Archivo mensual: enero 2014

La lista (13)

Le llevó un buen rato dejar constancia por escrito de sus andanzas con el sexo opuesto en aquellos últimos meses, y eso que se saltó toda la parte referente a 2, porque ya la había escrito desde su apartamento del campus.

Lo hizo desde un punto de vista lo más científico posible. Se obligó a sí misma a escribir como si todo aquello le hubiera pasado a otra persona, y se dio cuenta de que así podía hacerlo muchísimo mejor. De hecho, al cambiar de modus cogens pudo parar las lágrimas que amenazaban con estropearle el cutis y, de paso, la moral.

“Menuda tonta estás hecha”, le dijo a aquella otra persona sobre la que estaba escribiendo.

Cuando terminó todavía no tenía sueño, es más, se sentía más espabilada que antes, por lo cual lo leyó todo y aprovechó para editar alguna que otra palabra, pero nada digno de mención. Lo quería en estado puro: sanguinolento, crudo y recién matado, como una chuleta de dos dedos de grosor que es lo más parecido a comer como nuestros antepasados de las cavernas.

Mientras releía, se le ocurrió una “idea genialísima”, como luego se la describiría a Alicia: poner nota a cada una de sus conquistas. Y añadió un apéndice, independiente del texto principal y por tanto constante e indefinidamente revisable y prolongable, en el cual compartimentaba los factores decisivos que habían subido o bajado la calificación de cada candidato a la mejor nota:

“Se ha valorado el físico (estado de conservación general, musculamen, agradabilidad de las facciones, cantidad y calidad del pelo en cabeza y otras partes del cuerpo; además, medición cualitativa y cuantitativa del miembro viril); técnicas amatorias; ingenio y creatividad; personalidad; pertenencia o no a equipos deportivos, calificando siempre al alza la pertenencia; estatus socioeconómico -ante la finitud del espacio de tiempo compartido con los sujetos, se han utilizado como casi únicas variables la generosidad del sujeto a la hora de convidar a la observadora a libaciones alcohólicas, así como, en algunos casos, aspecto, tamaño y fastuosidad generales de sus aposentos-; y vigor durante la práctica, con puntos positivos por hematomas o irritaciones corporales varias ocasionados a la observadora”.

Le pareció que así ya estaba bien.

Al número 1 le puso un ocho.

Al 2, le puso un cero.

Sobre el 3 no escribió nada porque todavía no se habían acostado y no le parecía que unas conversaciones de texto que borraba nada más terminar, por lo sonrojantes, fueran material propio para aquel estudio.

Al número 4, primero, le puso un cinco; se dijo que le habría puesto más, pero era un poco feo y le daba vergüenza admitir que lo había pasado bien con un tipo feo. Aunque luego se acordó de que cumplía el requisito de pertenencia a equipo deportivo y de que, además, era un miembro destacado -y tenía un ídem, el chaval- por lo que le subió la nota a un seis.

Cuando se hubo quedado satisfecha, guardó todo en el pen drive que siempre llevaba enganchado a su llavero, borró del disco duro el cuerpo del delito, apagó todo y volvió a la cama.

Al día siguiente,

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La lista (12)

Entre unas cosas y otras, fue pasando el tiempo, como de costumbre, y así llegaron todos a la vez al umbral de las festividades habituales de otoño e invierno, sobre todo Acción de Gracias y Navidad. Y había que detraerse del flujo de la vida de la universidad y de los estudios (sólo en un porcentaje muy pequeño eran la misma cosa, al menos para Katia) y visitar a la familia, con quienes hablaba menos que nunca desde que empezó su nueva vida.

Se despidieron las amigas, cada una con destino a su casa. En la pequeña ciudad de Katia, situada al norte, ya había caído la primera nevada del año y, sinceramente, no temblaba de emoción por encerrarse en un hábitat tan provinciano, austero y gélido -en todos los sentidos- como se le representaba en su imaginación y, en una parte muy desvaída y distorsionada, también en su recuerdo. Sin embargo, se encontró con que sus padres, especialmente su padre, estaban locos de contento.

Fueron a buscarla los dos al aeropuerto y los vio tan emocionados como si ella fuera Santa Claus y ellos unos niños cada uno con su calcetín lleno de mucha ilusión.

-¡Ya está aquí la princesa de la casa! -exclamó el padre al abrazarla.

La vieron más delgada, seguramente no comía bien; le preguntaron mil veces las mismas cosas, los estudios, los trabajos que tenía que entregar, ¿ya se había puesto a buscar algún trabajo para el verano? No le preguntaron si se había echado algún novio, pues no eran partidarios de que empezara ninguna relación seria antes de graduarse; ellos mismos se comprometieron mucho después de eso, y los presentó el padre de su madre, que quería casarla bien, y él era un chico muy prometedor en la pequeña sociedad de aquel condado.

La cena fue recogida y casi normal, aunque el menú no lo fuera. La cocinera se había esmerado eligiendo el pavo y cocinando el plato principal y todas las delicias típicas de aquella festividad. La foto de la difunta hermana de Katia presidía la repisa de la chimenea, como siempre, y la madre había puesto una vela a cada lado, en candelabros de plata muy bonitos, a modo de custodia, pero, como eran ya muchos años desde su muerte, no hubo momentos de emoción potencialmente embarazosos. La hermana estaba tan guapa como lo había sido en vida y como siempre lo estaría, allí, a sus 18 incorruptibles años; ya era la hermana menor, y cada vez lo sería más. La muerte la había elevado de perfecta a sagrada, como suele suceder con algunos hijos demasiado amados.

Pero rara era la ocasión en que Katia pensaba en su hermana; casi ni se acordaba de ella, la verdad. Aunque jamás se atrevería a decir eso en presencia de sus padres.

-Nos tenías un poco preocupados últimamente. Como no llamabas mucho… -dijo su madre.

-Nuestra Katia estudia mucho; eso es lo que le dije -intervino el padre, dirigiéndose a Katia y guiñándole el ojo.

Katia había accedido a arreglarse de forma especial y clásica en deferencia a ellos. Total, sólo iba a estar allí dos días, y ya estaba deseando volver. La casa seguía siendo su casa natal, pero el ambiente solitario de aquella ciudad provinciana y de aquella casa era cada vez más opresivo.

Alicia publicó algunas fotos de sí misma en medio de lo que parecía una populosa y animada celebración. En unas, pasaba el brazo por los hombros de un chico nada feo y le hacía morritos. Katia no conocía a su familia, pero se imaginó un círculo liberal y progre en el que a la hija le estaba permitido invitar a un amigo sin que ello implicara que hubiera planes de que se convirtiera en el padre de sus hijos. Laura no publicó nada; Katia se preguntó vagamente si coincidiría con Alex de forma fortuita o deliberada.

