencia. Alicia parecía emocionada y contenta por algo, pero a Alicia poco le hacía falta para estar así; tan sólo sus pastillas de consumo habitual, puntualmente cada vez que sentía la necesidad de tomarlas.

Sin embargo, todavía quedaba una sorpresa para Katia. Aquella noche, cuando deshizo la maleta y se puso a colgar en su percha la ropa que había llevado aquel día de la galería de arte, un pedazo de papel se deslizó hasta el suelo.

Escrito en él, con dígitos redondeados y ligeramente inclinados hacia la derecha, había lo que sólo podía ser un número de teléfono. No figuraba ningún nombre, pero Katia supo al instante que se trataba del número de teléfono del misterioso desconocido con el que había compartido el visionado del Jesucristo posmoderno.

Su segundo impulso fue tirarlo a la basura; hizo caso del primero, que fue guardarlo en un compartimento secreto de su billetera, preguntándose si alguna vez tendría oportunidad de usarlo.

Y entonces cayó en la cuenta de que vivía en el siglo XXI. Cogió el teléfono móvil y rápidamente tecleó un mensaje que le salió casi solo y que, traducido a lenguaje normal y convencional con todas sus letras, decía así:

“Gracias por una experiencia cuasi religiosa y muy artística. Katia”.

Hecho esto, dejó el móvil en su mesilla, pero casi al instante oyó el pitido de aviso de entrada de mensajes:

“Gracias a ti. Pensé que moriría sin saber tu nombre. ¿Volveré a verte?”

“Sí”, pensó Katia, pero no respondió de momento. Sabía que había que dejarlos con las ganas.

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