En no sé qué película le oí a un personaje decir a otro que “todo es Shakespeare. La vida, ese libro, tu madre… todo es Shakespeare”.

Pues no; o no sólo.

Hoy en día, la referencia más realista para este mundo es el Ecce Homo de Borja.

La metáfora hecha realidad, o la realidad hecha metáfora. La cuadratura del círculo, o la construcción del dodecágono perfecto; me da igual la forma de decirlo. En realidad, ninguna metáfora o símil puede hacerle justicia a lo que ha conseguido la señora del pueblecito de Borja con su restauración-homenaje-reconstrucción-reinvención-transfiguración del Ecce Homo. Es algo inefable. Es la inefabilidad hecha obra humana.

Ningún otro suceso ni, por supuesto, ninguna otra obra humana, ni tan siquiera las deliberadamente simbólicas y representadoras del estado de las cosas a día de hoy ha conseguido lo que la señora de Borja al repintar al Ecce Homo.

Los jovencitos de hoy en día, si es que llegan a aprender alguna vez el modismo “estar hecho un Ecce Homo” o “dejar a alguien hecho un Ecce Homo” (hay quien cree que “llorar como una Magdalena” viene del goteo de las magdalenas al mojarlas en café con leche, con lo cual, llegados a este punto, el cielo es el límite… o lo sea quizá el infierno), probablemente lo relacionarán más con el suceso de las caras de Borja -éstas afloradas en un lienzo y de forma sucesiva, no en las paredes- que con la Sagrada Historia.

Lo que pasó con el Ecce Homo de Borja, es decir, esto

eccehomo

 

en realidad, no necesita de exégesis o explicaciones, aunque, puestos a analizar el trasfondo del asunto, se puede decir que este suceso es como una Estrella de Belén que nos alumbra el camino; en este caso, el camino hacia la reflexión y hacia la toma de conciencia de que toda nuestra época se halla sintetizada en este curioso acontecimiento.

La historia de este Ecce Homo de Borja condensa, contiene y, a la vez, señala y explica en un solo segundo todo lo que está mal en nuestro mundo, en este sistema, y todo lo que ha estado mal durante mucho tiempo.

Una obra de arte transformada en parodia de sí misma, de golpe, sin que nadie sepa qué ha ido tan mal, sin que nadie se explique por qué nada se pudo hacer o nada se hizo para atajar esa degeneración. Una obra de gusto estético y artístico se ve de pronto transformada en otra cosa que tiene a esa obra por base y que, por tanto, no es enteramente una cosa distinta, sino un producto de ella; pero un producto que parte de, y acentúa lo esquemático, lo burdo, lo menos agraciado y menos meritorio de la obra original.

Y sin embargo, es su siamesa. No habría podido existir sin la primera.

Es así como de pronto podemos estar contemplando, asombrados, el panorama actual -en cualquier vertiente y faceta-; podemos hojear un periódico, leer las noticias en Internet, ver y oír declaraciones de no sé quién o de cualquiera (al azar, da lo mismo), echar un vistazo a los programas satíricos e ideológicos, oír los boletines informativos de la radio, o sencillamente vivir y ver, sufrir y juzgar las cosas que nos pasan, o las cosas a las que nos someten desde esos estratos -político, educativo, administrativo, económico, fiscal, financiero, etc.- y reconocer en esto que pasa y nos pasa un origen bueno, una raíz buena e incluso noble, creada seguramente con buenas intenciones, y no sólo eso, sino una raíz y una estructura que antes quizá funcionaba bien o muy bien, daba resultados óptimos y, aunque no los diera, tal vez no provocaba la indignación moral que nos provoca hoy, sencillamente porque no estaba moralmente tan viciada, porque los errores se reconocían como tales y se subsanaban o se hacía lo posible por subsanarlos, y no existía la sensación de injusticia de indignación sin esperanza de respuesta que tenemos hoy en día.

O tal vez no, tal vez ni siquiera eso, probablemente todo tiempo pasado fue exactamente igual de amoral o de inmoral que éste; pero quizá no había la incivilización y la desvergüenza que hay ahora; quizá, aunque la primera capa del lienzo fuera igual de corrupta que la de ahora, al menos había sobre ella una mano de color, de barniz y de brillo que nos aislaba de la capa profunda y actuaba a modo de escudo de pudor de propios y de ajenos; había una cierta vergüenza propia y ajena sobre lo que estaba mal.

Ahora ya ni eso; ahora ya nadie finge ni siquiera avergonzarse cuando todo queda al aire; el producto segundo se convierte en un valor en sí mismo, y circula por Internet, se hace famoso en el mundo entero.

Con el tiempo, nadie se acuerda de lo que había debajo, y entonces, es como si lo que había debajo dejara de existir o no hubiera existido nunca.

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