La lista (7)

La semana después de 2 fue atípica para Katia. Se concentró en estudiar y en sacar adelante los trabajos que tenía que presentar para un par de profesores. Necesitaba sacar buenas notas y no un mero aprobado. Nunca había sido una estudiante de matrícula de honor, pero tampoco del montón de los mediocres. De verdad quería sacar bien los estudios, de verdad había querido seguir estudiando. No había sido una chiquilla con la cabeza a pájaros, soñando con triunfar en Hollywood o en el próximo reality para cantantes. Ella no era ninguna tonta y siempre tuvo claro que, si no había destacado como estudiante, había sido porque no le había dado la gana de hipotecar su adolescencia por unas notas más o menos.

Pero aquel domingo, se levantó con una sensación extraña, un prurito de amor propio, a la vez que un vislumbre del futuro, del plazo largo. Creía haber soñado consigo misma con 25 años más. No era algo en lo que pensara a menudo, pero, al parecer, su subconsciente sí lo tenía en cuenta; su parte subconsciente sabía que, contrariamente a lo que su ego pensaba, no sería el primer caso de ser humano inmortal de la historia.

Así empezó su atípica semana. Apenas si usó Internet para nada más que los estudios, y repitió atuendo un día. No pensó en lo que haría el fin de semana.

El martes al anochecer, sola en su residencia, abrió por primera vez el documento de Word donde había dejado escrita la narración de la noche con 2. Sintió un arrebato insólito, no exactamente rabia, sino algo más profundo y más afilado. Algo que accionaba un nudo corredizo alrededor de su garganta, en algún lugar muy dentro de ella, al lado del corazón. Algo amargo y muy, muy antiguo. Cerró el documento y fue a lavarse el pelo. Luego llamó a su padre y después se fue a acostar, sin cenar, mientras sus compañeras de residencia veían la tele y daban fuertes risotadas. Hasta Laura estaba allí.

Precisamente Laura fue quien dio la sorpresa aquella semana. Era viernes cuando, por medio de un mensaje de texto, le dijo a Katia que estaba invitada a casa de una prima segunda que vivía en la gran ciudad. En realidad, era una prima de su madre, “una señora mayor”, dijo Laura con suficiencia, pero aquel fin de semana era su cumpleaños (la señora mayor cumplía 45) y la había invitado a pasar el día con ella. Y quería invitar a Katia. Quedaron en comentarlo luego, tomando un café.

-Sus hijos viven fuera y seguramente necesita compañía -dijo Laura, aunque no explicó cómo la buena y anciana señora nunca antes le había suplicado que fuera a visitarla, si tan necesitada de compañía estaba.

No sabía si a Katia le parecería buen plan. Tendrían que ser modositas, atenerse a las normas de la prima y no hacer demasiadas tonterías. Además, iban a tener que optar por formas de diversión poco escandalosas. A cambio, podrían disfrutar de todo lo que la gran ciudad tenía que ofrecer. Laura dijo que hacía tiempo que quería visitar una exposición de arte moderno, tema que le interesaba mucho y sobre el cual versaba una de sus asignaturas de libre elección. Podían marcharse el viernes después de las clases, y volver el domingo por la tarde, para la hora de la cena, o incluso más tarde, si lo estaban pasando bien y querían apurar el tiempo.

Katia vio el cielo abierto. El cuerpo y la mente le pedían a gritos alejarse del campus aunque sólo fuera por un día. Y la perspectiva de callejear por la emocionante gran ciudad e incluso de asistir a museos de arte contemporáneo le pareció original y divertida.

-¿Quiénes iremos?

-Eh, tú y yo. El apartamento de mi prima es pequeño. Sólo tiene un cuarto de invitados y tendremos que apañarnos las dos en él -se apresuró a decir Laura.

Katia se alegró un poco de saber esto. De alguna forma, el pelo ostensiblemente teñido de Alicia y los labios inflados con bótox se verían ridículos en un museo. La avergonzó el mero hecho de imaginarla junto a sí, las tres entrando en una sofisticada galería llena de gente inteligente y mundana. Definitivamente, entre ese look y la nuca afeitada y las bailarinas negro brillante de Laura, no había color.

No le dijeron nada a Alicia; cada una por su lado, dijo que se iba a pasar el fin de semana fuera. Alicia nunca se contrariaba por nada, porque era una mujer de muchos recursos, eso había que reconocérselo. No necesitaba hermanas de sororidad ni primas de ciudad para pasarlo bien. Era la más rica de las tres, con diferencia, pero tenía fama de ordinaria y de nueva rica entre las niñas más refinadas del campus, las que llevaban firmemente la batuta de las sororidades y los candados de los círculos más admirados de aquel pequeño mundo de juventud, apariencia y crueldad.

Tuvieron que madrugar un poco para coger el primer autobús que las conectaría con el tren, pero mereció la pena. Era una ciudad fabulosa y, pese a estar relativamente cerca del campus, Katia sólo la había visitado una vez, con sus padres, cuando la acompañaron en la inauguración del curso. La prima en cuestión resultó ser una mujer muy simpática -si bien algo pobre, pensó Katia- que trabajaba de auxiliar de bibliotecaria cerca del centro, por lo cual pasaba todo el día fuera de casa. En efecto, su apartamento, aunque coqueto y amueblado con gusto, era pequeño, vivienda típica de miembros de la clase trabajadora. Katia se asombró de que la buena mujer se hubiera resignado a vivir allí el resto de su vida; en otras palabras, a que se hubiera instalado allí y no aspirara a más, en realidad. Les hizo una visita guiada -bien era verdad que no hacía falta mucho para eso, pues se veía todo el apartamento en dos zancadas y tres vistazos rápidos- y las dejó a sus anchas.

Katia y Laura dejaron su equipaje tirado de cualquier manera y decidieron aprovechar el tiempo del que disponían.

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