Desde luego, uno puede decir que es cuestión de suerte, o de azar, que es como se le llama a la suerte no favorable; pero es lo mismo. Uno puede achacárselo todo a la aparente aleatoriedad inherente a la vida, tiñendo ese concepto de una carga cínica, negativa. Como la zorra con las proverbiales uvas; cuando la suerte no nos es favorable, decimos que es cosa del azar, que podía haberle tocado (o dejado de tocar) a cualquiera y que mal de muchos, consuelo de tontos y demás.

Es imposible negar la mayor, así como es imposible demostrarla. Pero el juego no se juega en ese tablero. Es un juego sensorial. Se trata de palpar, intuir dónde los límites del azar indican otra cosa y le dan paso. Otra cosa para la que tenemos un nombre, de hecho varios nombres -lo más común es hablar de “Dios”, o también de “universo” o cosas similares-, pero ninguno de ellos lo usamos con propiedad. Cuando utilizamos esos nombres, en realidad estamos hablando de una suma de convencionalismos, un amasijo de conceptos acertados y erróneos, algunos de ellos muy mundanos e impregnados de todo lo negativo que puede tener lo terrenal; normalmente, no nos referimos a lo que de verdad ese nombre debería darnos a entender.

Dios no juega a los dados, por eso es él quien utiliza el mecanismo del azar aparente. Bajo los fenómenos producto del azar podemos detectar una sutil inteligencia. Es tanto más sutil cuanto más nos esforzamos por racionalizarla. Lo que ocurre es que las pautas visibles de cómo esta inteligencia actúa sobre nuestra vida se espacian a veces muchísimo en el tiempo, de modo que percibimos todo como hechos aislados. No somos capaces de ver la conexión, como no somos capaces de ver las cosas como una única cosa, como no somos capaces de sentir la vertiginosa velocidad a la que se mueve la Tierra -y nosotros con ella. No podemos relacionar todos estos hechos entre sí. Además, aunque pudiéramos, quizá tampoco así encontraríamos sentido alguno al conjunto cohesionado y cabal que forman todos ellos. Por eso, y porque existe el recurso y la extendida creencia de que no hay tal inteligencia superior, sino una aleatoriedad ingobernable sin sentido alguno, ni antes, ni después, nunca será posible demostrar que Dios existe y que es él esa inteligencia amorosa que va decidiendo e hilvanando todos nuestros pasos con hilos de oro.

Pero es que también el azar necesita de Dios para adquirir un sentido completo y redondo. Ni siquiera las cosas buenas que nos suceden por azar parecen tan satisfactorias y nos llenan tanto como cuando aceptamos como buena la hipótesis de que no son aleatorias, sino de que han sucedido por algo. Que nos toque un premio millonario en la lotería es de por sí algo que nos alegra mucho, pero -personalmente- las pequeñas y grandes loterías que me han podido tocar en la vida me llenan y me colman mucho más cuando atiendo a su sentido trascendental: el de que alguien de una inteligencia inaprehensible, inabarcable e inconcebible para cualquier mente humana ha diseñado ese acontecimiento de mi vida en ese momento y lugar y de la forma exacta en que se ha producido.

Algunas veces, cuando estoy contrariada o me arrepiento de algo que he hecho, de alguna decisión o de algún acto pasado, intento mirarlo no como hecho aislado, sino como parte de un sistema, conectándolo en mi recuerdo con otros hechos que llevaron a él o que me animaron a hacer esa elección, y con otros que fueron su consecuencia. En ese caso, intento fijarme en consecuencias -aunque no esté muy claro para la mirada racional que sean consecuencias de aquel hecho en cuestión, para mí basta que puedan serlo para considerarlas como tales- positivas de cosas que, por sí solas, hayan sido negativas. Otro ejercicio parecido es partir de un hecho negativo, vergonzoso o descartable por cualquier otra razón y tratar de imaginar en qué sería peor mi vida, o yo misma, si aquel hecho no se hubiera producido jamás. Es decir: se trata de intentar ver en qué ha podido beneficiarme algo que fue malo en su momento para mí.

Y entonces, aunque no siempre, pero en ocasiones, soy capaz de vislumbrar el brillo tenue pero puro de esa urdimbre de oro con que Dios va tejiendo nuestras vidas. Soy capaz de ver por qué aquello que me sucedió o aquello que yo decidí en su momento tuvo que ser así y no de ninguna otra manera. Raramente, pero algunas veces ocurre que intuyo dónde acaba el azar y comienza otro territorio, un sustrato misterioso, muy sólido, que sostiene la maquinaria del azar y de las decisiones racionales. Intuyo vagamente que hay aparentes coincidencias que han sido tan bien preparadas como una hermosa tarta nupcial, y muchos felices resultados de arduas batallas que parecían -y eran- demasiado duras para haberlas librado yo sola.

Esto es lo que creo y lo que un día tras otro impregna de belleza y de sentido mi vida. Y si creo demasiado, o creo mal y estoy equivocada, el hecho de creer en tanta belleza ya es un sentido en sí mismo.

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2 Respuestas a “

  1. Dios desde antes que naciéramos, ya tenia dispuesto sus propósitos para nuestra vida. Definitivamente no somos capaces de saber cuales son pero debemos actuar conforme las enseñanzas de Jesucristo; y con eso estaremos cumpliendo los propósitos del Padre.

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