La lista (3)

¿Saben eso de que lo hecho y sucedido durante una borrachera parece luego materia devorada por un agujero negro? Pues es una extendida, por conveniente, leyenda urbana: lo cierto es que el nivel de recuerdo, para cada persona, es el mismo que en sobriedad. Al menos, era así en el caso de Katia. Si no en el momento mismo, los detalles se le aparecían en la memoria con una claridad a veces dolorosa para ella. Y así fue también en el caso de este muchacho.

Hablando de 1, hay que aclarar una cosa: por supuesto, durante esa noche, pero también durante cierto período relativamente prolongado, el muchacho no fue 1, sino Alex. Por supuesto, en la mente de Katia, seguía siendo Alex aquella mañana de desorientación y resaca. Cierto, ahora estaba un poco -sólo un poco- decepcionada, pero nada que una chica medianamente inteligente no hubiera podido esperar.

En medio de la neblina que ocupaba todos los recovecos de su cámara craneal, Katia descontó un 10% al nivel óptimo de satisfacción, del 100%, que debía ser siempre el objetivo. Un 10% no estaba tan mal.

La noche no había sido nada memorable -Alex no la había besado mucho, había tenido cierta prisa por ir al grano y había terminado bastante pronto sin preocuparse mucho de ella. Por otro lado, sin embargo, no la había empujado de la cama ni le había dicho que se fuera nada más terminar, y además -algo que le daba puntos al chico- la había dejado dormir en su habitación, lo cual demostraba un cierto nivel de confianza; ¿a qué conquista ocasional que no planeas volver a ver dejas sola en tu espacio vital privado?

En fin, Alex había tenido un comportamiento muy por encima de la media, salvedad hecha de las debilidades propias de un chico de sus evidentes cualidades.

Naturalmente, había faltado a un par de clases de mañana y, además, no quería presentarse en público (mal) vestida con ropa de fiesta, mal peinada y con ojeras, así que fue directamente a su habitación, donde se metió en cama y durmió hasta primera hora de la tarde, en algún momento de la cual la despertó Alicia.

-Una noche dura, ¿eh? -dijo, con una risita.

-No me hables. Me duele la cabeza.

-Alex te invitó a un montón de tragos.

-¿Y tú cómo sabes nada de eso?

-Las noticias vuelan -dijo por toda explicación, y añadió: -Sobre todo, cuando se trata de algunos.

-¿Qué quieres decir?

-Alex no es precisamente Don Discreción. Le gusta presumir de sus logros, deportivos y otros.

-Qué raro, no me pareció de esos. Era un chico majo.

-Sí, claro, cuando se trata de conseguir lo que queremos, todos somos muy majos.

A Katia estaba empezando a molestarle de verdad el tono ligeramente beligerante que subyacía a las palabras de su amiga. “Imaginaciones mías”,se dijo, pero no pudo evitar seguir la corriente que, imaginaria o no, para ella era real.

-¿Y tú de qué sabes si es majo de verdad o no? No te he visto nunca con él ni te he oído hablar de él antes. Si estabas interesada, podías habérmelo dicho. Ya sabes que nunca se me ocurriría meterme entre tú y tu chico.

-¿Interesada en Alex? No, por Dios. A mí esos picaflores no me van. Quiero decir, está bien que un chico tenga éxito y demás, pero a mí me gusta que me lo pongan difícil. Qué va; lo que sé lo sé de buena tinta. A los hombres les gusta hablar más que a nosotras.

Katia iba a responder, pero, en lugar de gastar sus energías en una respuesta apropiada -que en ese momento no se le ocurría-, las invirtió en pensar un momento en lo que había dicho Alicia. Muy a su pesar, de repente aquel más que sobresaliente 90% de satisfacción se había convertido en un 75%. No sabía si lo dicho por Alicia era verdad o no, pero, por alguna razón, ahora le costaba pensar en Alex como en aquel chico guapo, agradable y que parecía majo -a pesar de su aguante por debajo del nivel que su apostura y su práctica continua de deportes de competición hacían aventurar, y a pesar de no haberla besado mucho tiempo y de no haberle preguntado ni una vez si esto o lo otro le estaba gustando lo suficiente-, a medida que a las impresiones obtenidas de primera mano se superponían otras. Según Alicia, Alex no había tardado ni 24 horas en hacer de su conquista algo del dominio público en las duchas de los chicos y a saber en qué otro círculo donde se reunieran los machos alfa para hablar de sus cosas. ¿Qué habría dicho de ella, en qué términos se habría expresado sobre el tipo de chica que era? ¿Y si algún otro hubiera contado algo sobre ella? Si Alicia le había transmitido opiniones y cotilleos sobre Alex, el amigo común de Alicia y Alex bien podía haber hecho la misma labor en dirección contraria. ¿Qué pensarían ahora los chicos del campus? ¿Y qué pensaría Alex? ¿Sería verdad que era un conquistador en serie? ¿Y exactamente qué había querido insinuar Alicia con aquello de que a ella le gustaban más selectivos? ¿Acaso quería decir que Katia tenía fama de chica fácil?

En los días siguientes, se distrajo del tema y se dedicó a sus clases, sin salir apenas y sin querer saber nada de los machos alfa. “Olvídalo, fue un rollo de una noche que no merece ni un segundo más de tu tiempo”, se decía a sí misma. Pero ya sus esfuerzos por olvidar todo lo relativo a Alex reforzaban aquellas ideas e imágenes en su cabeza.

De repente, necesitaba volver a ver a Alex. Eso no quería decir que fuera a hablar con él; de hecho, a menos que él se dirigiera a ella, ella haría como si no lo viera. Eso haría. Lo contrario sería estúpido y cursi. Además, ella realmente no estaba interesada en él; no de esa manera. Había sido divertido y punto. No; cuando volvieran a verse, de alguna manera, ella, porque era mujer y tenía una intuición especial, leería en su mirada, en la forma de mirarla a ella, adivinaría si él había sido un caballero o no.

Sí; sólo quería saber eso.

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Archivado bajo Narrativa/Relatos/Ficción

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