La lista (5)

Así que Alex y Laura se conocían, al menos lo bastante para estar charlando de forma muy amistosa y desenfadada. Alex conocía a Laura hasta el punto de no importarle que lo vieran charlando con ella de forma tan amistosa, como si estuviera flirteando con ella, cosa que Katia habría dicho que era justo lo que estaba haciendo, de no ser porque la biblioteca no era el lugar donde se hacían esas cosas. Pero ¿quién le decía a un macho alfa que no hiciera lo que le diera la gana?

Notó sus mejillas cada vez más encendidas, a medida que seguía sin poder despegar los ojos de lo que éstos veían, incapaz de creerlo pero a la vez pensando muy rápido en algo que hacer al respecto.

Apretó su tablet y sus libros contra el pecho y avanzó decididamente hacia esa mesa. Podía hacer que Alex estuviera obligado a verla al pasar sin que Laura tuviera que darse cuenta de ello.

Se acercó, sintiendo la taquicardia fuerte dentro del pecho, tan fuerte que temía que la hiciera temblar. Pero no, no ocurrió eso. Lo que sí ocurrió fue que, justo cuando pasaba por delante de Alex, no pudo resistirse a volver la mirada hacia él. En efecto, Alex la había visto. Cabeceó levemente en señal de saludo. Un saludo como el que se dirige a alguien con el que sabes que has hablado alguna vez pero no recuerdas en qué ocasión, y tal vez tampoco recuerdas su nombre. Un saludo de conocidos que no se importan mutuamente, y lo saben; o uno de los cuales no le importa al otro, y aquél, en su fuero interno, lo sabe.

Laura se volvió para ver quién era el conocido saludado. Sonreía, y sonrió también al saludarla. Luego, continuaron charlando como si nada. En la biblioteca no se podía dar voces ni hablar en otra cosa que no fuera voz muy baja o lenguaje de signos, lo cual dejó a Katia sin saber si Laura esperaba que ella se les acercara o no.

“No tienes dignidad. Eres una arrastrada”, le dijo su maligna voz interior, esa voz de cotilla amargada que se pinta las uñas de rojo y sonríe de puro gusto cuando ve por la ventana que a su vecina se le rompe el fondo de la bolsa de la compra en mitad de la calle, o que alguien le roba el bolso de un tirón.

En el momento en que dio el primer paso en dirección a la mesa, supo que era un grave error.

Se sentó al lado de Laura, dejó el tablet y los libros en la mesa. Intentó actuar como si sentarse allí hubiera sido su objetivo al entrar en la biblioteca.

“Pero las arrastradas sin amor propio, como tú, no engañan a nadie, y menos a un chico con tanta experiencia como Alex. No te puedes engañar ni a ti misma”, dijo su voz maligna. Katia había conseguido exorcizar recuerdos, malas experiencias, el dolor de palabras como mazazos y de actos como azotes, pero jamás podría exorcizar aquella voz.

A los dos segundos de sentarse, Alex se despidió de Laura y se marchó. Y ella se quedó allí.

-Qué simpático es Alex, ¿verdad? -le dijo a Laura.

-Sí, es majísimo. No sabía que lo conocieras -dijo Laura, pero no como quien pide explicaciones, sino como simple constatación. -Este sitio no es tan grande, ya he coincidido con media decena de personas de mi ciudad. Alex prácticamente creció con uno de mis hermanos. Me encanta. Eh, ¿estás bien? Te has puesto pálida de repente.

-Ahora que lo dices, no, no me encuentro tan bien. Oye, te veo luego.

Fue corriendo a su habitación, se echó en la cama y se quedó allí un buen rato. Luego fue corriendo a su siguiente clase. A la hora de comer, aprovechó para llamar a su padre, que estaba algo preocupado al no haber podido hablar con ella en tres días. Le aseguró que todo iba muy bien; de perlas, vaya. Mejor imposible. Pero no había recibido el cheque especial por su cumpleaños. Sí, ella también los echaba muchísimo de menos; no, no estaba segura de poder estar en casa por Pascua. Bueno, ya hablarían mañana, besos para mamá. Por la tarde, asistió a las dos clases que tenía. Después, se fue de compras por las tiendas del campus, y se gastó sus últimos ahorros en un top color rosa palo, unos pendientes de aro más grandes que los que ya tenía, un perfume de nuevo lanzamiento y otro par de medias, iguales a sus favoritas, por si se le rompían éstas. Volvió a su dormitorio. Se sentó.

En todo ese tiempo, ni por un segundo había dejado de pensar en Alex y en todo lo que había pasado, pero, sobre todo, en lo que no había pasado.

Miró sus nuevas adquisiciones y aquello la animó un poco. Ya había terminado el lunes, casi, lo cual la acercaba más al viernes. Tenía que conseguir salir aquel viernes, arrastrar a Alicia. Y a Laura, también a Laura esta vez.

Laura y Alex. Alex y Laura.

Pero ni siquiera eso era lo peor. No; lo mucho, muchísimo peor era otra cosa que ella sabía muy bien.

Pensó en lo de la exnovia. Quizás las cosas empezaron así con ella también. Tal vez al principio fue así de embarazoso, así de raro, así de impersonal. A lo mejor también había empezado con una noche de pasión; con una noche de alcohol y pasión, mejor dicho. Bueno, y qué más daba. ¿Quién no se había emborrachado? Seguro que hasta Laura se había pasado con la bebida alguna vez. Ella, con sus jerseys de cuello cerrado y su corte de pelo pueblerino. Con sus… ¡becas! Sí; incluso Laura se había emborrachado, seguro, y aquellas sonrisitas cómplices significaban mucho más que un educado cruce de signos en prueba de buena vecindad.

“Katia, te estás volviendo loca”, le dijo la voz.

Contra la amenaza de la locura y del patetismo, tenía que hacer algo. Y tenía que hacerlo ya.

Ella no lo supo hasta más tarde, pero ése fue el momento en el que Alex comenzó la metamorfosis de Alex a 1.

Y aquel era sólo el principio.

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