Y yo no estaba aquí.

¡No estaba aquí!

para ver la lluvia caer sobre los huertos, sobre las hojas de hiedra.

No estaba aquí para oír el silencio que produce el viento cuando descansa

ni su místico cántico, cuando despierta.

En disculpa mía, diré que tenía el alma en una jaula, y que estábamos las dos ciegas, sordas y aun casi mudas.

Pero hoy veo bajo las nubes

esta hiedra, que es aquella; oigo este viento, que es aquél; siento esta lluvia, que es aquélla,

y sé que no es tarde aún

porque me devuelven un poco de aquel tiempo perdido, lejano, exiliado.

Plantan esta hiedra en aquellos páramos, la riega esta lluvia, y esparce más semillas este viento.

Bate en mis alas y me obliga a desplegarlas,

y el sol, al salir, me ayuda a crecer.

Rasgo el silencio volando bajo, sobre esta tierra que nunca pierdo de vista,

para que no me pierda yo, y me aleje de ella.

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