La lista (6)

2 era un chico guapo. Tenía los ojos verdes, y ya ese hecho lo hacía especial e infrecuente. Tenía un cuerpo atlético, musculado en su justa medida, sin morbideces antinaturales en ninguna parte. Un chico guapo y aficionado -que no adicto- al deporte, requisito imprescindible para que Katia se fijara en él aunque, a fuer de ser sinceros, aquel viernes noche no sabía ni su nombre. 2 tenía debilidad por llevar gorras con la visera vuelta hacia atrás, y gafas de sol de modelo aviador aunque no hiciera sol, ambos accesorios juntos o por separado. También tenía una cuenta en la red social más popular y, aunque sus contenidos se reservaban “sólo para amigos”, a 2 le gustaba cambiar a menudo su foto de perfil, que solía estar casi siempre sacada en alguna playa -donde 2 aparecía enfundado en un bañador de cinturilla muy baja- o en algún otro lugar al aire libre -donde posaba con camisetas sin manga y brazos cruzados.

Contrariamente a lo que uno podría dar por supuesto, 2 no solía prodigarse mucho en locales nocturnos, pero aquella noche estaba allí. Fue ésa la razón de que Katia lo viera y pensara en que aquel clavo quitaría el oxidado clavo anterior. Si ella no lo hubiera visto nunca en persona, y, aunque lo hubiera visto, si la ocasión no le hubiera parecido propicia, seguramente no se habría fijado en él. Pero la ocasión hace al ladrón o, en este caso, al ligue.

“Si todos los tíos y muchas chicas lo hacen, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”, se dijo a sí misma justo antes de sugerirle a  Alicia (habían hecho partícice del plan a Laura, quien había declinado la propuesta; por un segundo, Katia tuvo que preguntarse si Laura, a quien veía ahora con otros ojos, tenía algún plan mejor) desplazarse lentamente hacia otro lado del establecimiento.

-Es que ahí hay unos tíos que están de toma pan y moja -dijo.

Era fácil hacer esto: en realidad, todo el mundo estaba en constante movimiento, ansiosos de inspeccionar el género de aquel mercado de la carne con acompañamiento musical y etílico y de exhibir el propio bajo la luz más favorecedora.

Al cabo de un rato, el baile, aunque deslavazado y sin gracia alguna, había mezclado a las dos chicas con los cinco chicos. Katia empezó lanzándole miradas y movimientos que pretendió lo más sensuales posible, acercándose y alejándose de él, sugiriendo y tentándolo abiertamente. La cosa fue más fácil de lo que jamás imaginó. Se dijo que, si a las chicas se les dijera realmente lo fácil que era, el ritual del ligue perdería gran parte de su misterio y se sofocaría la nerviosa anticipación de muchas jóvenes. Pero ésa era la realidad: era fácil.

A diferencia de Alex, si alguna vez supo el nombre de 2, nunca más lo recordó. Tampoco quiso buscarlo en Google ni en la web de la universidad, donde sabía que a buen seguro figuraría, en las fotos de equipo y en instantáneas individuales, vestido con el uniforme reglamentario del equipo de béisbol, el mismo que el de Alex. No quería saber el nombre de 2, o no quería recordarlo. Porque las cosas no fueron muy allá con él. En realidad, fueron fatal.

Primero se entretuvieron cruzando las inocuas frases de rigor. Poco le hizo falta a 2 para sugerirle a Katia que se fueran “a algún lugar más tranquilo”. Tenía la moto justo a la puerta del local, lugar preferente por el que, a buen seguro, pagaba gustosamente un extra. Se fueron a la residencia que compartía con otros cuatro chicos; él tenía la habitación mayor y la que mejores vistas tenía. Claro que no fueron allí para ver las vistas.

