Las diez en punta desde el ápice del tejado del edificio cualquiera, convertido en octava maravilla,

mirador privilegiado de estrellas.

¡Qué inmensa distancia entre cielo y tierra, y qué necesaria es toda ella para poder percatarnos de la belleza!

La luna, como una naranja que cae rodando desde el borde de un planeta hasta esa minúscula cordillera,

el lucero, como una lágrima o como un pendiente caído.

Llega el invierno, y ¿por qué te temí una vez?

¿Por qué temer al pequeño hombrecito de nieve?

¿Por qué te tuve miedo una vez, muñequito de agua?

¿Acaso porque nunca parpadeabas? ¿O porque nunca dormías?

¿Porque oía yo el murmullo del agua que corría por tus venas

y, pensando que eran lágrimas de eterna tristeza, me atemorizaba?

Temía tu soledad, sin saber que, a pesar de todo, en tu quietud

también tú cantabas.

Pequeño monigote hecho por la mano del hombre,

también tú tienes ojos, también tienes una apostura,

también tú prefieres subsistir todo el invierno de pie

y sentir a cambio cada momento.

Mientras te temía, mi temor me impedía ver

tu bufanda y tu gorro, señales inequívocas de que también tú

a pesar de todo, pasabas frío.

 

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