La lista (4)

Y bien, las cosas no salieron como ella se había imaginado. Aquella imaginación, que, como todas, es siempre mil veces más precisa y rica en detalles e infinitamente más realista y verosímil que la propia realidad, la traicionó por exceso de frenada.

Ella se había imaginado su siguiente encuentro-encontronazo en S., el mismo garito infame de trasiego y lenocinio, en una noche de viernes o de sábado, quizá celebrando cualquier otra cosa -una buena nota, un nuevo cheque-, en la cual ella luciría ropa recién comprada y especialmente sugerente, haciéndola acreedora de ardientes miradas por parte de la competencia de Alex. Y él, Alex, estaría en la barra, encargado de pedir las bebidas para él y su grupo de amigos, y, al volverse, ¡zas!, se la encontraría en toda la jeta, a la distancia suficiente para no poder apreciar el carmín algo gastado ni los ojos enrojecidos, pero no a tanta que escapara al influjo de su impactante palmito.

-¡Katia, estás impresionante! -no podría por menos que decir.

Y ella:

-Gracias… eh… -poniendo cara de despistada. Y entonces, él acudiría a su rescate, con algo de apresuramiento:

-Alex, soy Alex, ya te acuerdas de mi nombre, ¿eh? -pronunciando su propio nombre en voz ligeramente más alta que el resto de la frase, como amartillándolo en la memoria de ella y esperando que el yunque impactado fuera el de la memoria a largo plazo.

-Claro, claro, Alex. ¿Y qué tal todo? -sonriendo con seguridad, nada de sonrisitas de quinceañera. Y a continuación, calculando los tiempos como un cronómetro con patas, sin darle tiempo ni para abrir la boca otra vez: -Bueno, tengo que irme. Lo siento. -Y señalaría un punto indeterminado detrás de ella. Decenas de cuerpos y rostros donde elegir; Alex no sabría con quién estaba, quizá con algún conocido de él.

Sin embargo, no le dio tiempo ni a empezar a preparar ese escenario, porque quiso el destino que ambos escogieran el mismo momento para frecuentar la biblioteca principal del campus. Lo cual no tenía nada de raro, puesto que, al fin y al cabo, cursaban estudios relacionados y tenían asignaturas comunes. Fuera por el motivo que fuese, se fueron a dar de manos a boca. Un día cualquiera, un martes o un miércoles, quizá hasta un lunes. A una hora insulsa de la mañana, ni hora de desayuno ni hora de tomar otro café. Una hora desaliñada en la que ella tenía un aspecto ídem, justamente porque no estaba pensando en su pequeño estudio prospectivo del muchacho que la preocupaba.

Pero subió a la primera planta, entró en la sección de Sociología, y ¡zas!, allí estaba él, vestido con la chaqueta azul con insignia roja que lo acreditaba como miembro oficial del deporte de D., con el pelo -juraría Katia- brillante y húmedo de recién salido de la ducha posterior a los entrenamientos matutinos. Fresco como una lechuga, sin rastro de pesantez ni de preocupaciones terrenales algunas. Apoyada la palma de la mano izquierda en una de las mesas grupales, con una media sonrisa en la cara, charlando en voz baja y con total ausencia de gesticulación, con una chica de pelo corto sentada a la mesa, una chica que miraba hacia arriba, hacia Alex, con la cabeza girada en un ángulo de unos 45 grados, como quien dedica la mirada reverente a una imagen sagrada o a un sacerdote muy respetado, por lo cual daba la espalda a Katia, pero a la cual bastó un vistazo a aquel jersey de ochos y a aquel corte de pelo -un corto erizado por arriba que a Katia le parecía el colmo del rechazo a la propia feminidad, pero que había por lo menos una chica que ella conociera que fuera partidaria de ese corte y, además, le sentaba bien- para reconocerla como Laura, su amiga Laura, que era la única chica de pelo corto con la que ella se había dejado ver en público.

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