Katia se notaba muy borracha ya. La culpa era de 2, que la había invitado a… ¿cuántas bebidas? Bueno, fue divertido. Habían hecho un concurso entre Alicia y ella para ver cuál de las dos bebía más rápido. Los chicos las habían jaleado y aplaudido. Había ganado ella, desde luego. Los aplausos y los vítores de los chicos eran tan agradables… nunca se había sentido así, tan… tan interesante. Luego, 2 la había cogido por la cintura y -delante de Alicia- les había dicho a los demás: “¡Pero qué buena está! ¿Verdad que está buena, chicos?” Oír los gruñidos aprobadores de los demás había sido el colmo del éxtasis, seguramente lo mejor que le había pasado nunca. Estuvo segura de que la gente mentía cuando se le preguntaba por el mejor recuerdo de su vida. Tenía que ser forzosamente algo así: sentirse admirado, sentirse querido y deseado, sentirse hermoso y poderoso. No había nada mejor.

Por eso, extrañamente, sintió su energía decrecer un poco cuando salieron del local, a pesar de haberse llevado al chico que ella había elegido. 2 también estaba borracho, y los ojos verdes le brillaban de un modo un poco animal, allí, a la luz de la lámpara de su mesilla de noche. Katia sintió un brevísimo fogonazo de miedo. Cuando él le dijo que por qué no se quitaba la ropa, ella no dijo que no, pero tampoco dijo que sí. Entonces él empezó a desnudarla, con prisa y con torpeza, y ella creyó recordar haberle dicho que le hacía daño, que quería tumbarse, que estaba mareada, pero él no le hizo caso. Entonces, ella pensó que quizá tenía que ser así, que se suponía que era agradable tener a un chico a tus pies, y así de fácil, casi sin hacer ningún esfuerzo.

Todo terminó muy rápido, y ella sintió gratitud, a pesar de todo, porque estaba muy cansada y le dolía todo el cuerpo. Entonces giró sobre un costado y cerró los ojos. Oyó pasos, puertas que se abrían y se cerraban, un grifo a mucha presión. Por algún motivo, el dolor no amainaba, y sintió que conquistaba otras partes de su cuerpo, que aparecían pequeños puntos de fuego en los antebrazos, en las piernas, en el cuero cabelludo, en las muñecas, en la clavícula. Alguien cerró el grifo y los pasos se acercaron. Una mano húmeda la agarró del hombro y la sacudió.

-Oye, tienes que irte. Vamos, vete.

Tiró de ella y, agarrándola del brazo, la llevó hasta la puerta y, de allí, de un empujón, la mandó de dentro afuera. Katia casi se cayó sobre la gravilla. Se dio cuenta de lo tarde que debía de ser, y de que no sabía cómo iba a volver. La puerta se había cerrado a su espalda. Echó de menos algo: su bolsito. Tenía dentro el móvil, las llaves y la identificación, además del dinero. Llamó a la puerta, pero 2 no contestó. Entonces, oyó a su espalda el ruido de un golpe leve y seco: 2 había arrojado su bolso por la ventana, y se había manchado del polvillo de la grava.

El móvil no se había estropeado, pero la carcasa -color rosa y recién comprada- se había rayado con el golpe de la caída.

-¡Capullo! -gritó, pero ni siquiera a eso le contestaron.

Llamó a Alicia, pero tenía el móvil apagado. No quería llamar a Laura. Quería llamar a su padre, pero su padre no podría llevarla a su residencia. Echó a andar.

A la mañana siguiente, pensó que, en efecto, era muy fácil.

A mediodía, se sentó ante su ordenador portátil y escribió lo más detalladamente posible todo lo que recordaba de la noche anterior. Lo guardó con la fecha como título.

-¿Qué tal anoche? -le preguntó Alicia, con una sonrisita maliciosa. Antes de dejarle contestar, procedió a contarle ella misma sus aventuras nocturnas, con todo lujo de detalles.

-El tipo era un imbécil, pero tengo varios moretones y casi no puedo andar, así que debió de estar bien -contestó. Alicia se rió con picardía, y, al cabo, ella también empezó a reírse.

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