La lista (1)

Cuando Katia (no es su verdadero nombre) consiguió que sus padres la enviaran a la universidad de D., tan exclusiva y elitista, vio abiertas las puertas de su nueva vida. Y a fe que así fue -una vida totalmente diferente, mucho más diferente de lo que ella imaginó.

La cosa empezó más o menos el fin de semana en el que celebraba su decimonoveno cumpleaños. Era el primero que celebraba fuera de casa. Muy lejos, en realidad; en el campus. Se había adaptado como pez al agua del mar y no quería volver jamás a casa. Los cheques de papá le llegaban puntualmente, y el último de ellos lo había empleado para comprarse un conjunto apropiado para la ocasión: top muy ajustado de color naranja, minifalda de cuero, sandalias nuevas y un par de medias de tacto especial, muy suave, no el tacto típico, levemente eléctrico y de una suavidad áspera, de las medias convencionales. Además, se había pintado de rojo las uñas de los pies. Era algo que había empezado a hacer ahora.

Quizá hubiera parecido una locura en su pequeña ciudad natal, pero no aquí. Y además, ya antes decían de ella que estaba loca. Bueno, pues ahora tenía ganas de disfrutar de su locura a tope.

En el campus, tenía dos buenas amigas, las mejores que había tenido jamás. Ninguna de las tres formaba parte de una sororidad. Creía que Alicia (tampoco es su nombre verdadero) había pedido una vez ser miembro de una, pero habían rechazado su candidatura, o algo así. Y a Laura nunca la habrían aceptado, pensaba Katia, ni a ella se le había ocurrido postularse; las alumnas con beca no solían hacerlo. Katia había decidido maquillar un poco las cosas y hacer felices a sus padres, lo más felices posible, y que no vieran la necesidad de replantearse las cosas, hablar largo y tendido con ella o -¡el horror!- quizá hasta personarse en el campus un fin de semana para ver “qué no encajaba”.

Así que Katia, Alicia y Laura iban por libre; pero la que más, ella, Katia.

Aquella noche saldrían de fiesta. Y ella iba a cerrar algunas bocas impertinentes.

Ya estaba casi lista. Un último toque de colorete y carmín rojo y saldría a encontrarse con Alicia. A Laura no le habían dicho nada de sus planes de aquella noche; de todos modos, sabían que estaba muy ocupada preparando una presentación para dos semanas después, y no pensaban que el tipo de diversión que iban a procurarse le gustara mucho a Laura.

Cuando volvió al baño para aplicarse el colorete, oyó el silbido de su teléfono inteligente que le avisaba de un nuevo mensaje. Tenía el móvil en su habitación, tirado sobre la cama al igual que doscientos mil cachivaches de diverso grado de valor e importancia. Lo miró: el silbido había sido el recordatorio de una llamada perdida que no había visto antes. Era su padre quien la había llamado: tres veces en las últimas dos horas. Pensó en devolverle la llamada, pero sólo faltaban dos minutos para la hora concertada con Alicia y, además, ya habían hablado la víspera. De todos modos, todavía no había recibido su regalo de cumpleaños y seguramente su padre no querría oír eso.

Apagó el móvil y salió de su residencia, en busca de lo que la noche le fuera a deparar.

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