Quiso volver a leer aquellos apuntes que había hecho al desgaire, pero, por desgracia, no los había escrito en la nube, sino en un anacrónico documento de texto que había guardado en el disco duro de su portátil -el cual no había traído consigo.

3 parecía haberse olvidado de Katia, y se encontró a sí misma echándolo de menos de una manera que le pareció vergonzosa e impropia de sí. Le mandó un par de mensajes preguntándole qué tal su Acción de Gracias. Para su alivio, él le contestó casi inmediatamente:

“Estoy bien, gracias, pero creo que estaría mucho mejor si pudiera pasar este día contigo”. Y a continuación, como si le hubiera leído el pensamiento: “No creas que no me acuerdo de ti, pero no quería molestarte porque estarás con tu familia. Gracias por el mensaje. Beso”.

Se sintió un poco mejor, pero no podía sacudirse de encima aquel sentimiento mezcla de desazón y complejo de náufrago en islote desierto. Aquella noche no pudo dormir y, cuando se aseguró de que sus padres ya se habían retirado y el servicio se había marchado a casa -ya no tenían personal interno, era un engorro y una merma de la intimidad, decían sus padres-, se escabulló de su habitación y se metió en el estudio, que ya nadie usaba, porque a sus padres nunca les gustó usar el ordenador. Por supuesto, no tenían conexión a internet ni usaban las modernas tecnologías de comunicación, las cuales consideraban propias de la plebe y de gente estrecha de mente.

Pero el ordenador funcionaba y estaba razonablemente actualizado. Katia lo encendió, abrió el procesador de textos y se puso a escribir sobre Alex, el número 1.

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La lista (11)

Aquel fin de semana inyectó en Katia la energía de la que se había visto tan repentinamente desposeída, y casi, casi borró los recuerdos turbios asociados a la vida nocturna y al famoso local S. Los borró, de cualquier manera, lo suficiente para inspirarle la urgencia de volver.

Mentalmente, había asignado al chico de la galería de arte la nomenclatura “3”. Ahora casi se alegraba de haber trasoído su nombre; no cabía la posibilidad de que fuera más exótico y más único que el que ella le había dado en su nuevo bautismo.

El intercambio de mensajes con 3 no acabó ahí, como habría sido típico y tópico en una comedia romántica de sobremesa de domingo en cierta cadena de televisión; no acabó con un recuerdo nostálgico e idealizado, por fuerza del tiempo, de un encuentro de carácter puramente platónico ni de las cábalas sobre lo que habría podido ser y nunca fue; no, siguieron enviándose mutuamente mensajes de texto, preferiblemente a mediodía y para decir nada de particular y todo en general, nunca menos de dos ni más de cuatro por cabeza, pero casi siempre terminados con el icono de unos labios pintados de rojo (también en el caso de él, aunque alternaba aquellos con otros de ramos de rosas y guiños picarones). Katia ignoraba si aquello llevaría a alguna parte, pero, la verdad, tampoco le preocupaba mucho.

Lo que sí empezó a preocuparle, cada vez más, fue el plan de aquel fin de semana en el que, ya lo hemos dicho, tenía ganas de marcha no opacadas por ningún recuerdo. No hubo muchos motivos de preocupación, puesto que aquel jueves, Alicia sacó el tema:

-Este finde salimos, ¿no?

Tan sencillo como eso, y realmente no hubo mucho más que decir salvo que aquel viernes por la noche, Katia, Alicia y otra chica -amiga o algo de Alicia- estaban en S. dispuestas a dar guerra.

Sobre todo, Katia y sus esfuerzos se vieron sobradamente recompensados.

La cosa empezó con muchas, muchas bebidas cortesía de un grupito de chicos altos y espigados. Ninguno le pareció muy atractivo, pero su indiferencia pasó a franco interés cuando se dio cuenta de que, debajo de la cazadora, uno de ellos llevaba puesta una camiseta con el logotipo del equipo de baloncesto.

-Vaya, tienes unos granitos muy atractivos -creyó recordar haberle soltado a uno de ellos, quien se ruborizó de inmediato; seguramente no era algo que hubiera oído muchas veces.

Las tres estaban muy borrachas ya, y la que más, Katia. No recordaba haberse ido de la fiesta con el chico alto de los granos. Sí recordaba haberse convencido a sí misma de que un chico así, tan agradecido por haber pescado una tía buena como ella, ni en sus sueños más etílicos osaría echarla a patadas de su habitación después del acto, ni tirarle el bolso por el balcón. Recordaba una oleada de cálido agradecimiento al destino por ello.

Esta vez se fueron a la habitación de ella. Cuando Katia cogió su móvil y lo miró -para hacer tiempo mientras el chico se “refrescaba un poco” antes- vio que había dos mensajes de 3.

“Te echo de menos”. Beso.

Salió de la pantalla de la conversación con 3 y le mandó un mensaje a Alicia:

“Novengs aora a habtcion tng chico aki SEXXXXOXOOOOOO”

y luego pensó que era verdaderamente una fuera de serie, y que Alicia tenía que saberlo:

“Cn lo pdo k stoi y todo h lgrado llvarm a la cm a jgdor d bsket cn PREMIOSSSSS”

y ya no recordaba nada más.

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Lo que no tengo no me falta, ni lo que tengo dos veces me sobra.

Si no, ni me falta ni me faltará; si sí, bienvenido será.

Gracias a ti, gracias a ti, y gracias a ti.

Después de unas lágrimas, ya me volverá a bastar ver el sol arder

encima de mi cabeza y bajo mis pies

con flores que se abren y se marchitan, con flores que nacen y mueren.

La vida es así y lo será

gracias a ti, y gracias a ti.

El cielo ya no está sobre mi cabeza, sino todo dentro de mí

y el  mundo y los monumentos de los hombres

y las letras escritas todas y las historias

y el cumplimiento de los deseos y las auroras

y la materia sólida y líquida,

y las cuerdas cósmicas y la música de los planetas

y la rotación y la traslación del tiempo proyectado

y nada de lo que falta, ni nada de lo que sobra

gracias a ti, y gracias a ti.

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La lista (10)

No, no estuvo mal el fin de semana de aventura en la gran ciudad. Al fin y al cabo, encontró un vestidito negro de fondo de armario ideal, en sustitución del que se le ensució de vodka aquella vez, y vio la puesta de sol -y la salida del sol; pero no tras una noche de jarana, sino tras una de insomnio; le pasaba, de vez en cuando-, magnífica, sobre el melancólico, por decadente, pero todavía impresionante puerto. Sin embargo, no pudo evitar volver con el recuerdo una y otra vez a la misteriosa y casi mística experiencia habida en aquella galería de arte.

