La lista (8)

Estaban en la gran ciudad y tenían que montar en metro, lo del taxi lo tenían muy visto. Disfrutaron de la novedad y la emoción del hacinamiento, la sensación de sótano atiborrado, la indiferencia de la gente trabajadora que iba y venía con actitud de importarle todo y todos un pimiento. Laura llevó la voz cantante desde el primer momento, pues había estado varias veces en la ciudad, y decidió que irían al barrio bohemio-pero-chic, donde había una galería de arte moderno que estaba deseando visitar. Antes de entrar allí, se dejaron caer por una cafetería igual de chic, con precios acordes, donde Katia pidió un té de fresa y Laura, un cappuccino con mucha crema y con un donut (haciéndola merecedora de disimuladas miradas de envidia pero asco por parte de Katia).

A pesar del elevado precio de la entrada, la galería, aunque de relativamente reciente apertura, tenía ya cierta fama, y estaba concurrida como bar de copas en sábado noche. Descubrieron que tenía su propia cafetería, y Katia lamentó haberse tomado ya la bebida caliente de la mañana. Cogió uno de los folletos de la entrada. En realidad, no estaba ni la mitad de emocionada de lo que quería hacer ver -para contemporizar y para no ser tachada de paleta ignorante-, porque los museos y las exposiciones la dejaban totalmente indiferente. Aun así, los visitantes tenían pinta de ser gente respetable y elegante, lo cual compensó en parte su aburrimiento y la hizo adoptar una actitud más alerta. Afortunadamente, había elegido los pantalones negros nuevos y la blusa de encaje color crema, y había preferido los pendientes de perla en lugar de los modernos aros que acababa de comprarse. Y el pintalabios rosa pálido, aunque era el que menos usaba, le daba cierto aire preadolescente e ingenuo que casaba mucho mejor con aquel ambiente mundano y discretamente sofisticado que el rojo cereza que solía ponerse más a menudo.

-¿Qué me recomiendas? -preguntó a Laura. La galería tenía dos pisos y constaba de varios pasillos paralelos, iluminados en tonos cálidos, como de pre-puesta de sol, en cuyas paredes estaban expuestas las obras de la exposición vigente. Los pasillos eran muy largos, pero Katia creyó ver que no terminaban en pared, sino que detrás de ellas había una especie de galería.

-Tú misma -fue la única recomendación que le dio su amiga, antes de irse disparada hacia el primer pasillo empezando por la izquierda.

Resulta que era una exposición variada y, gracias al folleto, supo que era una exposición grupal de “jóvenes artistas urbanos contemporáneos”, lo que quería decir que eran todos artistas nacidos o radicados en la ciudad, quizá amigos o conocidos de los dueños de la galería. Había pinturas, fotografías, complicados cuadros hechos a base de origamis, imágenes estroboscópicas y otras para las que había que ponerse gafas para ver en tres dimensiones (éstas le produjeron cierto mareo) e ilustraciones que homenajeaban -o parodiaban- conocidos pósteres de películas de los años 40, 50 y 60. Uno de los artistas era un escultor moderno que hacía sus esculturas con objetos cotidianos, como pinzas para la ropa, televisores y reproductores de vídeo de los años 80, jarrones de plexiglás y redecillas para rulos, por ejemplo.

Estaba mirando una curiosa composición titulada “Agua para fregar París”, que consistía en una bola de nieve con una torre Eiffel en miniatura y un líquido gelatinoso verde parecido a un conocido producto lavavajillas, cuando una voz se destacó sobre el murmullo de voces que se acercaban y se alejaban y la reinante música de cámara de fondo:

-Si te dijera que lo he hecho yo, ¿me pedirías un autógrafo o me darías una patada?

Tardó un segundo en darse cuenta de que se dirigían a ella. Automáticamente, su cabeza comenzó a preparar una respuesta de fórmula para quitarse al charlatán de encima, cuando, al girar la cabeza, se encontró con uno de los ejemplares de hombre joven mejor acabados y más completos que había tenido el gusto de avistar en los últimos meses.

“Alex”, se le pasó por la cabeza. Fue menos que un relámpago; fue el chispazo minúsculo de una bengala de feria.

El chico no era ningún posadolescente; Katia le calculó entre 25 y 30 años. Alto, bien vestido, con gafas y corbata y un despeinado muy estudiado de su pelo trigueño, de una longitud media-larga también muy bien estudiada. Barba de tres días. No, aquél no era ningún pollo recién salido del instituto.

Ni tampoco se parecía en lo más mínimo a Alex, y mucho menos a 2.

-Te diría que, para decidirme entre las dos opciones, tendrías que enseñarme más -respondió por fin.

El chico sonrió -bonitos dientes, arrugas interesantes alrededor de los ojos- y dijo:

-No, no soy el artista, pero con gusto te enseñaré más. Sígueme…

Echó a andar hacia el fondo de la galería, hacia el final del pasillo. Ahora Katia pudo ver lo que desde la entrada de la galería no se alcanzaba a distinguir: un corredor perpendicular a los demás, donde la gente iba y venía, y festoneado por puertas distantes unos tres metros la una de la otra. El joven se dirigió a una de ellas y la abrió.

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