La lista (9)

La estancia estaba completamente a oscuras. Katia sintió un pinchazo de… ¿miedo a la oscuridad? ¿Miedo a lo desconocido? El desconocido le había dejado paso, y ahora apoyaba una mano en el centro de su espalda, como apremiándola a seguir adelante, o quizás como gesto de protección. Le vino una oleada, breve pero intensa en su poder evocador, de la misma desvalidez que sintió en el momento en que número 2 la echaba de su casa después de utilizarla para satisfacer sus apetitos carnales. “Pero ahora no estás allí, y éste no es 2”, se dijo.

Apenas acababa de visualizar esa frase, cuando se dio cuenta de que la estancia tenía forma de L y no estaba, de hecho, completamente a oscuras; había una luz de color cambiante, como un arco iris en constante movimiento o un caleidoscopio de tamaño gigante danzando a unos metros de ellos, adentro y desde el fondo del brazo más largo de la L, como si estuvieran en la boca de una ballena y la luz proviniera de su estómago. “Un anillo de diamantes”, pensó. Si era así, sería el mejor amigo que fuera a tener nunca una chica como ella.

La mano del desconocido ejerció una amable presión sobre el delicado espacio vacío entre sus omóplatos, apremiándola a seguir una vez más.

La estancia no tenía columnas ni vigas, y, al dar la vuelta a la esquina de la figurada L, Katia vio que, a pesar de que aquel ambiente le había hecho pensar que estaban solos, de hecho, no lo estaban; al fondo de la larga nave central de la estancia se agrupaban muchas personas de diferentes alturas y dimensiones –algunos eran enanos; en realidad, muchas personas le llegarían a ella a la cintura–, y lo que ella había imaginado ser un fabuloso diamante que refulgía de colores no era sino una vulgar pantalla que reflejaba una proyección. La pantalla ni siquiera era firme ni de sólido aspecto, sino que, como pudo comprobar cuando se acercó más, era una especie de sábana (mal) desenrollada y no del todo plana, como las pantallas que solían usar en el instituto cuando les ponían algún aburrido vídeo de contenido pretendidamente educativo.

-¿Dónde estamos? -preguntó, resistiéndose a abandonar su papel de pretendida pero encantadora sorpresa, como Alicia en el País de las Maravillas.

-No te diré que soy el autor de ninguna de las obras, pero sí se un poquito sobre esta exposición y te puedo asegurar que has acertado al venir aquí. Hay obras muy interesantes -dijo, guiñándole el ojo. -A mí, personalmente, la que tienes ante ti me parece fascinante.

Entonces se acercaron los dos, y Katia vio que las personas que había tomado por una asociación de enanos eran sólo personas sentadas en el suelo; incluso vio alguna persona echada en decúbito prono con los codos hincados en el suelo y la cabeza inclinada sobre las manos, y hasta alguno que estaba totalmente tumbado, en relax absoluto, y quizás hasta –según le pareció oír– roncando. A nadie le parecía importar. Imperaba el buen rollo total y entonces también ella empezó a notarlo, borrando de su retina la horripilante imagen de la cutrepantalla mal desplegada.

La luz de la proyección parecía emanar directamente desde el techo, desde un lugar situado muy atrás. En aquel momento, lo que se veía en la pantalla era un hombre casi totalmente desnudo -había un pixelado, o un borrón con aspecto de defecto de la película donde se había imprimido el filme, en el lugar estratégico-, flotando en una especie de fluido acuático ondeante, con los brazos totalmente extendidos en cruz. Aparte de la entrepierna, la cara tampoco se le distinguía bien. La película carecía de banda sonora, con la única excepción de un sonido que pretendía ser de burbujas.

-¡Vaya! -acertó a decir Katia.

No preguntó “¿qué se supone que significa?” ni -peor aún- “¿es todo el rato igual?” porque temía quedar en evidencia como una paleta rica delante de aquel interesantísimo desconocido, así que se aguantó las ganas y se quedó allí de pie, ni cerca ni lejos de la pantalla, limitándose a mirar y a fingir estar absorta en la contemplación y el desentrañamiento de la extraña proyección.

Al cabo de un rato, sin embargo, se dio cuenta de que le costaba cada vez menos esfuerzo quedarse allí, simplemente de pie, en compañía de aquel misterioso desconocido y de toda aquella gente. Al cabo de otro rato más, sorprendentemente incluso para sí misma, dejó de importarle el significado y el sentido de aquel filme; incluso dejó de importarle si era importante o no estar allí viendo aquella obra de arte o paja mental. Sencillamente, estaba allí.

Se giró ligeramente a la derecha. Miró al chico y vio que él ya la estaba mirando.

-Lo sé -murmuró él. Ahora compartían algo, aunque Katia no estaba segura de qué. -Oye, ¿puedo invitarte a…?

-Ah, un Jesucristo posmoderno -dijo alguien de repente. Laura acababa de irrumpir junto a ella; mejor dicho, junto a ellos.

De repente, Katia volvió a sentir el hormigueo en los pies, subiéndole vorazmente por las pantorrillas, como siempre que estaba mucho rato seguido de pie. Y empezaron a pitarle los oídos; mejor dicho, el oído, el del lado por donde se había personificado Laura.

-Hola, Laura. Ésta es mi amiga Laura -dijo, y se dio cuenta de que no sabía el nombre del desconocido.

-Hola, soy… -Dijo un nombre, pero los oídos le pitaban demasiado ahora para poder oírlo. Su amiga le estrechó la mano al desconocido antes que ella.

-Bueno, tenemos que irnos -dijo Laura al cabo de un rato, y Katia la siguió sin hacer más preguntas ni casi despedirse del misterioso trajeado.

El tiempo parecía haber dado un salto adelante, o atrás, o algo; cuando salieron de la galería, Katia se dio cuenta de que le resultaba difícil pensar en la breve y extraña pero intensa experiencia de aquel cuarto oscuro como algo distinto a una incursión inexplicable a una dimensión desconocida. Quizá lo había soñado todo, pensó, pero esta impresión quedó desmentida cuando Laura dijo:

-No te preocupes, ya me darás las gracias más tarde por haberte librado de ese pelmazo. Joder, menudo callo, y además llevaba alzas en los zapatos. No sé qué me echa más para atrás, si los tipos bajitos, o los tipos bajitos que se ponen alzas para no parecerlo.

-¿En serio era así? Pues no me he dado cuenta. A mí me ha parecido un chico majo, y nada pelmazo.

Laura puso los ojos en blanco.

-¿Pero en qué mundo vives? Ese era un pringado de un colegio comunitario. Habrá alquilado el traje por un día y se habrá tirado el rollo de que es un cultureta de verdad, para ligar con incautas como tú. Anda que… ¡La de cosas que tengo que enseñarte!

Katia ya había empezado a pensar en aquel chico desconocido como “3”, pero pensó que tendría que revocarle la etiqueta y guardarla para otro.

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