¿Y si volviera…? ¿Y si volviera, sin decirle nada a Laura?

Pero aquello no podía ser. Laura se daría cuenta inmediatamente. Sólo eran ellas dos.

La anciana prima les agradeció su visita muy efusivamente, y elogió a Laura la “amiga tan educada y tan amable” que tenía. “¿Y si un día yo llamara a la prima de Laura y le pidiera por favor poder quedarme otro fin de semana aquí, para así…?” No; la idea le cruzó la cabeza y, en cuanto se dio cuenta de lo que estaba pensando, ella misma la disparó hacia fuera de su cráneo, como una bala de parte a parte.

Por todo eso, igual que salir del campus había sido un alivio, volver a él fue otro, de una manera un tanto inquietante y bastante inexplicable, de modo que Katia renunció a intentar explicarlo.

Alicia tampoco había pasado el fin de semana en el campus, y el reencuentro se produjo en medio de un clima de absoluta indiferencia. Alicia parecía emocionada y contenta por algo, pero a Alicia poco le hacía falta para estar así; tan sólo sus pastillas de consumo habitual, puntualmente cada vez que sentía la necesidad de tomarlas.

Sin embargo, todavía quedaba una sorpresa para Katia. Aquella noche, cuando deshizo la maleta y se puso a colgar en su percha la ropa que había llevado aquel día de la galería de arte, un pedazo de papel se deslizó hasta el suelo.

Escrito en él, con dígitos redondeados y ligeramente inclinados hacia la derecha, había lo que sólo podía ser un número de teléfono. No figuraba ningún nombre, pero Katia supo al instante que se trataba del número de teléfono del misterioso desconocido con el que había compartido el visionado del Jesucristo posmoderno.

Su segundo impulso fue tirarlo a la basura; hizo caso del primero, que fue guardarlo en un compartimento secreto de su billetera, preguntándose si alguna vez tendría oportunidad de usarlo.

Y entonces cayó en la cuenta de que vivía en el siglo XXI. Cogió el teléfono móvil y rápidamente tecleó un mensaje que le salió casi solo y que, traducido a lenguaje normal y convencional con todas sus letras, decía así:

“Gracias por una experiencia cuasi religiosa y muy artística. Katia”.

Hecho esto, dejó el móvil en su mesilla, pero casi al instante oyó el pitido de aviso de entrada de mensajes:

“Gracias a ti. Pensé que moriría sin saber tu nombre. ¿Volveré a verte?”

“Sí”, pensó Katia, pero no respondió de momento. Sabía que había que dejarlos con las ganas.

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La lista (9)

La estancia estaba completamente a oscuras. Katia sintió un pinchazo de… ¿miedo a la oscuridad? ¿Miedo a lo desconocido? El desconocido le había dejado paso, y ahora apoyaba una mano en el centro de su espalda, como apremiándola a seguir adelante, o quizás como gesto de protección. Le vino una oleada, breve pero intensa en su poder evocador, de la misma desvalidez que sintió en el momento en que número 2 la echaba de su casa después de utilizarla para satisfacer sus apetitos carnales. “Pero ahora no estás allí, y éste no es 2”, se dijo.

Apenas acababa de visualizar esa frase, cuando se dio cuenta de que la estancia tenía forma de L y no estaba, de hecho, completamente a oscuras; había una luz de color cambiante, como un arco iris en constante movimiento o un caleidoscopio de tamaño gigante danzando a unos metros de ellos, adentro y desde el fondo del brazo más largo de la L, como si estuvieran en la boca de una ballena y la luz proviniera de su estómago. “Un anillo de diamantes”, pensó. Si era así, sería el mejor amigo que fuera a tener nunca una chica como ella.

La mano del desconocido ejerció una amable presión sobre el delicado espacio vacío entre sus omóplatos, apremiándola a seguir una vez más.

La estancia no tenía columnas ni vigas, y, al dar la vuelta a la esquina de la figurada L, Katia vio que, a pesar de que aquel ambiente le había hecho pensar que estaban solos, de hecho, no lo estaban; al fondo de la larga nave central de la estancia se agrupaban muchas personas de diferentes alturas y dimensiones –algunos eran enanos; en realidad, muchas personas le llegarían a ella a la cintura–, y lo que ella había imaginado ser un fabuloso diamante que refulgía de colores no era sino una vulgar pantalla que reflejaba una proyección. La pantalla ni siquiera era firme ni de sólido aspecto, sino que, como pudo comprobar cuando se acercó más, era una especie de sábana (mal) desenrollada y no del todo plana, como las pantallas que solían usar en el instituto cuando les ponían algún aburrido vídeo de contenido pretendidamente educativo.

-¿Dónde estamos? -preguntó, resistiéndose a abandonar su papel de pretendida pero encantadora sorpresa, como Alicia en el País de las Maravillas.

-No te diré que soy el autor de ninguna de las obras, pero sí se un poquito sobre esta exposición y te puedo asegurar que has acertado al venir aquí. Hay obras muy interesantes -dijo, guiñándole el ojo. -A mí, personalmente, la que tienes ante ti me parece fascinante.

Entonces se acercaron los dos, y Katia vio que las personas que había tomado por una asociación de enanos eran sólo personas sentadas en el suelo; incluso vio alguna persona echada en decúbito prono con los codos hincados en el suelo y la cabeza inclinada sobre las manos, y hasta alguno que estaba totalmente tumbado, en relax absoluto, y quizás hasta –según le pareció oír– roncando. A nadie le parecía importar. Imperaba el buen rollo total y entonces también ella empezó a notarlo, borrando de su retina la horripilante imagen de la cutrepantalla mal desplegada.

La luz de la proyección parecía emanar directamente desde el techo, desde un lugar situado muy atrás. En aquel momento, lo que se veía en la pantalla era un hombre casi totalmente desnudo -había un pixelado, o un borrón con aspecto de defecto de la película donde se había imprimido el filme, en el lugar estratégico-, flotando en una especie de fluido acuático ondeante, con los brazos totalmente extendidos en cruz. Aparte de la entrepierna, la cara tampoco se le distinguía bien. La película carecía de banda sonora, con la única excepción de un sonido que pretendía ser de burbujas.

-¡Vaya! -acertó a decir Katia.

No preguntó “¿qué se supone que significa?” ni -peor aún- “¿es todo el rato igual?” porque temía quedar en evidencia como una paleta rica delante de aquel interesantísimo desconocido, así que se aguantó las ganas y se quedó allí de pie, ni cerca ni lejos de la pantalla, limitándose a mirar y a fingir estar absorta en la contemplación y el desentrañamiento de la extraña proyección.

Al cabo de un rato, sin embargo, se dio cuenta de que le costaba cada vez menos esfuerzo quedarse allí, simplemente de pie, en compañía de aquel misterioso desconocido y de toda aquella gente. Al cabo de otro rato más, sorprendentemente incluso para sí misma, dejó de importarle el significado y el sentido de aquel filme; incluso dejó de importarle si era importante o no estar allí viendo aquella obra de arte o paja mental. Sencillamente, estaba allí.

Se giró ligeramente a la derecha. Miró al chico y vio que él ya la estaba mirando.

-Lo sé -murmuró él. Ahora compartían algo, aunque Katia no estaba segura de qué. -Oye, ¿puedo invitarte a…?

-Ah, un Jesucristo posmoderno -dijo alguien de repente. Laura acababa de irrumpir junto a ella; mejor dicho, junto a ellos.

De repente, Katia volvió a sentir el hormigueo en los pies, subiéndole vorazmente por las pantorrillas, como siempre que estaba mucho rato seguido de pie. Y empezaron a pitarle los oídos; mejor dicho, el oído, el del lado por donde se había personificado Laura.

-Hola, Laura. Ésta es mi amiga Laura -dijo, y se dio cuenta de que no sabía el nombre del desconocido.

-Hola, soy… -Dijo un nombre, pero los oídos le pitaban demasiado ahora para poder oírlo. Su amiga le estrechó la mano al desconocido antes que ella.

-Bueno, tenemos que irnos -dijo Laura al cabo de un rato, y Katia la siguió sin hacer más preguntas ni casi despedirse del misterioso trajeado.

El tiempo parecía haber dado un salto adelante, o atrás, o algo; cuando salieron de la galería, Katia se dio cuenta de que le resultaba difícil pensar en la breve y extraña pero intensa experiencia de aquel cuarto oscuro como algo distinto a una incursión inexplicable a una dimensión desconocida. Quizá lo había soñado todo, pensó, pero esta impresión quedó desmentida cuando Laura dijo:

-No te preocupes, ya me darás las gracias más tarde por haberte librado de ese pelmazo. Joder, menudo callo, y además llevaba alzas en los zapatos. No sé qué me echa más para atrás, si los tipos bajitos, o los tipos bajitos que se ponen alzas para no parecerlo.

-¿En serio era así? Pues no me he dado cuenta. A mí me ha parecido un chico majo, y nada pelmazo.

Laura puso los ojos en blanco.

-¿Pero en qué mundo vives? Ese era un pringado de un colegio comunitario. Habrá alquilado el traje por un día y se habrá tirado el rollo de que es un cultureta de verdad, para ligar con incautas como tú. Anda que… ¡La de cosas que tengo que enseñarte!

Katia ya había empezado a pensar en aquel chico desconocido como “3”, pero pensó que tendría que revocarle la etiqueta y guardarla para otro.

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La lista (8)

Estaban en la gran ciudad y tenían que montar en metro, lo del taxi lo tenían muy visto. Disfrutaron de la novedad y la emoción del hacinamiento, la sensación de sótano atiborrado, la indiferencia de la gente trabajadora que iba y venía con actitud de importarle todo y todos un pimiento. Laura llevó la voz cantante desde el primer momento, pues había estado varias veces en la ciudad, y decidió que irían al barrio bohemio-pero-chic, donde había una galería de arte moderno que estaba deseando visitar. Antes de entrar allí, se dejaron caer por una cafetería igual de chic, con precios acordes, donde Katia pidió un té de fresa y Laura, un cappuccino con mucha crema y con un donut (haciéndola merecedora de disimuladas miradas de envidia pero asco por parte de Katia).

A pesar del elevado precio de la entrada, la galería, aunque de relativamente reciente apertura, tenía ya cierta fama, y estaba concurrida como bar de copas en sábado noche. Descubrieron que tenía su propia cafetería, y Katia lamentó haberse tomado ya la bebida caliente de la mañana. Cogió uno de los folletos de la entrada. En realidad, no estaba ni la mitad de emocionada de lo que quería hacer ver -para contemporizar y para no ser tachada de paleta ignorante-, porque los museos y las exposiciones la dejaban totalmente indiferente. Aun así, los visitantes tenían pinta de ser gente respetable y elegante, lo cual compensó en parte su aburrimiento y la hizo adoptar una actitud más alerta. Afortunadamente, había elegido los pantalones negros nuevos y la blusa de encaje color crema, y había preferido los pendientes de perla en lugar de los modernos aros que acababa de comprarse. Y el pintalabios rosa pálido, aunque era el que menos usaba, le daba cierto aire preadolescente e ingenuo que casaba mucho mejor con aquel ambiente mundano y discretamente sofisticado que el rojo cereza que solía ponerse más a menudo.

-¿Qué me recomiendas? -preguntó a Laura. La galería tenía dos pisos y constaba de varios pasillos paralelos, iluminados en tonos cálidos, como de pre-puesta de sol, en cuyas paredes estaban expuestas las obras de la exposición vigente. Los pasillos eran muy largos, pero Katia creyó ver que no terminaban en pared, sino que detrás de ellas había una especie de galería.

-Tú misma -fue la única recomendación que le dio su amiga, antes de irse disparada hacia el primer pasillo empezando por la izquierda.

Resulta que era una exposición variada y, gracias al folleto, supo que era una exposición grupal de “jóvenes artistas urbanos contemporáneos”, lo que quería decir que eran todos artistas nacidos o radicados en la ciudad, quizá amigos o conocidos de los dueños de la galería. Había pinturas, fotografías, complicados cuadros hechos a base de origamis, imágenes estroboscópicas y otras para las que había que ponerse gafas para ver en tres dimensiones (éstas le produjeron cierto mareo) e ilustraciones que homenajeaban -o parodiaban- conocidos pósteres de películas de los años 40, 50 y 60. Uno de los artistas era un escultor moderno que hacía sus esculturas con objetos cotidianos, como pinzas para la ropa, televisores y reproductores de vídeo de los años 80, jarrones de plexiglás y redecillas para rulos, por ejemplo.

Estaba mirando una curiosa composición titulada “Agua para fregar París”, que consistía en una bola de nieve con una torre Eiffel en miniatura y un líquido gelatinoso verde parecido a un conocido producto lavavajillas, cuando una voz se destacó sobre el murmullo de voces que se acercaban y se alejaban y la reinante música de cámara de fondo:

-Si te dijera que lo he hecho yo, ¿me pedirías un autógrafo o me darías una patada?

Tardó un segundo en darse cuenta de que se dirigían a ella. Automáticamente, su cabeza comenzó a preparar una respuesta de fórmula para quitarse al charlatán de encima, cuando, al girar la cabeza, se encontró con uno de los ejemplares de hombre joven mejor acabados y más completos que había tenido el gusto de avistar en los últimos meses.

“Alex”, se le pasó por la cabeza. Fue menos que un relámpago; fue el chispazo minúsculo de una bengala de feria.

El chico no era ningún posadolescente; Katia le calculó entre 25 y 30 años. Alto, bien vestido, con gafas y corbata y un despeinado muy estudiado de su pelo trigueño, de una longitud media-larga también muy bien estudiada. Barba de tres días. No, aquél no era ningún pollo recién salido del instituto.

Ni tampoco se parecía en lo más mínimo a Alex, y mucho menos a 2.

-Te diría que, para decidirme entre las dos opciones, tendrías que enseñarme más -respondió por fin.

El chico sonrió -bonitos dientes, arrugas interesantes alrededor de los ojos- y dijo:

-No, no soy el artista, pero con gusto te enseñaré más. Sígueme…

Echó a andar hacia el fondo de la galería, hacia el final del pasillo. Ahora Katia pudo ver lo que desde la entrada de la galería no se alcanzaba a distinguir: un corredor perpendicular a los demás, donde la gente iba y venía, y festoneado por puertas distantes unos tres metros la una de la otra. El joven se dirigió a una de ellas y la abrió.

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La lista (7)

La semana después de 2 fue atípica para Katia. Se concentró en estudiar y en sacar adelante los trabajos que tenía que presentar para un par de profesores. Necesitaba sacar buenas notas y no un mero aprobado. Nunca había sido una estudiante de matrícula de honor, pero tampoco del montón de los mediocres. De verdad quería sacar bien los estudios, de verdad había querido seguir estudiando. No había sido una chiquilla con la cabeza a pájaros, soñando con triunfar en Hollywood o en el próximo reality para cantantes. Ella no era ninguna tonta y siempre tuvo claro que, si no había destacado como estudiante, había sido porque no le había dado la gana de hipotecar su adolescencia por unas notas más o menos.

Pero aquel domingo, se levantó con una sensación extraña, un prurito de amor propio, a la vez que un vislumbre del futuro, del plazo largo. Creía haber soñado consigo misma con 25 años más. No era algo en lo que pensara a menudo, pero, al parecer, su subconsciente sí lo tenía en cuenta; su parte subconsciente sabía que, contrariamente a lo que su ego pensaba, no sería el primer caso de ser humano inmortal de la historia.

Así empezó su atípica semana. Apenas si usó Internet para nada más que los estudios, y repitió atuendo un día. No pensó en lo que haría el fin de semana.

El martes al anochecer, sola en su residencia, abrió por primera vez el documento de Word donde había dejado escrita la narración de la noche con 2. Sintió un arrebato insólito, no exactamente rabia, sino algo más profundo y más afilado. Algo que accionaba un nudo corredizo alrededor de su garganta, en algún lugar muy dentro de ella, al lado del corazón. Algo amargo y muy, muy antiguo. Cerró el documento y fue a lavarse el pelo. Luego llamó a su padre y después se fue a acostar, sin cenar, mientras sus compañeras de residencia veían la tele y daban fuertes risotadas. Hasta Laura estaba allí.

Precisamente Laura fue quien dio la sorpresa aquella semana. Era viernes cuando, por medio de un mensaje de texto, le dijo a Katia que estaba invitada a casa de una prima segunda que vivía en la gran ciudad. En realidad, era una prima de su madre, “una señora mayor”, dijo Laura con suficiencia, pero aquel fin de semana era su cumpleaños (la señora mayor cumplía 45) y la había invitado a pasar el día con ella. Y quería invitar a Katia. Quedaron en comentarlo luego, tomando un café.

-Sus hijos viven fuera y seguramente necesita compañía -dijo Laura, aunque no explicó cómo la buena y anciana señora nunca antes le había suplicado que fuera a visitarla, si tan necesitada de compañía estaba.

No sabía si a Katia le parecería buen plan. Tendrían que ser modositas, atenerse a las normas de la prima y no hacer demasiadas tonterías. Además, iban a tener que optar por formas de diversión poco escandalosas. A cambio, podrían disfrutar de todo lo que la gran ciudad tenía que ofrecer. Laura dijo que hacía tiempo que quería visitar una exposición de arte moderno, tema que le interesaba mucho y sobre el cual versaba una de sus asignaturas de libre elección. Podían marcharse el viernes después de las clases, y volver el domingo por la tarde, para la hora de la cena, o incluso más tarde, si lo estaban pasando bien y querían apurar el tiempo.

Katia vio el cielo abierto. El cuerpo y la mente le pedían a gritos alejarse del campus aunque sólo fuera por un día. Y la perspectiva de callejear por la emocionante gran ciudad e incluso de asistir a museos de arte contemporáneo le pareció original y divertida.

-¿Quiénes iremos?

-Eh, tú y yo. El apartamento de mi prima es pequeño. Sólo tiene un cuarto de invitados y tendremos que apañarnos las dos en él -se apresuró a decir Laura.

Katia se alegró un poco de saber esto. De alguna forma, el pelo ostensiblemente teñido de Alicia y los labios inflados con bótox se verían ridículos en un museo. La avergonzó el mero hecho de imaginarla junto a sí, las tres entrando en una sofisticada galería llena de gente inteligente y mundana. Definitivamente, entre ese look y la nuca afeitada y las bailarinas negro brillante de Laura, no había color.

No le dijeron nada a Alicia; cada una por su lado, dijo que se iba a pasar el fin de semana fuera. Alicia nunca se contrariaba por nada, porque era una mujer de muchos recursos, eso había que reconocérselo. No necesitaba hermanas de sororidad ni primas de ciudad para pasarlo bien. Era la más rica de las tres, con diferencia, pero tenía fama de ordinaria y de nueva rica entre las niñas más refinadas del campus, las que llevaban firmemente la batuta de las sororidades y los candados de los círculos más admirados de aquel pequeño mundo de juventud, apariencia y crueldad.

Tuvieron que madrugar un poco para coger el primer autobús que las conectaría con el tren, pero mereció la pena. Era una ciudad fabulosa y, pese a estar relativamente cerca del campus, Katia sólo la había visitado una vez, con sus padres, cuando la acompañaron en la inauguración del curso. La prima en cuestión resultó ser una mujer muy simpática -si bien algo pobre, pensó Katia- que trabajaba de auxiliar de bibliotecaria cerca del centro, por lo cual pasaba todo el día fuera de casa. En efecto, su apartamento, aunque coqueto y amueblado con gusto, era pequeño, vivienda típica de miembros de la clase trabajadora. Katia se asombró de que la buena mujer se hubiera resignado a vivir allí el resto de su vida; en otras palabras, a que se hubiera instalado allí y no aspirara a más, en realidad. Les hizo una visita guiada -bien era verdad que no hacía falta mucho para eso, pues se veía todo el apartamento en dos zancadas y tres vistazos rápidos- y las dejó a sus anchas.

Katia y Laura dejaron su equipaje tirado de cualquier manera y decidieron aprovechar el tiempo del que disponían.

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La lista (6)

2 era un chico guapo. Tenía los ojos verdes, y ya ese hecho lo hacía especial e infrecuente. Tenía un cuerpo atlético, musculado en su justa medida, sin morbideces antinaturales en ninguna parte. Un chico guapo y aficionado -que no adicto- al deporte, requisito imprescindible para que Katia se fijara en él aunque, a fuer de ser sinceros, aquel viernes noche no sabía ni su nombre. 2 tenía debilidad por llevar gorras con la visera vuelta hacia atrás, y gafas de sol de modelo aviador aunque no hiciera sol, ambos accesorios juntos o por separado. También tenía una cuenta en la red social más popular y, aunque sus contenidos se reservaban “sólo para amigos”, a 2 le gustaba cambiar a menudo su foto de perfil, que solía estar casi siempre sacada en alguna playa -donde 2 aparecía enfundado en un bañador de cinturilla muy baja- o en algún otro lugar al aire libre -donde posaba con camisetas sin manga y brazos cruzados.

Contrariamente a lo que uno podría dar por supuesto, 2 no solía prodigarse mucho en locales nocturnos, pero aquella noche estaba allí. Fue ésa la razón de que Katia lo viera y pensara en que aquel clavo quitaría el oxidado clavo anterior. Si ella no lo hubiera visto nunca en persona, y, aunque lo hubiera visto, si la ocasión no le hubiera parecido propicia, seguramente no se habría fijado en él. Pero la ocasión hace al ladrón o, en este caso, al ligue.

“Si todos los tíos y muchas chicas lo hacen, ¿por qué no lo voy a hacer yo?”, se dijo a sí misma justo antes de sugerirle a  Alicia (habían hecho partícice del plan a Laura, quien había declinado la propuesta; por un segundo, Katia tuvo que preguntarse si Laura, a quien veía ahora con otros ojos, tenía algún plan mejor) desplazarse lentamente hacia otro lado del establecimiento.

-Es que ahí hay unos tíos que están de toma pan y moja -dijo.

Era fácil hacer esto: en realidad, todo el mundo estaba en constante movimiento, ansiosos de inspeccionar el género de aquel mercado de la carne con acompañamiento musical y etílico y de exhibir el propio bajo la luz más favorecedora.

Al cabo de un rato, el baile, aunque deslavazado y sin gracia alguna, había mezclado a las dos chicas con los cinco chicos. Katia empezó lanzándole miradas y movimientos que pretendió lo más sensuales posible, acercándose y alejándose de él, sugiriendo y tentándolo abiertamente. La cosa fue más fácil de lo que jamás imaginó. Se dijo que, si a las chicas se les dijera realmente lo fácil que era, el ritual del ligue perdería gran parte de su misterio y se sofocaría la nerviosa anticipación de muchas jóvenes. Pero ésa era la realidad: era fácil.

A diferencia de Alex, si alguna vez supo el nombre de 2, nunca más lo recordó. Tampoco quiso buscarlo en Google ni en la web de la universidad, donde sabía que a buen seguro figuraría, en las fotos de equipo y en instantáneas individuales, vestido con el uniforme reglamentario del equipo de béisbol, el mismo que el de Alex. No quería saber el nombre de 2, o no quería recordarlo. Porque las cosas no fueron muy allá con él. En realidad, fueron fatal.

Primero se entretuvieron cruzando las inocuas frases de rigor. Poco le hizo falta a 2 para sugerirle a Katia que se fueran “a algún lugar más tranquilo”. Tenía la moto justo a la puerta del local, lugar preferente por el que, a buen seguro, pagaba gustosamente un extra. Se fueron a la residencia que compartía con otros cuatro chicos; él tenía la habitación mayor y la que mejores vistas tenía. Claro que no fueron allí para ver las vistas.

Katia se notaba muy borracha ya. La culpa era de 2, que la había invitado a… ¿cuántas bebidas? Bueno, fue divertido. Habían hecho un concurso entre Alicia y ella para ver cuál de las dos bebía más rápido. Los chicos las habían jaleado y aplaudido. Había ganado ella, desde luego. Los aplausos y los vítores de los chicos eran tan agradables… nunca se había sentido así, tan… tan interesante. Luego, 2 la había cogido por la cintura y -delante de Alicia- les había dicho a los demás: “¡Pero qué buena está! ¿Verdad que está buena, chicos?” Oír los gruñidos aprobadores de los demás había sido el colmo del éxtasis, seguramente lo mejor que le había pasado nunca. Estuvo segura de que la gente mentía cuando se le preguntaba por el mejor recuerdo de su vida. Tenía que ser forzosamente algo así: sentirse admirado, sentirse querido y deseado, sentirse hermoso y poderoso. No había nada mejor.

Por eso, extrañamente, sintió su energía decrecer un poco cuando salieron del local, a pesar de haberse llevado al chico que ella había elegido. 2 también estaba borracho, y los ojos verdes le brillaban de un modo un poco animal, allí, a la luz de la lámpara de su mesilla de noche. Katia sintió un brevísimo fogonazo de miedo. Cuando él le dijo que por qué no se quitaba la ropa, ella no dijo que no, pero tampoco dijo que sí. Entonces él empezó a desnudarla, con prisa y con torpeza, y ella creyó recordar haberle dicho que le hacía daño, que quería tumbarse, que estaba mareada, pero él no le hizo caso. Entonces, ella pensó que quizá tenía que ser así, que se suponía que era agradable tener a un chico a tus pies, y así de fácil, casi sin hacer ningún esfuerzo.

Todo terminó muy rápido, y ella sintió gratitud, a pesar de todo, porque estaba muy cansada y le dolía todo el cuerpo. Entonces giró sobre un costado y cerró los ojos. Oyó pasos, puertas que se abrían y se cerraban, un grifo a mucha presión. Por algún motivo, el dolor no amainaba, y sintió que conquistaba otras partes de su cuerpo, que aparecían pequeños puntos de fuego en los antebrazos, en las piernas, en el cuero cabelludo, en las muñecas, en la clavícula. Alguien cerró el grifo y los pasos se acercaron. Una mano húmeda la agarró del hombro y la sacudió.

-Oye, tienes que irte. Vamos, vete.

Tiró de ella y, agarrándola del brazo, la llevó hasta la puerta y, de allí, de un empujón, la mandó de dentro afuera. Katia casi se cayó sobre la gravilla. Se dio cuenta de lo tarde que debía de ser, y de que no sabía cómo iba a volver. La puerta se había cerrado a su espalda. Echó de menos algo: su bolsito. Tenía dentro el móvil, las llaves y la identificación, además del dinero. Llamó a la puerta, pero 2 no contestó. Entonces, oyó a su espalda el ruido de un golpe leve y seco: 2 había arrojado su bolso por la ventana, y se había manchado del polvillo de la grava.

El móvil no se había estropeado, pero la carcasa -color rosa y recién comprada- se había rayado con el golpe de la caída.

-¡Capullo! -gritó, pero ni siquiera a eso le contestaron.

Llamó a Alicia, pero tenía el móvil apagado. No quería llamar a Laura. Quería llamar a su padre, pero su padre no podría llevarla a su residencia. Echó a andar.

A la mañana siguiente, pensó que, en efecto, era muy fácil.

A mediodía, se sentó ante su ordenador portátil y escribió lo más detalladamente posible todo lo que recordaba de la noche anterior. Lo guardó con la fecha como título.

-¿Qué tal anoche? -le preguntó Alicia, con una sonrisita maliciosa. Antes de dejarle contestar, procedió a contarle ella misma sus aventuras nocturnas, con todo lujo de detalles.

-El tipo era un imbécil, pero tengo varios moretones y casi no puedo andar, así que debió de estar bien -contestó. Alicia se rió con picardía, y, al cabo, ella también empezó a reírse.

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Michael Jackson: Esto es

Hay una expresión en inglés que no tiene sólo una traducción en español y, probablemente, en la mayoría de otras lenguas, pero que es muy elocuente: “This is it”. Es una de esas expresiones cuya traducción más acertada nos la dará cada contexto, y, aun así, cada maestrillo la traducirá según su librillo. “This is it” es, además, también un nombre propio o título: el de la gran gira de 50 conciertos que Michael Jackson estaba preparando cuando falleció. Desgraciadamente, no vivió lo suficiente para ofrecer ni uno solo de esos conciertos, pero hay un buen reportaje-resumen de lo que fueron los exhaustivos ensayos, con decorados y vestuario completos, que MJ hizo en Los Angeles rodeado de su equipo y de los bailarines seleccionados en un masivo casting. El reportaje da buena idea de que se perdió un espectáculo grandioso, repleto de ilusión, fantasía, luz, color y un baile aún asombroso por parte del músico.

Visto en retrospectiva, la gira misma y el comportamiento y las palabras de MJ durante los ensayos se nos revelan como plenamente premonitorios. Cuando se trata de un mito del calibre de Michael Jackson, es muy difícil separar el grano de la paja y dilucidar la verdad en torno al propio Jackson. Dicen que “estaba cansado de vivir”, que había “tirado la toalla” y que tenía la obsesión de que iba a acabar igual que Elvis Presley, padre de quien fuera su mujer, Lisa Marie Presley. Dicen que padecía diversas enfermedades -de la piel, de los pulmones- y dolores insoportables -en el cuero cabelludo, en una pierna que se había roto, en la espalda- y que continuaba siendo adicto a los analgésicos y a los calmantes. Dicen, dicen, dicen. La rumorología que Michael Jackson siempre odió, que le amargó y casi le destrozó la vida -nunca sabremos hasta qué punto su vida habría podido ser diferente de no haber sido objeto de tantas mentiras, calumnias, acusaciones terribles, campañas interesadas- arreció con especial virulencia en el momento de su muerte. Ni así lo dejaron en paz.

Pero Michael Jackson nos dejó su testamento, y buena parte de él es precisamente lo que podemos ver y oír en el reportaje “This is it“. MJ nos legó a sí mismo, sin trampa ni cartón, para que sus fans y también quienes no lo son pudieran verlo tal como era y tal como se comportaba con sus colaboradores, con sus bailarines, con sus músicos, con gente a quien no conocía y de la que no dependía, es decir, gente a la que trataba de forma totalmente desinteresada.

“This is it” dura 111 minutos; menos que cualquier película que se estrena hoy en día. Además, la mayor parte del metraje la ocupan los números musicales protagonizados por MJ. Una parte relativamente pequeña se dedica a las conversaciones de MJ con miembros de su equipo, mientras ensayan y hacen todos los preparativos para la gran gira. Es muy poco. Pero esos minutos son suficientes para conocer un poco, lo suficiente, a Michael Jackson; para “calarlo”, como se dice en lenguaje coloquial.

Y es asombroso. En “This is it”, Michael Jackson no está en casa, siendo entrevistado, ni va por la calle con 200.000 periodistas siguiéndole, situaciones, ambas, en las que se basaba “Viviendo con Michael Jackson“, por ejemplo. Allí, la estrella hablaba sobre sí mismo, respondía a preguntas, se explicaba, se justificaba, era observada, su vida diseccionada para ser escrutada por los autores del reportaje y, después, por toda la audiencia. En “This is it”, MJ está en su elemento: la música, el baile, la creación. Y ya no vemos al hombrecillo frágil, refugiado en un mundo a caballo entre la realidad y la fantasía, asediado por una prensa insaciable, padre que protege a sus hijos con velos tal como él mismo se protege del mundo con gafas, sombreros y guardaespaldas. No es el hombre de color indefinible, el hombre al que vimos arder en las tomas para el malogrado anuncio de una marca de refrescos, el que corría para no ser fotografiado con la famosa actriz que era su gran amiga, aquel hombre de vocecilla algo aguda y a ratos quebradiza que inspiraba compasión, curiosidad y, en algunos, hilaridad cruel. No; en “This is it”, Michael Jackson es creador, artista que está cabalgando la ola de la inspiración, el trabajo a conciencia, el perfeccionismo, la ambición. Es hombre, alguien que sabe lo que quiere, lo pide y, si algo no le gusta, lo dice, pero siempre con amabilidad y utilizando esa voz -ahora no es vocecilla, es una voz melodiosa y amable, pero firme- para trabajar, para comunicarse; es miembro de un equipo, perfectamente sincronizado con los demás miembros; y es, sobre todo, líder, y no sólo eso, sino que es líder carismático, dirigiendo, tomando el control, dando su opinión, reprendiendo cariñosamente, como un padre o como si hubiera sido el mayor de los Jackson Five en lugar del pequeño.

En “This is it”, vemos a MJ entrar en el estudio y atraer las miradas, que automáticamente se posan en él, con naturalidad, no porque sea Michael Jackson, sino porque atrae esas miradas, porque es un líder y los demás quieren complacerlo, quieren que todo esté a su gusto. No porque les vaya a pagar más o menos, se nota, sino porque de verdad quieren hacerlo bien para él. Los inspira, los llena de energía, los hace superar el cansancio. Porque él también está cansado; no, está agotado, absolutamente al límite de sus fuerzas, pero ahí está, al pie del cañón, conociendo de pe a pa su música, sus canciones desde la más antigua hasta el último single.

Si uno de los nombres que se le da a Dios es “creador”, quiere decir que la creatividad es uno de los atributos cumbre, ser creativo es algo deseable y el don de la creatividad es eso, un don, no sólo un talento, sino un talento al que se le ha echado una gota de misticismo; no es algo que se consiga a fuerza de trabajar -aunque el trabajo sea imprescindible y algo que nada puede sustituir-, es… algo más. Y Michael Jackson era eso: un hombre creativo. Creó algo nuevo e innovador en música y en baile, algo que no se podrá olvidar ni obviar, por muchos artistas que hayan surgido después de él. Como todos los auténticos creadores y artistas, cuando estaba plenamente concentrado en su arte -como es el caso de su gira-, MJ no se ocupaba de sus detractores, ni se le pasaba por la cabeza rivalizar o competir con nadie. Si acaso, competía con la mejor versión de sí mismo hasta ese momento. Quería superar lo mejor que había dado, ir más lejos cada vez. Era un perfeccionista, según confesión propia, y ese perfeccionismo fue, seguramente, uno de los motivos de que se obligara a dar, a trabajar todavía más cuando ya las fuerzas físicas le fallaban. Dicen -otra vez, ese dicen…- que sufría de insomnio y que por eso tenía un médico personal que le suministraba potentes medicamentos para mitigar los síntomas de sus males. Resulta fácil imaginar a este hombre, en la soledad de su lujosa habitación, rodeado de objetos bonitos que no podían proporcionarle ningún consuelo estando a oscuras, dando vueltas y vueltas en la cama, sin poder dormir; quizás pensando en los pequeños defectos del ensayo de ese día, en lo que de ninguna manera podía o debía ir mal, en el terror imaginario de defraudar a sus fans. De que sus millones de fans, de repente, decidieran dejar de quererlo. Eso es, seguramente, lo que más asustaba a Michael Jackson: no sentirse querido.

Y hay algo más, un paso más allá, un nivel superior a ése. Michael Jackson era un buen hombre. De eso no me cabe ninguna duda. No me hace falta conocerlo para saber que es así. Era un buen hombre, humilde, que, según nos muestra la película, trata a sus empleados y colaboradores de igual a igual, sin divismos ni caprichos en los que otros artistas con una estrella mucho menor que la de él caen una y otra vez. Ni una sola vez levanta la voz, nunca le oímos protestar ni caer en la queja o la crítica improductivas. Siempre habla con suavidad y franqueza, colabora con los demás para solucionar los problemas, y a menudo da las gracias, pide para ellos bendiciones y les dice que les quiere. (Algo que a la gente, hoy en día, le parece de cursis y de débiles, y que viene a desmentir la absurda -y dañina- teoría de que los buenos jefes tienen que ser unos desagradables y unos maleducados.) Y ese buen hombre tenía un mensaje: cuidar la Tierra, cuidar los unos de los otros, sobre todo de los niños; fue lo que intentaba transmitir a través de lo que mejor se le daba: su música y su baile. En “This is it” hay numerosas manifestaciones de esa preocupación que tenía. Quería proporcionar a sus fans el mayor espectáculo del mundo, un despliegue de arte y de talento que les hiciera olvidar sus problemas y, también, que los concienciara acerca de todo lo que está mal a nuestro alrededor.

Era un hombre bueno que tenía un don y un mensaje, y que quería utilizar su don para transmitir su mensaje. Al final, el mundo al que él amaba y que tan terrible le resultaba le rompió el corazón, pero no pudo destruir su espíritu.

Y entonces, el “This is it” -que se puede traducir como “Esto es todo”, “Aquí está”, “Allá vamos”, “Es esto”, “Es el momento”, y mil maneras más, incluido el castizo “Esto es lo que hay”-, se convirtió en su epitafio.

En un mundo lleno de odio, debemos seguir atreviéndonos a tener esperanza. En un mundo lleno de ira, debemos seguir atreviéndonos a dar consuelo. En un mundo lleno de desesperación, debemos seguir atreviéndonos a soñar. Y en un mundo lleno de desconfianza, debemos seguir atreviéndonos a tener fe.

Si llegas a este mundo sabiendo que eres amado y abandonas este mundo sabiendo lo mismo, todo lo que pase entre medias se puede sobrellevar.

Cuando dicen que el cielo es el límite, para mí, es verdad.
Voy a empezar con el hombre del espejo / le voy a pedir que cambie / y ningún mensaje podría haber sido más claro / si quieres hacer del mundo un lugar mejor, mírate a ti mismo y cambia.

Tenemos que sanar nuestro mundo herido. El caos, desesperación y destrucción sin sentido que vemos hoy son consecuencia de la alienación que sienten las personas entre sí y hacia su entorno.

La gente me pregunta cómo hago música. Les digo que me limito a subirme a ella. Es como meter los pies en el río y unirte a la corriente. Cada momento del río tiene su canción.

La conciencia se manifiesta a través de la creación. Este mundo en el que vivimos es el baile del creador. Los bailarines vienen y van en un instante, pero el baile continúa. Muchas veces, cuando estoy bailando, me siento tocado por algo sagrado. En esos momentos, siento cómo mi espíritu se eleva y se funde con todo lo que existe. Me convierto en las estrellas y en la luna. Me convierto en el amante y el amado. Me convierto en el vencedor y en el vencido. Me convierto en el amo y en el esclavo. Me convierto en el cantante y en la canción. Me convierto en el que sabe y en lo sabido. Sigo bailando y es el baile o la creación eternos. El creador y la creación se funden en una unidad de alegría. Sigo bailando… y bailando… y bailando. Hasta que sólo está… el baile.

En su inocencia, los niños muy pequeños saben que son luz y amor. Si les dejamos, pueden enseñarnos a vernos a nosotros mismos de esa manera.

Dar a alguien un trozo de tu corazón vale más que toda la riqueza del mundo.

Y eso es la inocencia. Es sencilla y tiene confianza, igual que un niño; no juzga y no está limitada a un punto de vista estrecho. Si estás encerrado en un modelo de pensamiento y respuesta, tu creatividad queda bloqueada. Te pierdes la frescura y la magia del momento. Aprende a ser inocente otra vez, y esa frescura nunca desaparecerá.

Pero yo nunca dejaré de ayudar y de querer a las personas, como Jesús nos dijo que hiciéramos.

Michael Jackson

MJ-El amor es eterno

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